LIVIA Desde mi asiento, lo veía lidiar con otra llamada más. —Si esos informes no están en mi escritorio cuando llegue, vamos a tener que hablar seriamente de tu puesto, Angelina—, le espetó Lorenzo con esa voz firme que no acepta excusas. Lo tenía claro: mi esposo era un tiburón en su mundo. Siempre con el celular sonando, siempre alguien necesitándolo. Y aún así, el cabrón siempre encontraba tiempo para mí. No solo hoy. Siempre. Pensar en eso me arrancó una sonrisa y sin pensarlo me pasé a su lado en el coche, montándome a horcajadas sobre él. Con esa consola enorme en medio, no había forma de abrazarnos bien, así que aproveché la situación. Él me miró con los ojos bien abiertos, pero no se movió. Me incliné, rozándole la nariz y dejándole besitos suaves por el cuello. Escuché cómo

