Capítulo 6

1597 Words
La noche siguiente, nos senté de nuevo frente al televisor de pantalla grande que había frente al sofá. Puse dos copas de vino en la mesa para que bebiéramos mientras veíamos el video. Pero hice una pausa antes de empezar el video instructivo. Me volví hacia Eve. —Evie, tenemos que hablar—, le dije. —¿De verdad te parece bien esto? No quiero que te sientas obligada a hacer nada. Como tu padrastro.... —Está bien, Danny—, dijo. Hizo una pausa de varios segundos para ordenar sus pensamientos. El silencio no era incómodo, pero se prolongó un buen rato. Finalmente dijo: —No soy tan ingenua como tú y mamá creen, ¿sabes? No en ciertos aspectos, al menos. Sé cómo se hacen los bebés. No tengo seis años. Ella continuó: —Pero no creo que sepas lo aislado que realmente era ese internado de niñas. —Lo visité varias veces—, le recordé. —Recuerdo el largo viaje para llegar. —Sí, pero no hacía falta vivir allí. La gasolinera más cercana estaba a ochenta kilómetros. La hamburguesería más cercana estaba a una hora y media en coche. Las caminatas por el desierto eran geniales: montañas, cactus, todo eso. Pero no había chicos. Ningún chico en cien kilómetros. Miró el televisor, ahora inactivo, como si estuviera viendo desde lejos el sitio web de videos instructivos. —Sé todo sobre besos y ligues, sexo y todo eso. Pero nunca he hecho nada de eso. Aparte de ti y mi papá, nunca le he dado la mano a un hombre. Extendí ambas manos y las apoyé con las palmas hacia arriba sobre el cojín del sofá que nos separaba. Ella extendió ambas manos y tomó las mías entre las suyas. Volvió a hablar. —Desde que llegué a vivir contigo, he querido aprender sobre los chicos, pero los únicos que conozco son los tipos raros que intentan ligar conmigo en la calle. Odio sus frases sórdidas y cómo me miran lascivamente. Odio cuando me rozan sin querer en la cola de la caja. Aunque no lo creas, estos vídeos raros me están ayudando con eso, enseñándome que tengo derecho a decir que no, a mandar a esos tipos raros a la mierda. —Soy virgen, Danny. Antes de que tú y yo empezáramos a ver estos vídeos raros, nunca había besado a un chico. Y mucho menos le había enseñado mis pechos desnudos a nadie como lo hice contigo anoche. Me gusta que vayan paso a paso. De lo contrario, sería aún más aterrador. Me gusta que los esté viendo contigo, no con otra persona. Y sí, sé exactamente adónde va esto. No hay otro hombre con el que preferiría hacer esto. —Quiero que me quites la virginidad, Danny. Cada vez que me llamas "Eva", mi coño se moja. Quiero ser Eva para ti. —Y cada vez que me llamas "Papi", se me pone dura—, dije. —Me encanta ser tu papi. Tan pronto como las palabras salieron de mi boca, me invadió la sensación de que ella y yo acabábamos de intercambiar votos. —Bueno, entonces. ¿Qué te parece si empezamos, papi?—, dijo. Tomó el control remoto y lo encendió. Apareció un logo en la pantalla: —Citas 103: Enseñándole a tu novio a complacerte—. El video inmediatamente mostró a Eva sentada sola en el centro del sofá. Llevaba una blusa con cuello en V y una falda que le llegaba unos centímetros por encima de las rodillas. Tenía las piernas abiertas. Sonrió a la cámara y se retorció un poco en el asiento. Se ahuecó los pechos brevemente y los meneó para la cámara. La narradora empezó a hablar: —Si las mujeres quieren empoderarse, ¡necesitan conocerse a sí mismas! ¡Conoce tu cuerpo! ¡Entiende tu cuerpo!. El video cambió a pantalla dividida. A la derecha, la pequeña y sexy Eva comenzó a desabrocharse lentamente la blusa. Se tomó su tiempo con cada botón, sonriendo seductoramente a la cámara todo el tiempo. A la izquierda de la pantalla, apareció la ilustración de la v****a de una mujer, con todas las partes del cuerpo etiquetadas. Sentada a mi lado, Evie miraba la pantalla e imitaba los movimientos de Eva, abriéndose la blusa. Mis ojos alternaban entre la Eva del vídeo y la Evie real que tenía delante. Ambas eran increíblemente sexys. Que Evie sincronizara sus acciones con los movimientos de su gemela en la pantalla era intensamente erótico. Las dos se hacían un striptease la una a la otra y a mí. La narradora pasó los siguientes minutos repasando lo que supongo que fue un recorrido feminista bastante típico de la v****a femenina, concentrándose en las partes del cuerpo que daban placer. Mientras tanto, a la derecha, Eva terminó de desabrocharse la blusa y la abrió para mostrar sus impecables pechos blancos sin sostén. Evie también terminó de desabrocharse. Al terminar, se ahuecó los pechos como si los liberara de una prenda que le rozaba. Luego se giró hacia mí y me preguntó: —¿Te gustan mis grandes pechos, papi?. En respuesta sonreí y me incliné, besando brevemente primero un pezón y luego el otro. Mientras tanto, el narrador seguía hablando del clítoris, del clítoris, del clítoris. Poco a poco, el lado izquierdo de la pantalla, con los diagramas biológicos, se redujo a un porcentaje menor, y luego a uno aún menor. En la otra parte de la pantalla, Eva se desató la falda cruzada, dejándola completamente abierta y mostrándonos su coño depilado por primera vez. Evie me miró y sonrió con coquetería. Se desabrochó la falda, levantó el trasero del sofá un instante y se la quitó. Al terminar, tanto ella como la rusa Eva solo llevaban blusas abiertas y desabrochadas que resaltaban sus preciosas tetas. Se sentaron en el sofá con las piernas abiertas, mostrándose sus coños la una a la otra y a mí. Eva se recostó contra los cojines del sofá, relajándose y sonriendo perezosamente a la cámara mientras llevaba sus dedos a su coño y comenzaba a separar sus labios para que los viéramos. —¡Mira cómo Eva se da placer!—, ordenó el narrador. —Se está preparando para más—. Eva empezó a retorcerse en el sofá, con las piernas abiertas, mientras se masturbaba con los dedos y rodeaba su clítoris con las yemas. El hombre mayor que había sido su compañero apareció en su campo de visión. —Ya no es tu cita—, susurró el narrador. —Es más que tu novio. Es tu amante, y tiene la obligación de tratarte bien. —Los buenos amantes atienden las necesidades de sus chicas. Necesitas que tu amante te bese las tetas. Dile a tu amante que te bese las tetas. Eve/Eva ya estaba sumida en un mar de deseo. Tenía los ojos pegados a la pantalla y, sin embargo, no estoy segura de que pudiera describir lo que veía. Aturdida, copió automáticamente lo que su gemela en la pantalla hacía. —Bésame las tetas, papi—, dijo. —Sé una buena amante y bésale las tetas a tu chica. El hombre del video y yo nos pusimos de rodillas, de espaldas a la cámara, hacia nuestros amantes, y nos pusimos a trabajar. Empecé con los suaves labios de Eva. Les di pequeños besos, rozando ligeramente sus labios con la lengua. Luego besé sus mejillas y comencé a lamerle el cuello. Finalmente bajé hasta sus increíbles y enormes tetas. Supe en ese momento que nunca me cansaría de las tetas de Eva. Evie era Eva para mí ahora, y sus pechos me abrumaban. Su suave plenitud, su piel pálida e impecable, su increíble tamaño en su delgada figura, todo ello se sumaba a una obsesión cada vez mayor por mí. —Adora sus tetas—, ordenó la voz femenina. Su voz era suave, seductora e incitante, como quien te ofrece una puerta misteriosa. Pero seguía siendo una orden. —Sí—, murmuré. —Adora su cuerpo—, ordenó la voz. Si era posible que una voz fuera joven, hermosa y seductora, era todo eso. —Sí—, gemí. —Quédense de rodillas, donde corresponde estar como adoradores. Bésenla por todas partes—, ordenó la voz. —Oh, joder, sí—, gemí. —Lámeme. Adora mi cuerpo— dijo Eva. No estaba segura de si la voz que oí pertenecía a mi hijastra o a la imposible visión alternativa de ella en la pantalla. —¡Poderate!—, dijo la voz femenina. —¡Empoderarse significa pedir lo que quieres! ¡Exigirlo! ¡Tienes derecho a exigir lo que necesitas! ¡Exige que tu amante te sirva! Ambas Evas gimieron. —¡Mierdaaa! ¡Mierdaaaa! —¡Tienes derecho a que te adoren! ¡Dile a tu amante que adore tu coño! ¡Es hora del Girl Power! —¡Girl Power!— gritó Eva en la pantalla, y mi Eva le respondió jadeando —¡Girl Power! ¡Lámeme! ¡Adórame! —¡Mete la cabeza de tu pareja en tu coño! ¡Haz que te coma! ¡Tienes derecho a pedir lo que necesites! Eva respondió agarrándome la nuca y tirándome hacia su entrepierna, obligándome a lamerla. —¡Chúpame el clítoris! ¡Me lo merezco!—, me ordenó. —¡Adora mi coño, papi! ¡Adora mis tetas! ¡Adora mi cuerpo! —¡Sí! ¡Sí! —grité. Estaba listo para adorar su cuerpo para siempre.
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