LIVIA —¡Dante!— grité, casi sin voz. Lo vi con el pelo todo revuelto, suelto de la coleta como si acabara de pelear con el viento, y los nudillos reventados, llenos de sangre. Sangre que, sin duda, era de Matteo, ese asqueroso cerdo que ahora estaba tirado en el suelo, acurrucado como basura. Dante no me sostuvo la mirada por mucho tiempo. Bajó los ojos y sin decir palabra, se quitó su saco del traje y me lo puso encima. Yo seguía temblando, con el vestido hecho un desastre, rota por fuera y por dentro. Me lo cubrió sin tocarme, con cuidado. Yo solo lo miraba. No podía moverme, no podía dejar de llorar. Matteo... ese enfermo iba a hacerme quién sabe qué si Dante no llegaba. Me lancé a sus brazos, sin pensarlo. Me agarré a él como si se me fuera la vida, y él solo me abrazó fuerte mient

