Isabella de la Garza
Desperté con la luz del sol filtrándose a través de las cortinas de mi habitación, llenando el aire con una calidez que prometía un nuevo día. Mis ojos aún entrecerrados se posaron en la mesita de noche, y allí, entre los libros y la lámpara, vi una flor: un pequeño sorosí, nuestra flor…
Supe de inmediato que era Nuru quien la había dejado allí. Siempre había tenido ese don para encontrar las flores más hermosas, incluso en los lugares más inesperados. A veces, me preguntaba si entendía lo que significaban para mí, cómo esas pequeñas ofrendas llenaban de color y esperanza los días grises de mi vida en la mansión.
Me levanté de la cama, sintiendo el suave roce de la alfombra contra mis pies descalzos. El sorosí era más que una flor; era un símbolo de nuestra conexión, un recordatorio de los días felices en el jardín, escondidos de las miradas críticas de mi padre. Para él, era pura maleza difícil de quitar, pero para nosotros, era nuestra conexión, nuestro secreto.
Mientras me preparaba para el día, no pude evitar recordar un momento en particular: aquella tarde de verano en la que Nuru y yo habíamos decidido hacer un concurso de quién podía encontrar la flor más extraña en el jardín. Cada uno se sumergió en la búsqueda, y cuando finalmente regresé, Nuru había descubierto un sorosí en plena floración, sus pequeños pétalos amarillos brillando al sol. Recuerdo cómo me miró con esa sonrisa amplia, como si hubiera encontrado un tesoro escondido.
— ¡Mira lo que encontré! — exclamó, sosteniendo la flor como si fuera un trofeo.
Su alegría era contagiosa, y en ese momento, supe que nada podría separarnos. Pero ahora, con la presión de mi padre creciendo como una sombra constante sobre mí, cada recuerdo se convertía en un recordatorio de lo que podría perder.
Me movía por mi habitación, un espacio repleto de lujos, pero también de soledad. La presión de mi padre siempre pesaba en el aire, una constante que me mantenía alerta y ansiosa. Mi vida era un espectáculo, donde la perfección era la norma y la felicidad un susurro lejano, llena de reglas y normas; me sentía asfixiada.
Mientras bajaba las escaleras, el aroma de la comida recién preparada me llegó a la nariz, recordándome la rutina diaria que tanto anhelaba romper. Pero, en ese instante, el sorosí en el interior de mi vestido me llenó de una calidez que sabía que solo podía venir de Nuru.
Hoy sería un día diferente. La idea de volver a ver a Nuru me llenaba de emoción. Con cada paso, me sentía más conectada a ese invernadero donde nuestra amistad había florecido, como el sorosí que adornaba los rincones más recónditos de aquel espacio.
Al llegar a la cocina, vi a mi madre, Lucía de la Garza, preparando el desayuno. Era una mujer de apariencia delicada, pero su espíritu era fuerte, a menudo oscurecido por el peso de las expectativas de mi padre.
— Buenos días, hija — dijo con una sonrisa cálida, aunque su mirada reflejaba preocupación.
— Buenos días, mamá — respondí, tratando de ocultar la tristeza que a veces me invadía.
Mi madre sabía que mi vida no era fácil, pero siempre intentaba ofrecerme palabras de aliento. Era la única que entendía la lucha interna que enfrentaba, aunque su propio dolor era evidente. Su amor por mí era incondicional, pero también había momentos en que sentía que sus expectativas me ataban aún más.
— ¿Tienes planes para hoy? — me preguntó mientras servía el desayuno.
— Solo... cosas de la escuela — mentí, sabiendo que mi verdadero deseo era correr al jardín y encontrar a Nuru.
Mientras desayunábamos, mi padre apareció en la puerta, su presencia imponente llenando la habitación. Era un hombre de negocios respetado, pero su carácter estricto y controlador a menudo me hacía sentir como un pez en una pecera, observada y sin libertad.
— Isabella, tengo algo importante que discutir contigo — dijo, su tono grave advirtiéndome de que no había nada que deseara menos que una conversación con él.
Mi corazón se aceleró. ¿Qué esperaba de mí hoy? Siempre había una nueva regla, un nuevo deber que debía cumplir. Me sentía atrapada en una vida que no elegí, y la idea de ser entregada en matrimonio a un hombre que no amaba era una carga pesada.
Mientras escuchaba a mi padre hablar sobre las expectativas y los compromisos, mi mente divagó hacia Nuru. Deseaba que él estuviera aquí, que compartiera esta carga conmigo. La idea de que podría ser el último día en que me sintiera realmente libre me llenó de angustia.
Justo cuando mi padre terminó de hablar, la campana de la puerta sonó. En mi corazón, esperé que fuera Nuru. Miré hacia la ventana, ansiosa por ver su figura familiar acercándose, pero no era él.
Era un chico adinerado del colegio, uno de los que siempre me miraba con curiosidad, como si fuera un objeto en su vitrina. Me sentí aún más atrapada en ese momento. La vida continuaba sin mi consentimiento, y yo solo quería encontrar mi lugar en el mundo.
Cada vez me ponía más nerviosa; no sabía qué pretendía mi padre. Hace unas semanas, para mi cumpleaños número 17, me dijo que debía casarme y forjar lazos que nos hicieran más poderosos. Esa es mi misión principal, y al no tener más hijos por la fragilidad de mi madre, me corresponde estudiar y llevar los negocios de la familia. Porque, aunque sea mujer, él no quiere que otra persona que no tenga el nombre “de la Garza” administre su patrimonio… eso me deja un poco de esperanza: algún día podré gobernar mi vida.
El bendito patán de Frederick Dalton no hace más que ponerme incómoda con sus insinuaciones y esa cara de payaso. Di gracias a la virgen porque se fuera rápido a atender una “diligencia”. Estoy segura de que sus amigos estaban esperando fuera para ir a algún lugar de mala muerte… lo detesto.
Más tarde, ese día, cuando logré regresar a mi habitación, escuché un suave golpe en la ventana. Mi corazón se detuvo. Conociendo a Nuru, sabía que encontraría la forma de escabullirse sin que nadie lo notara. A veces, era como un susurro del viento, una presencia silenciosa que podía iluminar mi mundo.
Me acerqué a la ventana y, al abrirla, lo vi allí, sonriendo con esa chispa en los ojos.
— Isabella —dijo, su voz suave como el murmullo de las hojas en el jardín.
Amo cuando dice mi nombre. Siempre he tratado que me diga Isa, como todos lo hacen, pero siempre me contesta que aún no se ha ganado llamarme así.
No pude evitar sonreír. En ese momento, sentí que el peso del mundo se desvanecía y que todo estaba bien.
— ¿Cómo lograste escabullirte esta vez? — pregunté, riendo levemente.
— Tengo mis trucos, ¿no? — respondió con un guiño.
Sabía que, sin importar cuán complicada fuera la vida en la mansión, siempre había un rincón de felicidad en la presencia de Nuru.
Mientras intercambiábamos sonrisas, sentí que el peso de mis preocupaciones se desvanecía, aunque solo fuera por un momento. Él estaba parado en mi balcón y yo estaba que me moría por cortar la distancia entre nosotros.
— Hoy podríamos ir al jardín, ¿verdad? — propuse, ansiosa por escapar de la presión que siempre me seguía.
Nuru sonrió, pero había algo en su mirada que me hizo sentir que había más de lo que estaba dispuesto a decir.
— Claro, pero... hay algo que necesito decirte primero — dijo, su voz un susurro que me llenó de curiosidad y preocupación.
Antes de que pudiera preguntar, escuchamos un fuerte golpe en la puerta principal. Mi corazón se detuvo cuando reconocí la voz de mi padre, llamando a gritos mi nombre desde el primer piso.
— Isabella, ven aquí!
Nuru me miró con una mezcla de preocupación y determinación, y yo sabía que este no sería un día cualquiera.
¿Qué revelaciones traerían las palabras de Nuru? ¿Y cómo reaccionaría mi padre ante su presencia?
Sentí una oleada de ansiedad recorrerme mientras me preparaba para enfrentar la inminente tormenta que amenazaba con destruir nuestro pequeño momento de felicidad. Justo en el momento en que me preparo para los gritos y el estallido…
--- ¡Padre! --- me sobresalto…
Dios que no lo mate por favor aun no le digo que lo amo…
--- ¡Pero que te pasa niña!
Yo solo trato de disimular el infarto que tuve hace un segundo.
mi padre solo me mira extrañado y después de ver por todas partes, me pide que lo acompañe al despacho porque debe hablar conmigo de algo que acaba de surgir. En cuanto sale de mi cuarto y mi alma regresa a mi cuerpo, me giro esperando ver esos ojos color avellana que tanto me fascinan, posiblemente horrorizados como cada vez que ve a mi padre, pero para mi sorpresa, no está…
— ¿Pero? ¿Cómo...?
Se ha desvanecido, mi fantasma…