Capítulo Ocho —La hermana Una está en los jardines, —me dijo la joven monja con una voz que apenas superaba el susurro. Llevaba una cofia que me recordaba a un pájaro de origami. El sombrero se doblaba en forma de triángulo sobre la frente y las puntas sobresalían a los lados como si fueran alas. Su peralte español me decía que procedía de la pobreza. En los primeros tiempos de los conventos, la Iglesia sólo aceptaba chicas de familias ricas. Estas chicas venían con dotes que pasaban a la Iglesia. A veces las muchachas que venían eran mujeres jóvenes con bebés en brazos. Otras veces, eran viudas que elegían vivir una vida tranquila de servicio tras la muerte de sus maridos. En los viejos tiempos, un convento era raramente la primera opción de una mujer. Esta mañana, sólo había unas poca

