1989

2438 Words
Enero de 1989. Veamos, años después. Mi papá ya estaba casado, con Marta. Se habían casado tres años después de lo de mamá. Era como si él esperara a que mi madre muriera, para conseguirse otra. Pero nunca pensé con profundidad en el tema. Me caía bien Marta. Era buena persona. Nunca fue del tipo de madrastras que pasan en las novelas que tratan mal a los hijos de su marido. Pero por muy bien que me cayera, ella no era mi madre. —Buenos días, Marta. –le dije en aquel entonces. —Honey. Hoy tu padre vendrá a cenar con nosotros. –comenta ella entusiasmada con la idea. Papá por el trabajo casi no cenaba con nosotros. Con suerte almorzaba, y si lo hacía, lo hacía con Marta. Yo sin embargo, siempre me mantuve más alejado de papá. A él no le interesaba. Y supongo que Marta le actualizaba un poco de mi vida cada vez que hablaban. Gracioso ¿no? Que tu papá se actualice sobre ti hablando con el reemplazo de tu mamá. —Vale. Pero yo cocino. –dije con voz cantarina. En aquella época todavía guardaba un poco de amor por él. Todavía quería a mi papá y todavía me alegraba cuando él podía quedarse con nosotros en vez de trabajar. Lo cual sucedía muy pocas veces. Me encantaba cocinar, que puedo decir. Pensé que a papá le alegraría cosas como éstas. —Tu hijo ayudó a cocinar. –indicó Marta una vez en la mesa. Papá se acomodaba, no había echado ni siquiera un vistazo a lo que había preparado. Me miró de reojo mientras inspeccionaba la comida en modo crítico. — ¿Cocinar? Esas cosas son para las mujeres. –dice mientras le dirigía una pobre mueca de disconformidad a la mesa. Él siempre le veía lo malo a todo. Él era ése tipo de hombres ermitaños, e iba más allá de solo tener la mente cerrada, él tenía un pensamiento de una época en dónde no estábamos. Algo antiguo. Y siempre tuvimos que adaptarnos a él, en vez de él adaptarse a nosotros. —En fin. Hice ensalada de papas. Y hasta postre. –comenté señalando a un lado, el plato con ensalada de arroz, mayonesa y tomate, como a él le gustaba. —No la voy a comer. –agrega en seco. — ¿Qué? ¿Por qué? –digo un poco exaltado. Ni siquiera la había probado. ¿Cuál era la necesidad de subestimar todo lo que yo hacía? —No quiero comer algo que venga cocinado por vos. Aprende a hacer otras cosas. Más masculinas. Más para vos. –repuso. Me sorprendía su poco tacto para las cosas en esos momentos. ¿Qué se suponía que era para mí? —Creí que te gustaría. —Pues creíste mal. –riñó. Sus palabras eran como puñales, a veces me pregunto cómo alguien puede ser tan seco. Era mi padre, no era lo mejor, pero es familia. ¿Por qué me hace sentir tan mal con todo lo que haga? —Está bien. Siempre haces lo mismo. –digo levantándome de la mesa de un sopetón. —Pareces mujercita quejándote por todo. –dijo. Me limité a responderle y me fui de la cocina tan pronto pude. Como si no fuera suficiente, en el colegio no me iba como esperaba. — ¿Seguís sin dar tu primer beso? –dice llegando José, uno de mis compañeros de clase, en medio del patio del instituto. Me lo veía venir. José era del tipo de chicos que siempre se la pasan molestando a todo ser viviente que perturbe su paz. O al menos eso creía hasta que me tomó de punto de joda. Nunca supe porque. Pareciera que no molestara a nadie, solo a mí. Eso me irritaba. No le había hecho nada malo. ¿Por qué justo a mí? — ¿Y a vos que te importa? –respondí en seco. —En nada ¿Por qué me va a importar? Pero no puede ser que nunca hayas besado a nadie, ¿sos puto? —No me jodas. —advertí. — ¡No jodas! ¡Sos puto! ¡Es puto! –empezó a gritar en medio del patio del colegio, tal cual idiota que merece ser golpeado. Tiene el tabique bastante grueso, pero apuesto que de un solo golpe le sangraría tanto como para mandarlo a un hospital. La verdad, que no le faltaba uno. Pero, no sabría decirte que es exactamente lo que me faltaba para dárselo. Quería que se callara. Quería que no me molestase. —Callate que vos no sos muy hombrecito que digamos –se escuchó a lo lejos. Era Luna, mi mejor amiga, que venía llegando. Ella por alguna razón sabía cómo callar a tipos como él. —Te tiene que ayudar una mujer. Qué asco. –dice José antes de largarse del patio dándole una pitada a su cigarro Malboro. Luna le saca el cigarrillo de la mano mientras ríe simpáticamente. —Te lo voy a cobrar algún día. –le dice. Ella asiente con la cabeza simpáticamente. —No sabía que fumabas. –le digo. —Ni yo que no servías para defenderte vos mismo. –agrega ella. –Tipos como José, no hacen más que fumar y joderse la vida ellos solos. ¿Por qué dejas que te la jodan a vos? —Quizás, porque no puede joderse más de lo que está. –contesto mientras desvío la mirada a algún punto vacío del patio del instituto. Tenía ganas de llorar, me sentía un marica otra vez. Luna me había defendido de nuevo. —Estela... ¿No te parece linda? –dice ella mientras fumaba el resto que quedaba del cigarrillo de José y le dirigía una mirada de inspección a Estela, una de sus amigas del típico grupo élite del instituto. — ¿Qué la hace linda para vos? Es común. –gesticulé. —No lo sé. Todos se la quieren cojer. Sos el primero que no quiere hacerlo. Sos raro. –se ríe. De todos modos, Estela no me parecía linda. Era de ése tipo de chicas que todos los hombres se la quieren cojer por el cuerpo, pero personalmente, me parecía muy hueca. Tan vacía, y hueca. ¿Porqué las chicas lindas siempre son huecas? Me gustaría saber cuál es su secreto para carecer de tanta materia gris y ser tan lindas aún así. Estela era el mismísimo intento de que la miremos. Pero fuera de eso era un vacío. Tanto en su cabeza como en todos los sentidos. Lo bueno que tienen las chicas bonitas es que así se largaran gases por la boca todo el mundo las seguiría atendiendo. —Igual tiene novio. –comenta Luna interrumpiendo mis pensamientos de porqué la mente tan hueca de Estela. —Igual no me importa. –digo y vuelvo a inspeccionar el patio. —Tenes que buscarte una chica. –me dice. -O un chico. –dice en tono burlón. A ella se le escapan unas carcajadas. —Claro. Eso es lo que tengo que hacer. —Así que así es como sos Van De Wood! Pícaro. ¿Desde cuándo te gustan los hombres? — ¿Y vos desde cuando fumas? —Así que seguís con eso. –se detiene la risa de inmediato, lo que antes era una sonrisa se transformó en una sonrisa ausente. –Quiero que lo mantengas en secreto. Ya sabes, es problemático. No lo hago por moda si es que eso pensas. Lo hago porque...no se en realidad. –vuelve a reír, pero esta vez una risa un poco forzada y falsa, como quien esconde algo. Pero no un secreto. Si no, un dolor. Era en esos tiempos donde fumar era como una moda, si no fumabas no eras del tipo de personas ''copadas'', por ende no entrabas dentro de los parámetros de adolescentes bien vistos con los que todos se quieren juntar. Luna no era ése tipo tampoco. Ella nunca quiso ser parte de cosas así solo para integrarse. Pero quien sabe. Quizás sí. Realmente nunca pude entender muy bien esa parte de ella, no sé si realmente nunca la pude conocer bien. Pero allí estaba ella, fumando a escondidas en los recreos, y robándoles cigarros a personas como José. También había escuchado rumores como de que Luna había perdido la virginidad con un chico que se llamaba Santiago, que era el deportista más codiciado por las mujeres. Todas las chicas estaban muertas por él. Habían dicho que Luna se había encontrado con él al término de un partido. Pero, ¿Sabes? Es una de las cosas que puedo estar seguro que Luna no hizo. Y no porque confiara en ella exactamente, si no, porque a Santiago no era de caerle muy bien ''las chicas. '' 16 de febrero de 1989. —Ya veo que en el fútbol este año voy pésimo. –comentó mi compañero Ale. De hecho, no éramos compañeros. Simplemente, éramos conocidos. Nos habíamos comenzado a dar después de darnos cuenta que éramos los únicos idiotas que jugábamos pésimo al fútbol, que por obligación y por ser el único deporte que le asignaban a los hombres en el instituto, teníamos que hacerlo bien. Recuerdo que día por medio, Papá hablaba con el entrenador diciéndole que yo tenía problemas de salud y que a eso se debía mi poca agilidad en el deporte. Pero no. Simplemente no me gustaba y no era bueno en eso. —Yo también. Digamos que estamos iguales. –le digo mientras hago un nudo en los cordones de mi último botín, estábamos a punto de irnos, el partido había terminado. En eso, Santiago, el mejor jugador de futbol se nos acercó. —Sin duda son los peores jugadores que he visto en mi vida. –dice Santiago en lo que llegaba. —Nos hemos partido el culo ahí afuera. –le contesta Alex. —Pues siguen siendo malísimos. –dice. Santiago se da media vuelta y dirige la mirada hacía mi. -¿Y tú? ¿Por qué nunca hablas? No he escuchado nunca tu voz. –no le contesté. Miré hacia el suelo tímidamente. —Para ti es fácil decirlo. Tienes todo un público femenino ahí afuera. –comenta Alex cambiando de tema. —¿Y de que sirve ese público si ni siquiera le saco provecho? –dice Santiago. — ¿Cómo que no? —Soy gay, ¿No sabían? –en ese momento, sus palabras salieron tan naturalmente, que hizo que levantara mi cabeza para poder verlo curiosamente a la cara, a los ojos, al rostro que ponía mientras emitía esas dos palabras tan letales, con tanta confianza en sí mismo. Santiago nos dirige una última mirada a Alex y a mí, que nos habíamos quedado boquiabiertos con lo que había dicho, termina de recoger su bolso y se va. Fue la primera vez en mi vida que había conocido a un gay, y que éste tan orgulloso de lo que era. Recuerdo que se lo conté a Luna al día siguiente cuando regresábamos del colegio. —No es que suela meterme en las cosas personales de las personas. Pero...he escuchado algo que me he quedado flipando por así decirse. — ¿Qué? ¿Qué escuchaste? –me pregunta con la curiosidad en los ojos. —Santiago Times, es gay. ¿Puedes creerlo? –le dije aún sorprendido de aquello. Trataba de procesar la idea, no importa cuántas veces lo repetía, seguía sin caerme las fichas. Seguía sin relacionarlo todo. —Pues vaya que desperdicio. Es muy lindo para ser gay. –dice Luna sin aún estar tan sorprendida como yo. — ¿No te sorprende? —¿Por qué habría de hacerlo? No es el único que debe serlo en el colegio. Hay más de uno que aún no sale del closet. –ríe ella. —Aún así, pienso... ¿Cómo no le avergüenza admitirlo? —Honey, hay un punto en la vida que después de tantas veces que te etiquetaron, te maltrataron y te juzgaron, ya no importa cuántas veces más lo hagan. Ése tipo de cosas no cambian. Supongo que les es más fácil ahora admitirlo ya que hay leyes que los respaldan. —Ya veo. No sé exactamente por qué Santiago nos contó a mí y a Alex eso. Al parecer no todo el colegio sabía de esa parte de él. Aunque a Luna no le sorprendiera, sin duda era algo novedoso, o mejor dicho un chisme de primera. Si hubiese una revista sobre todos los chismes del colegio, este quedaría en primer lugar, seguido de lo de Estela con el profesor Resmer. Me producía curiosidad ver que una persona se plantara en algo así tan seguro y se sintiese tan libre. De repente, un recuerdo habitó mi mente. Frío. Sequedad. Millones de nudos en la garganta. Miedo. ¿Por qué? ¿Por qué yo? Vergüenza. Pensé; qué diría papá... ¿Es realmente malo? No llores. No temas. Todo estará bien. Mira el oso. Eso es...solo mira el puto oso. Un tiempo después de habernos enterado de eso, se había escuchado el rumor de que Luna había perdido la virginidad, y luego, agregaron que la había perdido con alguien del equipo de futbol. Y ya sabes cómo son los chismes falsos, se retuercen como teléfono descompuesto. No sé cómo ni cuándo, pero se terminó escuchando por los pasillos del instituto que Luna había perdido la virginidad con Santiago. Luna sabía muy bien lo mal que la dejaba ese rumor, y pese a que ella pudo haberlo desmentido contando la verdad de Santiago, ella no lo hizo, porque no quería que algo tan ''personal'' de Santiago salga a la luz por un propósito tan egoísta como el de cuidarse a ella misma o su reputación. Ése tipo de cosas que siempre admiré de Luna. En el instituto no tenía amigos, en clase me la pasaba sentándome solo. Las únicas personas a las que me acercaba en los recreos a lo sumo era a Luna y a Alex, y a éste último lo hacía por unos segundos solo para decirle algo como un ''Hola, ¿A qué hora tenemos educación física hoy?'' Después de todo, Alex era más alejado, se concentraba en su entorno, y era del tipo que persigue el sueño de alcanzar la popularidad en el colegio. Y respecto a Luna...nos conocíamos desde pequeños, vivíamos en el mismo vecindario. Ella se había mudado a la casa de en frente. Recuerdo que la primera vez que la vi, yo estaba jugando con tierra, que desagradable para ser la primera impresión. 
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