LIVIA No, carajo... ¡No puede ser! ¡Esto no me está pasando! ¡Mi Livia! Salí disparado del salón de reuniones, sin mirar atrás, con el corazón reventándome el pecho. Le grité al chofer que arrancara ya, que voláramos al hospital donde la habían llevado. ¿Cómo pudo pasar algo así? ¡Si yo tenía a Livia con seguridad las veinticuatro horas! Exmilitares. Cambiaba choferes. Y el coche... ese coche se revisaba todos los días por si alguien lo tocaba. ¿Entonces cómo carajos...? No dejo de moverme en el asiento, las piernas me tiemblan. Grito como loco al chofer que se apure. ¡Está embarazada! ¡No puede pasarle nada! El pecho me arde, un dolor que no sé si es real o psicológico, pero me hace retorcerme. Me echo hacia adelante, los codos en las rodillas, las manos en la cabeza. Los ojos se me l

