-Muy bien -Dijo Ajaw muy motivado para con sus nuevas aprendices. -Ahora podemos pasar a la parte teórica un poco. Siéntense en el pasto un momento.
Las cinco chicas motivadas hicieron caso al brujo y se sentaron en posición de loto para escuchar.
-Hay muchas cosas que tienen que empezar a conocer sobre la espiritualidad antes que intenten lanzar hechizos o cosas más fuertes. -Tenía una pequeña bara de madera con la que señalaba las cosas, parecía que se concentraba mejor al hacerlo para dar su explicación. -Lo que acaban de conocer es el principio básico de cualquier cosa y de todos los caminos espirituales. La energía.
Las jóvenes alumnas estaban muy motivadas, el brillo en sus ojos era muy notorio al escuchar todo lo que decía el exponente. Imaginaban cada una de sus palabras trasladándolas a su interior.
-El núcleo principal del universo, toda la composición incluidas las grandes cosas pero también las pequeñas, tienen una energía que las hace únicas y especiales. Esta energía puede variar en color, sensación, emociones, texturas, en fin un número muy amplio de combinaciones. Mona pudo ver y sentir esa energía pero lo que necesita es recordar cada una de las características que está tiene. Por eso empezamos con ese ejercicio porque es la base para todo lo que veremos más adelante, es el inicio del camino.
****
“¿Por qué me despiertas, soplo embalsamado de primavera? Tú me
acaricias y me dices: ‘traigo conmigo el rocío del cielo; pero pronto
estaré marchito, porque pronto vendrá la tempestad, arrancará mis
hojas. Mañana llegará el viajero; vendrá el que me ha conocido en todo
mi esplendor; su vista me buscará a su alrededor y no me hallará”.
Estas palabras causaron a Werther un gran abatimiento. Se arrojó a los
pies de Carlota con una desesperación completa y espantosa, y
tomándole las manos las oprimió contra sus ojos, contra la frente.
Carlota sintió el vago presentimiento de un siniestro propósito.
Trastornado su juicio, tomó también las manos de Werther y las colocó
sobre su corazón. Se inclinó con ternura hacia él y sus mejillas se
tocaron. El mundo desapareció para los dos; la estrechó entre sus
brazos, la apretó contra el pecho y cubrió con besos los temblorosos
labios de su amada, de los que salían palabras entrecortadas.
-¡Werther! -murmuraba con voz ahogada y desviándose-. ¡Werther!,
insistía, y con suave movimiento trataba de retirarse.
-¡Werther! -dijo por tercera vez-, ahora con acento digno e imponente.
Él se sintió dominado; la soltó y se tiró al suelo como un loco. Carlota
se levantó y en un trastorno total, confundida entre el amor y la ira,
dijo:
-Es la última vez, Werther; no volverás a verme.
Y entregándole una mirada llena de amor a aquel desdichado, corrió a
la habitación contigua y ahí se encerró.
Werther extendió las manos sin atreverse a detenerla. En el suelo y con
la cabeza en el sofá, permaneció más de una hora sin dar señales de
vida.
Al cabo de ese tiempo oyó ruido y despertó. Era la criada que venía a
poner la mesa. Se levantó y se puso a caminar por el cuarto. Cuando
volvió a quedarse solo, se acercó a la puerta por donde había entrado
Carlota y dijo en voz baja:
-¡Carlota! ¡Carlota! Una palabra al menos, un adiós siquiera…
Ella guardó silencio. Esperó, suplicó, esperó una vez más... Por último
se alejó de la puerta gritando:
-¡Adiós, Carlota… adiós para siempre!Llegó a las puertas de la ciudad; los guardias, que acostumbraban
verlo, lo dejaron pasar. Caían menudos copos de nieve; él, no obstante,
no volvió a la población sino una hora antes de la medianoche.
Cuando llegó a su casa, el criado observó que no traía su sombrero,
pero no se aventuró a decirle nada. Le ayudó a desvestirse: toda la ropa
estaba calada. Más tarde, encontraron el sombrero en un peñasco que
destacaba sobre todos los de la montaña y que parece desgajarse sobre
el valle. No se sabe cómo en una noche lluviosa y oscura pudo llegar a
ese punto sin caer. Se acostó y durmió mucho tiempo; cuando el criado
entró al cuarto al día siguiente para despertarlo, lo encontró
escribiendo. Werther le pidió café, mismo que enseguida la sirvió.
Werther entonces agregó estos párrafos a la carta que había iniciado
para Carlota:
“Esta vez es la última que abro los ojos; la última, ¡ay de mí! Ya no
volverán a ver la luz del día. Estarán cubiertos por una niebla densa y
oscura. ¡Sí, viste de luto, naturaleza! Tu hijo, tu amigo, tu amante se
acerca a su término. ¡Ah, Carlota!, es una cosa que no se parece a nada
y que sólo puede compararse con las percepciones confusas de un
sueño, el decirse; ‘¡Esta mañana es la última!’ Carlota, apenas puedo
entender el sentido de estas palabras: ‘¡La última!’ Yo, que ahora tengo
la plenitud de mis fuerzas, mañana rígido e inerte estaré sobre la tierra.
¡Morir! ¿Qué es eso? Ya lo ves: los hombres soñamos siempre que
hablamos de la muerte. He visto morir a mucha gente; pero somos tan
pobres de mente que no sabemos nada del principio ni del fin de la vida.
En este momento todavía soy mío... todavía soy tuyo, sí, tuyo, querida
mía; y dentro de poco... ¡separados, aislados, quizá para siempre! ¡No,
Carlota, no! ¿Cómo puedo dejar de ser? Existimos, sí. ¡Dejar de ser!
¿Qué significa esto? Es una frase más, un ruido que mi corazón no
entiende. ¡Muerto, Carlota! ¡Cubierto en la tierra fría, en un rincón
angosto y oscuro! Tuve yo cuando adolescente una amiga que era apoyo
y consuelo de mi abandonada juventud. Murió y estuve con ella hasta
la fosa, donde vi cuando bajaron el ataúd; oí el crujir de las cuerdas
cuando las soltaron y cuando las recogieron. Luego arrojaron la primera
palada y la fúnebre caja hizo un ruido sordo; después, más sordo; y
después, aún más, hasta que quedó cubierta de tierra por completo. Caí
al lado de la fosa, delirante, oprimido y con las entrañas despedazadas.
Pero no supe nada de lo que me sucedió, de lo que me sucederá.
¡Muerte! ¡Tumba! No entiendo estos conceptos.
“¡Oh! ¡Perdóname, perdóname! Ayer… aquel debió ser el último
momento de mi vida. ¡Oh, ángel! Fue la primera vez, sí, que una alegría
pura e infinita llenó mi ser.
“Me ama, me ama… Aún quema mis labios el fuego sagrado que
emanaba de los suyos; todavía colman mi corazón estas delicias
abrasadoras. ¡Perdóname, perdóname! Sabía que me amabas; lo sabíadesde tus primeras miradas, aquellas miradas llenas de ti; lo sabía
desde la primera vez que me diste la mano. Y, sin embargo, cuando me
separaba de ti o veía a Alberto contigo, me atacaban las dudas.
“¿Recuerdas de las flores que me enviaste el día de esa enojosa reunión
en que ni pudiste darme la mano ni decirme palabra alguna? Pasé de
rodillas media noche frente a las flores, porque eran para mí el sello de
tu amor; pero ¡ay!, estas impresiones se borraron como se borra paso a
paso en el corazón del creyente el sentimiento de la gracia de que Dios
le prodiga por medio de símbolos visibles. Todo perece, todo: pero ni la
misma eternidad puede acabar con la candente vida que ayer tomé de
tus labios y que siento en mi interior. ¡Me ama! Mis brazos la han
estrechado; mi boca ha temblado, ha murmurado palabras de amor
sobre la suya. ¡Es mía! ¡Eres mía! Sí, Carlota; mía para siempre. ¿Qué
importa que Alberto sea tu esposo? No lo es más que para el mundo;
para ese mundo que dice que amarte y querer arrancarte de los brazos
de tu marido para cobijarte en los míos es pecado. ¡Pecado!, sea. Si lo
es, ya lo expío. He saboreado ese pecado en sus delicias, en su éxtasis
inconmensurable. He aspirado el bálsamo de la vida y con él he
fortalecido mi alma. Desde este momento eres mía, ¡mía, Carlota! Voy
delante de ti; voy a reunirme con mi padre, que también lo es de ti,
Carlota; me quejaré y me consolará hasta que tú aparezcas. Entonces
volaré a tu encuentro, te recibiré en mis brazos y nos uniremos en
presencia del eterno, con un abrazo que no tendrá fin. No sueño ni
deliro. Al borde del sepulcro brilla para mí la verdadera luz. ¡Volveremos
a estar juntos! ¡Veremos a tu madre y le diremos todas las penas de mi
corazón! ¡Tu madre! ¡Imagen tuya perfecta!”
A las 11 llamó Werther a su criado y le preguntó si había regresado
Alberto; el criado dijo haberlo visto pasar en su caballo. Entonces le
mandó una carta abierta que sólo contenía estas palabras:
“¿Me harías el favor de prestarme tu pistola: para un viaje que he
planeado? Que estés bien. Adiós”.
La pobre Carlota apenas había dormido la noche anterior. Su sangre
pura, que hasta entonces había corrido por su venas en calma, se
agitaba febril. Mil sensaciones distintas conmovían su noble corazón.
¿Era que le consumía el corazón el calor de las caricias de Werther o
que estaba indignada de su atrevimiento? ¿Era que le mortificaba el
comparar su situación con su vida pasada, con sus días de inocencia,
sosiego y confianza? ¿Cómo presentarse ante su esposo? ¿Cómo
confesarle una escena que ella misma no quería aceptar, por más que
no tuviera nada de qué avergonzarse? Mucho tiempo hacía que marido
y mujer no hablaban de Werther y justo ella debía romper el silencio
para hacerle una confesión igual de penosa como inesperada. Temía
que el solo anuncio de la visita de Werther fuera para Alberto motivo de
mortificación. ¿Qué sucedería al saber todo lo ocurrido? ¿Podría esperar
que juzgara las cosas sin pasión y las viera tal como se habíanpresentado? ¿Podría desear que leyera claramente en el fondo de su
alma? Y, por otra parte, ¿cómo disimular ante un hombre para quien su
pecho había sido siempre un transparente cristal y a quien ni había
ocultado ni quería ocultar nunca el menor pensamiento? Estas
reflexiones la abrumaban y la ponían en una cruel incertidumbre;
siempre su pensamiento se dirigía a Werther, que la adoraba; hacia
Werther, a quien no podía abandonar y a quien necesario era dejar. ¡Ah!
¡Qué vacío para ella!
Aunque la agitación de su espíritu no le permitiera ver con claridad la
verdad de las cosas, comprendió que pesaba sobre ella la fatal
desavenencia que apartaba a su marido y a Werther; dos hombres tan
buenos y tan inteligentes que, iniciando por ligeras divergencias de
sentimientos, había llegado a una mutua reserva y a una indiferencia
glacial. Cada uno se encerraba en el círculo de su propio derecho y de
los errores del otro. La tensión había aumentado por ambas partes,
llegando a ser tal la situación que ya no podía resolverse sin violencia.
Si una dichosa confianza los hubiera unido más en los primeros
momentos; si la amistad y la indulgencia hubieran abierto sus almas a
dulces expansiones, quizá se hubiera podido salvar el desgraciado
joven. Una circunstancia particular aumentaba la perplejidad de
Carlota. Werther, como leemos en sus cartas, no ocultó nunca su deseo
de dejar el mundo. Alberto había combatido la idea muchas veces y a
menudo había platicado sobre ella con su mujer. Impulsado por una
instintiva repugnancia hacia el s******o, Alberto había dado a entender
a menudo, con una especie de ligereza de carácter, y hasta se había
permitido una que otra burla sobre el asunto, haciendo así que su
incredulidad se reflejara un tanto en Carlota. Esto la tranquilizaba un
poco cuando en su ser aparecían siniestras imágenes; pero de la misma
forma le impedía manifestar sus temores a su marido.
No tardó Alberto en llegar y ella salió a recibirlo con una solicitud no
libre de vergüenza. Alberto parecía disgustado. No había podido
terminar sus negocios por algunos problemas, relacionadas con el
carácter intratable y minucioso del funcionario. El mal estado de los
caminos había acabado de ponerle de mal humor. Preguntó lo que
había sucedido en su ausencia y su mujer se apresuró a decirle que
Werther había estado ahí la tarde del día anterior. Informado después
de que en su cuarto tenía algunas cartas y paquetes que habían llevado
para él, dejó sola a Carlota. La presencia del hombre por quien sentía
tanto cariño y tanto respeto hizo una nueva revolución en su espíritu.
El recuerdo de su generosidad, de su amor y de sus bondades, le
regresó la calma. Sintió un secreto deseo de seguirle y con decisión hizo
lo que muchas veces: ir a buscarlo a su cuarto. Le encontró abriendo y
leyendo cartas; algunas parecían llenas de noticias desagradables. Le
hizo varias preguntas al respecto y él contestó con excesiva brevedad,
para después empezar a escribir. Durante una hora estuvieron callados,
uno frente al otro. El humor de Carlota se oscurecía por momentos.
Comprendía que aunque su marido estuviera del mejor ánimo, iba averse apurada para explicar lo que sentía su corazón y cayó en un
abatimiento que se profundizaba a medida que se esforzaba por ocultar
y devorar sus lágrimas.
La llegado del criado de Werther aumentó su preocupación. Aquél
entregó la carta de su amo y Alberto, después de leerla, se dio la vuelta,
indiferente, hacia su mujer, diciéndole:
-Dale las pistolas.
Luego hacia el criado agregó:
-Di a tu amo que le deseo buen viaje.
Estas palabras tuvieron en Carlota el efecto de un rayo. Apenas pudo
levantarse. Se dirigió lento a la pared, descolgó las armas y las limpió
temblorosa. Estaba indecisa y hubiera tardado mucho en entregarlas al
criado, si Alberto, con mirada inquisidora, no la hubiera forzado a
obedecer.
Carlota entregó las pistolas sin poder decir una sola palabra. Cuando
éste se retiró, Carlota volvió a tomar su labor y se fue a su habitación,
presa de una gran turbación y con el corazón agitado por los
presentimientos.
Tan pronto quería ir y arrojarse a los pies de su esposo y confesarle lo
sucedido, la turbación de su conciencia y sus terribles temores, como
desistía de hacerlo, preguntándose de qué serviría el acto. ¿Podía
esperar que su marido, en atención a sus súplicas, corriera de
inmediato a casa de Werther?
La comida estaba en la mesa. Llegó una amiga de Carlota que sin otra
cosa que la intención de verla y con temor a importunar, decidió
retirarse. Carlota la hizo quedarse. Esto dio pie a una conversación que
animó la comida y aunque esforzándose, se habló y se dio todo al
olvido.
El criado de Werther llegó a casa con las pistolas y se las dios a su amo,
quien las tomó con un tipo de placer cuando supo que venían de las
manos de Carlota.
Ordenó que le llevaran pan y vino, y después de decir a su criado que
fuera a comer, se puso a escribir:
“Han pasado por tus manos; tú misma las has desempolvado; tú las
has tocado… y yo las beso ahora una y mil veces. ¡Ángel del cielo, tú
apoyas mi decisión! Tú, Carlota, eres quien me entregas esta arma
destructora; así recibiré la muerte de quien quería recibirla yo. Me he
enterado por el criado de los pormenores! Temblabas al darle estaspistolas…, pero ni un ‘adiós’ me haces llegar. ¡Ay de mí!, ni un ‘adiós’.
¿Quizá el odio me ha cerrado tu corazón por aquel instante de
embriaguez que me unió a ti para siempre? ¡Ah, Carlota!, el transcurso
de los siglos no borrará aquella impresión; y tú, estoy seguro, no podrás
aborrecer nunca a quien tanto te ha idolatrado”.
Después de comer envió al criado que acabara de empacar todo.
Rompió muchos papeles. Salió a pagar algunas cuentas pendientes y
regresó a casa. Más tarde, a pesar de la lluvia, salió de nuevo y fue al
jardín del difunto conde de M., fuera del pueblo. Paseó mucho tiempo
por los alrededores y regresó a su casa al anochecer. Entonces escribió:
“Guillermo: por última vez he visto los campos, el cielo y los bosques.
También a ti doy el último adiós. Tú, madre, perdóname. Consuélala,
Guillermo. Que Dios los llene de bendiciones. Todos mis asuntos
quedan saldados. Adiós; nos volveremos a ver y entonces seremos más
felices.
“Mal he pagado tu amistad, Alberto; pero sé que me perdonas. He
turbado la paz de tu hogar; he introducido la desconfianza entre
ustedes… Adiós, quiera el cielo que mi muerte te devuelva la felicidad.
¡Alberto!, haz feliz a ese ángel, para que la bendición de Dios descienda
sobre ti”.
Por la noche estuvo revolviendo sus papeles; rompió muchos, que lanzó
al fuego, y cerró algunos pliegos dirigidos a Guillermo. El contenido de
estos se reducía a breves disertaciones y pensamientos inconexos, de
los cuales no conozco más que una parte. A eso de las 10 ordenó echar
más leña al fuego y que le llevaran una botella de vino; después mandó
a dormir a su criado. El cuarto de éste, como los de todos los que vivían
en la casa, estaba muy lejos del de Werther.
El criado se acostó vestido para estar listo muy temprano, pues su amo
le había dicho que los caballos de posta llegarían antes de las seis de la
mañana.
Después de las 11
“Todo duerme a mi alrededor y mi alma está tranquila. Te doy las
gracias, Dios, por haberme concedido en momento tan supremo
resignación tan mayúscula. Me asomo a la ventana, amada mía, y
distingo a través de las tempestuosas nubes unos luceros esparcidos en
la inmensidad del cielo. ¡Ustedes no desaparecerán, astros inmortales!
El eterno los lleva, lo mismo que a mí. Veo las estrellas de la Osa, que
es mi constelación predilecta, porque de noche, cuando salía de tu casa,
la tenía siempre enfrente. ¡Con qué delicia la he visto tantas veces! ¡Cuántas veces he levantado mis manos hacia ella para tomarla por
testigo de la felicidad que entonces disfrutaba! ¡Oh, Carlota! ¿Qué hay
en el mundo que no traiga tu recuerdo a mi mente? ¿No estás en todo lo
que me rodea? ¿No te he robado, con la codicia de un niño, mil objetos
sin importancia que habías santificado con tu toque?
“Tu retrato, muy querido para mí, te lo doy con la súplica de que lo
conserves. He impreso en él mil millones de besos y lo he saludado mil
veces al entrar en mi habitación y al salir de ella. Dejo una carta escrita
para tu padre, en la que ruego proteja mi c*****r. Al final del
cementerio, en la parte que da al campo, hay dos tilos, en cuya sombra
deseo descansar. Esto puede hacer tu padre por su amigo y tengo la
seguridad de que lo hará. Pídeselo tú también, Carlota. No pretendo que
los piadosos cristianos dejen depositar el cuerpo de un desgraciado
cerca de los suyos. Quisiera que mi sepultura estuviera a orillas de un
camino o en un valle solitario, para que cuando el sacerdote o el levita
pasen junto a ella, elevaran sus brazos al cielo, con una bendición, y
para que el samaritano la regara con sus lágrimas. Carlota: no tiemblo
al tomar el cáliz terrible y frío que me dará la embriaguez de la muerte.
Me lo has entregado y no dudo. Así van a cumplirse todas las
esperanzas y todos los deseos de mi vida, todos, sí, todos.
“Sereno y tranquilo tocaré la puerta de bronce del sepulcro. ¡Ah! ¡Si
hubiera tenido la suerte de morir como sacrificio por ti! Con alegría y
entusiasmo hubiera dejado este mundo, seguro de que mi muerte
afianzaba tu descanso y la felicidad de toda tu vida. Pero, ¡ay!, sólo
algunos seres con privilegios logran dar su vida por los que aman y
ofrecerse en h********o para centuplicar los goces de sus existencias
amadas. Carlota: deseo que me entierren con el vestido que tengo
puesto, pues tu lo has bendecido al tocarlo. La misma petición hago a
tu padre. Mi alma se cierne sobre el féretro. Prohíbo que me registren
los bolsillos. Llevo en uno aquel lazo de cinta rosa que tenías en el
pecho el primer día que te vi, rodeada por tus niños… ¡Oh!, abrázalos
mil veces y cuéntales la desgracia de su amigo. ¡Cómo los quiero! Aún
los veo agitarse a mi alrededor. ¡Ay! ¡Cuánto te he amado, desde el
momento primero de verte! Desde ese momento comprendí que llenarías
vida… Haz que entierren el lazo conmigo... Me lo diste el día de mi
cumpleaños y lo he guardado como una reliquia santa. ¡Ah! Nunca
sospeché que aquel principio llevaría a este final. Ten calma, te lo
suplico, no desesperes... Están cargadas… Oigo las 12… ¡Que sea lo
que tenga que ser! Carlota… Carlota… ¡Adiós! ¡Adiós!
Un vecino vio el fogonazo y oyó la detonación; pero, como todo
permaneció en calma, no averiguó qué había sucedido.
A las seis de la mañana del siguiente día entró el criado en la alcoba
con una luz y vio a su amo tendido, bañado en sangre y con una
pistola. Le llamó y no consiguió respuesta. Quiso levantarle y vio que
todavía respiraba. Corrió a avisar al médico y a Alberto. Cuando Carlotaoyó la puerta, un temblor convulsivo se apoderó de su cuerpo. Despertó
a su marido y se levantaron. El criado, entre llantos y sollozos, les dio la
fatal noticia; Carlota cayó desmayada a los pies de su esposo.
Cuando el médico llegó al lado del infeliz Werther, lo encontró en el
suelo y sin salvación posible. El pulso latía, pero todas sus partes
estaban paralizadas. La bala había entrado por arriba del ojo derecho,
haciendo saltar los sesos. Le sangraron de un brazo; la sangre corrió.
Todavía respiraba. Unas manchas de sangre que se veían en el respaldo
de su silla demostraban que consumó el acto sentado frente a la mesa
en que escribía y que en las convulsiones de la agonía había caído al
suelo. Se encontraba boca arriba, cerca de la ventana, vestido y con
zapatos, con frac azul y chaleco amarillo.
La gente de la casa de la vecindad y poco después todo el pueblo se
movieron. Llegó Alberto. Habían colocado a Werther en su lecho, con la
cabeza vendada. Su rostro tenía ya el sello de la muerte. No se movía,
pero sus pulmones funcionaban aún de un modo espantoso. Unas
veces, casi de forma imperceptible; otras, con ruidosa violencia. Se
esperaba que en cualquier momento exhalara el último suspiro.
No había bebido más que un vaso de vino de la botella sobre la mesa. El
libro de Emilia Galotti estaba abierto sobre el pupitre. La consternación
de Alberto y la desesperación de Carlota eran inefables.
El anciano administrador llegó, alterado y conmovido. Abrazó al
moribundo, bañándole el rostro con su llanto. Sus hijos mayores no
tardaron en unírsele y se arrodillaron junto al lecho, besando las manos
y la boca del herido y demostrando estar poseídos del más intenso
dolor. El de más edad, que había sido siempre el favorito de Werther, se
colgó del cuello de su amigo y permaneció abrazado hasta que expiró.
Hubo que quitarlo a la fuerza. A las 12 del día Werther falleció.
La presencia del administrador y las medidas que tomó evitaron todo
desorden. Hizo enterrar el c*****r por la noche, a las 11, en el sitio que
había pedido Werther. El anciano y sus hijos fueron formando parte del
cortejo fúnebre; Alberto no tuvo tanto valor.
Durante algún tiempo se temió por la vida de Carlota. Los jornaleros
condujeron a Werther al lugar de su sepultura; no le acompañó
sacerdote alguno.
A las seis de la mañana del siguiente día entró el criado en la alcoba
con una luz y vio a su amo tendido, bañado en sangre y con una
pistola. Le llamó y no consiguió respuesta. Quiso levantarle y vio que
todavía respiraba. Corrió a avisar al médico y a Alberto. Cuando Carlotaoyó la puerta, un temblor convulsivo se apoderó de su cuerpo. Despertó
a su marido y se levantaron. El criado, entre llantos y sollozos, les dio la
fatal noticia; Carlota cayó desmayada a los pies de su esposo.
Cuando el médico llegó al lado del infeliz Werther, lo encontró en el
suelo y sin salvación posible. El pulso latía, pero todas sus partes
estaban paralizadas. La bala había entrado por arriba del ojo derecho,
haciendo saltar los sesos. Le sangraron de un brazo; la sangre corrió.
Todavía respiraba. Unas manchas de sangre que se veían en el respaldo
de su silla demostraban que consumó el acto sentado frente a la mesa
en que escribía y que en las convulsiones de la agonía había caído al
suelo. Se encontraba boca arriba, cerca de la ventana, vestido y con
zapatos, con frac azul y chaleco amarillo.
La gente de la casa de la vecindad y poco después todo el pueblo se
movieron. Llegó Alberto. Habían colocado a Werther en su lecho, con la
cabeza vendada. Su rostro tenía ya el sello de la muerte. No se movía,
pero sus pulmones funcionaban aún de un modo espantoso. Unas
veces, casi de forma imperceptible; otras, con ruidosa violencia. Se
esperaba que en cualquier momento exhalara el último suspiro.
No había bebido más que un vaso de vino de la botella sobre la mesa. El
libro de Emilia Galotti estaba abierto sobre el pupitre. La consternación
de Alberto y la desesperación de Carlota eran inefables.
El anciano administrador llegó, alterado y conmovido. Abrazó al
moribundo, bañándole el rostro con su llanto. Sus hijos mayores no
tardaron en unírsele y se arrodillaron junto al lecho, besando las manos
y la boca del herido y demostrando estar poseídos del más intenso
dolor. El de más edad, que había sido siempre el favorito de Werther, se
colgó del cuello de su amigo y permaneció abrazado hasta que expiró.
Hubo que quitarlo a la fuerza. A las 12 del día Werther falleció.
La presencia del administrador y las medidas que tomó evitaron todo
desorden. Hizo enterrar el c*****r por la noche, a las 11, en el sitio que
había pedido Werther. El anciano y sus hijos fueron formando parte del
cortejo fúnebre; Alberto no tuvo tanto valor.
Durante algún tiempo se temió por la vida de Carlota. Los jornaleros
condujeron a Werther al lugar de su sepultura; no le acompañó
sacerdote alguno.
A las seis de la mañana del siguiente día entró el criado en la alcoba
con una luz y vio a su amo tendido, bañado en sangre y con una
pistola. Le llamó y no consiguió respuesta. Quiso levantarle y vio que
todavía respiraba. Corrió a avisar al médico y a Alberto. Cuando Carlotaoyó la puerta, un temblor convulsivo se apoderó de su cuerpo. Despertó
a su marido y se levantaron. El criado, entre llantos y sollozos, les dio la
fatal noticia; Carlota cayó desmayada a los pies de su esposo.
Cuando el médico llegó al lado del infeliz Werther, lo encontró en el
suelo y sin salvación posible. El pulso latía, pero todas sus partes
estaban paralizadas. La bala había entrado por arriba del ojo derecho,
haciendo saltar los sesos. Le sangraron de un brazo; la sangre corrió.
Todavía respiraba. Unas manchas de sangre que se veían en el respaldo
de su silla demostraban que consumó el acto sentado frente a la mesa
en que escribía y que en las convulsiones de la agonía había caído al
suelo. Se encontraba boca arriba, cerca de la ventana, vestido y con
zapatos, con frac azul y chaleco amarillo.
La gente de la casa de la vecindad y poco después todo el pueblo se
movieron. Llegó Alberto. Habían colocado a Werther en su lecho, con la
cabeza vendada. Su rostro tenía ya el sello de la muerte. No se movía,
pero sus pulmones funcionaban aún de un modo espantoso. Unas
veces, casi de forma imperceptible; otras, con ruidosa violencia. Se
esperaba que en cualquier momento exhalara el último suspiro.
No había bebido más que un vaso de vino de la botella sobre la mesa. El
libro de Emilia Galotti estaba abierto sobre el pupitre. La consternación
de Alberto y la desesperación de Carlota eran inefables.
El anciano administrador llegó, alterado y conmovido. Abrazó al
moribundo, bañándole el rostro con su llanto. Sus hijos mayores no
tardaron en unírsele y se arrodillaron junto al lecho, besando las manos
y la boca del herido y demostrando estar poseídos del más intenso
dolor. El de más edad, que había sido siempre el favorito de Werther, se
colgó del cuello de su amigo y permaneció abrazado hasta que expiró.
Hubo que quitarlo a la fuerza. A las 12 del día Werther falleció.
La presencia del administrador y las medidas que tomó evitaron todo
desorden. Hizo enterrar el c*****r por la noche, a las 11, en el sitio que
había pedido Werther. El anciano y sus hijos fueron formando parte del
cortejo fúnebre; Alberto no tuvo tanto valor.
Durante algún tiempo se temió por la vida de Carlota. Los jornaleros
condujeron a Werther al lugar de su sepultura; no le acompañó
sacerdote alguno.