Dado que no deseo continuar charlando con ella, pongo un poco de música y la ignoro. —¿A dónde me llevas? —insiste por décima vez y a la cual no respondo como hace un rato. Cuando llegamos a nuestro destino, estaciono el auto y la obligo a bajar. —¿A dónde me trajiste? —inquiere con desconfianza—. ¿Es un prostíbulo para vengarte de lo que hice? Cuando escucho sus palabras, aprieto el puente de mi nariz y me obligo a no perder la calma, pero con ella es imposible. —¿De dónde diantres sacas semejante locura? No te lo niego, me caes mal y no te soporto, pero nunca te haría daño. Tomándola del brazo y sosteniendo su maleta, me acerco a la puerta y la abro. —¿Fede? ¿Por qué tardaste tanto en llegar estaba preocupada? —me cuestiona la señora Agnes, saliendo de la cocina con un delantal.

