Mi habitación se encuentra a oscuras, las sombras de los objetos son mínimamente reflejadas por la luz del pasillo. El cuerpo de Damon, tan tenso como hace unos segundos, parece más grande y terroríficamente hermoso a la vez. Mi corazón da un vuelco por tan maravilla de estar viéndolo y de que me esté hablando. No importa la forma en la que lo hace, tan solo agradezco que, por una vez en la semana, se haya dado cuenta de mí, de mi persona. Si no, ¿por qué está aquí preguntándome qué hago? —¿D-Damon, qué haces aquí? —pregunto temblorosa, su semblante serio hace que se me hiele la sangre, cada resoplido que da causa que el poco miedo que tengo cuando peleamos aparezca como un torrente de emociones revueltas combinadas con las inseguridades. Pero de igual manera, mi alegría de su presencia

