Capitulo 20

1343 Words
Cassie salió hecha una furia de la oficina de Jason, más por el hecho de sentirse aún vulnerable con sus palabras que por el último comentario. ¿Cómo podía pensar que podría en algún momento volver con él? ¿Acaso no era su inteligencia lo que la cautivó? ¿De dónde salió tanta petulancia? —Cassie, ¿estás bien? ¿Qué quería el señor James ahora? ¿Necesitas agua?, ¿jugo?, ¿algo más fuerte? «Esa Persie siempre sabe qué preguntar». —Entra conmigo y cierra la puerta —fue lo único que le dijo a su secretaria y casi amiga. Persie no se hizo esperar. La joven le tenía una admiración y respeto que no había sentido por ninguna otra persona en su vida. Cassie era la representación de la mujer que en algún instante deseaba llegar a ser. —¡Es un estúpido! —gritó cuando cerró la puerta. —Gracias a Dios que no se oye —soltó por lo bajito Persie. —A la mierda con él —gruñó airada. Cassie caminaba de lado a lado en la oficina. Sus pies parecían los del correcaminos, sin parar y con absoluta desesperación. Su pecho subía y bajaba. Estaba obligada a ir. No podía rechazar la propuesta, pues era una oportunidad. Realizar un trabajo en una ciudad como Washington, donde estaban los mejores arquitectos y decoradores, era demasiado. No se presentaban cosas así todos los días. No tenía ni la más remota idea de cómo Jason consiguió ese contrato, tampoco le iba a preguntar. A ella le pagaban para cumplir expectativas, no para ver de dónde o cómo se había conseguí el proyecto, menos los últimos días. —No le voy a dar el gusto. —Señaló a Persie con el dedo índice. La pobre joven dio dos pasos hacia atrás. No estaba acostumbrada a los derroches de ira de Cassie, normalmente se guardaba las cosas para ella; se trancaba en su oficina y pedía que nadie la molestara ni que pasara llamadas. La joven sabía que su jefa era difícil, una mujer segura y fuerte. Quizá fue un hombre de negocios en su otra vida. —¿Quieres que salgamos hoy? —le indagó sin pensar. Cassie la miró como si tuviera dos cabezas y baba saliendo por las orejas. ¿De dónde salió esa invitación? Persie jamás cruzó la línea de secretaria y jefa. Se mantuvo al margen desde siempre. Cassie la miró de arriba abajo. Evaluó desde su extraño y sobrio vestido gris hasta sus zapatos blancos de tacón cuadrado que habían visto mejores tiempos. Entonces se le ocurrió algo mejor, algo con lo cual se podía distraer aún más. —Vayamos de compras mañana temprano. Deja una nota en tu escritorio y otra en mi puerta. Le enviaré un correo a nuestro… jefe. —Esto último sonó pesado y amargo en sus labios. —¿Es en serio? ¿Hablas en serio, Cassie? —articuló emocionada la chica. —¡Pues claro! —No le cupo la menor duda después de ver la expresión entusiasmada de la joven asistente—. Necesitamos distraernos, ¿y qué mejor que gastando dinero en ropa que a lo mejor usaremos una vez cada tres siglos? Ambas se rieron. —¿Entonces te irás con él un mes? Cassie se observaba las manos apretadas sobre la mesa. —Es algo de trabajo, nada personal —aseguró dándole un sorbo al chardonnay que quedaba en su copa de cristal. Estaban en el patio trasero de la casa de Cassie. El cielo sin estrellas parecía estar en combinación con los sentimientos de ambos, los cuales estaban confusos. La mañana fue lo que esperaba y mucho más. Su relación con Persie se estrechó y descubrió que tenían gustos similares, solo que la chica no tenía el dinero suficiente para gastar en frivolidades como ropas de marca. Palabras que en un inicio molestaron a Cassie en sobremanera, pero que luego de ser analizadas se dio cuenta de que en verdad no tenían el mismo estilo de vida ni el mismo círculo social, por no hablar de la remuneración en el trabajo. Ahora su felicidad sí había menguado. Invitó a Jonas a su casa para culminar su noche plena. La incertidumbre llegó a su puerta cuando volvió a pensar en el trabajo que le tocaba en dos días, no tanto por el papeleo, ideas y tratar con los clientes, más bien por su compañía, por Jason James. Ella miraba a Jonas de soslayo e intentaba adivinar sus pensamientos. —Ningún viaje con tu ex es algo solo de trabajo. Tienes historia con él. Jonas miraba al cielo, quizá buscaba respuestas a preguntas que se hacía a sí mismo, preguntas que aún no se habían hecho. —Comprendes que lo que tenemos ahora mismo no me ata a ti, ¿verdad, Jonas? Dolía ser tan sincera y usar esas palabras con él. Dolía porque la misma Cassie se preguntaba a diario qué posición ocupaba en la vida de Jonas Cortes. —Lo tengo bastante claro y preciso. —Bien. A Cassie le dolía el no poder nombrar su extraña relación, pero tampoco quería ponerle una etiqueta. Estaban bien así, sin compromisos ni respuestas absurdas de dónde habían ido, con quién o qué iban a hacer el próximo día. No necesitaba eso. Al menos eso se repetía a diario. ¿Cómo podía sentirse así por algo que no tenía nombre? ¿Qué podía ocasionar ese pesar en su corazón si no tenían nada oficial? Él evidentemente no confiaba en que nada sucediera entre Jason y ella. Si era sincera, Cassie sabía que cualquiera en la posición de Jonas pensaría lo mismo. Tenía clara una cosa: no volvería a caer en los brazos de Jason. Era un corazón podrido que solo causó dolor y destruyó la confianza en sí misma. Arraigada y dura, dudó de su pasión y entrega como mujer. Según su cuñada, las mujeres después de la infidelidad de un hombre terminaban juzgando cada acción y consideraban que ellas eran las causantes de tales actos. Eso ocurrió con Cassie solo por el hecho de poner en duda su propio ser. No podía involucrarse de ninguna manera con Jason, excepto laboral, por obligación, hasta que su cuerpo aguantara. —¿Quieres ir conmigo a un lugar? —Jonas se levantó de la silla de madera que habían sacado al patio trasero. —¿Donde? —Cassie odiaba las sorpresas. —Es una sorpresa. —Pues ya te vas enterando de que no me gustan. —No te molestó que te llevara ayer a la cafetería sin decirte. Sonriente, se acercó y le robó un beso. —Eso es porque te aprovechaste de mi guardia baja —respondió cuando sus labios se separaron. —No parecías con muy guardia baja cuando estábamos en tu cama y gritabas de placer. —Ja, ja, ja. —Lo golpeó en el hombro y rio sarcástica—. No fui la única que gritó en esa habitación. —Touché. Jonas vestía una camisa rojo vino que acentuaba su color tostado y poco más oscuro que Cassie. Hacían un contraste de pan con bordes bronceados. Con el pelo peinado hacia atrás y unos jeans azul marino, estaba para comérselo de un solo bocado. Cassie se relamió los labios y lo miró a los ojos azules abrumadores. —Cassie, no me mires así, ya que no podremos salir de la casa. Ella se rio y se espantó a buscar la cartera y el móvil. Se dejaría llevar por ese hombre que la traía loca como una quinceañera de vuelta a los años de boberías. Pensó que cada segundo era más preciado que el anterior. La casa estaba en silencio, Mel había decidido irse antes de tiempo. Su casa era un completo cementerio, ya no habría noches de pizzas ni de hamburguesas. Esos dos días marcaron un hito, un antes y un después. «Cambiaré la decoración cuando vuelva de realizar el trabajo en Washington», se prometió justo antes de salir de la casa con Jonas delante.
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