Marcelo abrió los ojos y respiró el aroma del cabello de Alessandra, se había quedado dormido entre sus brazos y por primera vez desde que se quedaron en la misma habitación y en la misma cama, no hicieron el amor; sin embargo, se sentía bien así. No todo era sexo, con Alessandra conectaba con una simple mirada o una sonrisa. Él estiró la mano y con la yema de sus dedos acarició el rostro prefecto de Alessandra, dibujó sus pómulos, sus ojos y por último sus labios, arrancando un gemido bajo de ella. Marcelo sonrió. —Eres tan perfecta, tan única y especial —susurró. Alessandra se movió y acomodó mejor en los brazos de Marcelo, enterró la mejilla contra el pecho desnudo y atrapó su pierna entre las suyas. Marcelo suspiró, miró la hora en el reloj de la mesa de noche, era de madrugada.

