Subimos las escaleras entre risas y con las mejillas rojas por el frío de la calle. Papá abrió la puerta y colgó los abrigos en el perchero de la entrada, uno por uno, mientras mamá se quitaba los tacones con un suspiro de alivio y se calzaba las pantuflas que guardaba detrás de la puerta. Chloé, que conocía la casa de memoria, se dejó caer en el sofá de la sala y se puso a mirar las fotografías de las paredes.
—¿Esa eres tú, Mila? Te ves diminuta.
—Tenía cinco años en esa foto, no seas cruel —bromeé, dándole un manotazo en el brazo.
—Y esa de allá es de su primera exposición escolar —agregó mamá, asomando la cabeza desde el pasillo con el delantal ya puesto—. Lloró tanto de la emoción que casi arruina el dibujo con las lágrimas.
—¡Mamá! —protesté, y Chloé soltó una carcajada a mi lado.
Mamá desapareció en la cocina, y al rato se escuchó el choque de las ollas y el chisporroteo del aceite en la sartén. Dejé mi llavero en el cuenco de la entrada, como todas las noches, y volví al sofá. Papá pasó junto a nosotras con una bandeja de quesos y la dejó sobre la mesa de centro.
—Para que vayan picando algo mientras se hace la cena de verdad —dijo, sirviéndose él mismo un pedazo.
—Este hombre siempre encuentra una excusa para comer antes de tiempo —se quejó mamá desde la cocina, sin poder ocultar la risa.
—Y esta mujer siempre encuentra una excusa para quejarse de mí —le respondió papá, alzando la voz, y las tres nos reímos.
Estábamos así, picando queso y hablando de las clases de la semana siguiente, cuando el teléfono de papá empezó a sonar dentro de su bolsillo. Lo sacó, revisó la pantalla y su expresión cambió de golpe, pasando del buen humor a esa seriedad que todos conocíamos.
—Es de la comisaría —dijo, alejándose un par de pasos—. Dame un segundo.
Escuchamos fragmentos de la conversación: su voz baja pero firme, algunas palabras sueltas sobre un caso urgente, la mención de que necesitaban refuerzos. Cuando colgó, ya tenía la cara de cuando el deber se imponía sobre cualquier plan.
—Lo siento, tengo que irme —anunció, caminando hacia el perchero para tomar su abrigo—. Surgió algo y me necesitan de inmediato.
—¿Ahora mismo? —preguntó mamá, asomándose con la cuchara de palo en la mano—. Justo cuando íbamos a cenar los cuatro.
—Ya sabes cómo es esto, Colette. —Se acercó para darle un beso rápido en la frente—. Cenen sin esperarme y guárdenme un plato.
—Siempre es lo mismo contigo, Henry —dijo ella, aunque su tono ya se había suavizado—. Anda, ve, no quiero que te regañen por mi culpa.
—Ten cuidado, papá —le dije, levantándome del sofá para abrazarlo—. No tardes mucho.
—Intentaré volver antes de que se acabe el pastel —bromeó, revolviéndome el cabello como cuando era niña, y se giró hacia Chloé—. Fue un placer tenerte en casa.
—El placer fue mío, teniente —respondió ella, con una sonrisa dulce.
Lo acompañé hasta la puerta; antes de salir, se detuvo en el umbral, nos miró un segundo a las tres y levantó la mano a modo de despedida. Después sus pasos se perdieron escaleras abajo, y cerré con llave, como siempre hacía.
—Bueno, ya sabemos quién se queda sin pastel —dijo mamá desde la cocina—. Mila, ven a ayudarme con la ensalada.
La ayudé a cortar tomates y a lavar la lechuga, mientras Chloé ponía la mesa en el comedor, tarareando una canción. La salsa de mamá terminó por llenar todo el departamento con ese aroma a albahaca y ajo, y nos sentamos las tres alrededor de la mesa, con el plato de papá tapado al centro.
—Dejen que sirva yo —dijo Chloé, levantándose con una sonrisa—. Señora LeBlanc, usted ya cocinó.
—Qué amable, cariño. —Mamá le pasó el cucharón—. Me encanta tener a alguien que me mime un poquito.
Chloé sirvió los tres platos con calma. Después dejó el cucharón sobre la fuente, se secó las manos en una servilleta y miró su reloj.
—Voy un momento al baño, ahora vengo.
—Tómate tu tiempo —le dije.
Desapareció por el pasillo.
Mamá y yo empezamos a comer, comentando lo bien que había quedado la salsa, y estábamos riéndonos de papá y su caballo de mármol cuando escuché un golpe seco al otro lado de la puerta de entrada. Después, el giro lento del cerrojo.
—¿Henry? —preguntó mamá, levantando la cabeza—. ¿Se te olvidó algo?
La puerta se abrió de golpe. Tres hombres entraron en la sala con pasamontañas negros y chaquetas oscuras, con pistolas en alto, y detrás de ellos, saliendo del pasillo con total tranquilidad, apareció Chloé. Ya no llevaba el aire dulce de hacía un minuto; tenía en una mano mi propio llavero, el que yo había dejado en el cuenco de la entrada, y en la otra, una pistola pequeña con un silenciador largo y n***o.
—Chloé —murmuré, sin entender—. ¿Qué es esto?
—Quédate quieta, Mila —respondió ella, con una calma que me heló la sangre.
Mamá se levantó de golpe, con la silla arrastrándose hacia atrás, y se interpuso entre los hombres y yo con los brazos abiertos.
—¿Qué quieren? ¡Salgan de mi casa! —gritó—. Mi marido es teniente de policía, y no van a…
—Ya lo sabemos, señora LeBlanc —cortó Chloé, avanzando un paso—. Por eso la llamada. Es una pena que haya tenido que irse tan temprano, pero así es más fácil para todos.
Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones. Intenté levantarme, pero uno de los hombres me agarró del brazo con una fuerza que me dejó la piel ardiendo, y me empujó de nuevo contra la silla.
—Por favor, Chloé —dije, con la voz rota, buscando sus ojos—. No nos hagas daño. Tú eres mi amiga; tres años, Chloé; estuviste en mi casa, en nuestra mesa, con mis padres. No puedes estar haciendo esto.
—Eso es justo lo que lo hizo tan fácil —contestó, con una media sonrisa—. Mis primos te quieren a ti, Mila. Solo a ti. A tus padres no los necesitan para nada.
Mamá aprovechó la distracción. Tomó la sartén que estaba al lado del fregadero, la levantó con las dos manos y golpeó con todas sus fuerzas al hombre más cercano, que soltó un gruñido y cayó de rodillas junto a la mesa.
—¡Corre, Mila! ¡Vete por la ventana de la cocina!
—¡Mamá, no! —grité.
Chloé levantó la pistola sin apuro, apuntando directamente a mi madre, y yo vi cómo su dedo se cerraba despacio sobre el gatillo.
—Chloé, no, por favor, ¡es mi madre!
—Lo siento, señora LeBlanc —dijo ella, con un tono casi aburrido—. No tenía que ser así, pero una orden es una orden.
El disparo sonó seco y apagado, como un portazo en el piso de arriba. Mamá se detuvo a medio paso, con los ojos muy abiertos, sorprendida, como si alguien le hubiera dicho una palabra que no comprendía; la sartén se le resbaló de las manos y cayó al piso con un estruendo metálico, y después ella se desplomó despacio, apoyándose contra la pared, hasta quedar sentada junto a la puerta de la cocina. Una mancha oscura se extendió sobre su vestido.
—¡Mamá! ¡Mamá! —Me lancé hacia ella, pero el hombre que me sujetaba me jaló hacia atrás con un brazo alrededor de la cintura—. ¡Suéltame! ¡Suéltame, por favor, tengo que… tengo que…!
Mis gritos se hicieron pedazos en mi garganta. Vi cómo mamá me buscaba con los ojos, los labios entreabiertos, y cómo intentaba levantar una mano hacia mí; alcancé a ver el anillo de bodas brillando en su dedo, y después sus ojos se quedaron fijos, sin ver nada, sobre el techo de la cocina.
Algo dentro de mí se rompió con un sonido que no puedo describir. Me debatí con todo lo que tenía, pateé, arañé el brazo que me inmovilizaba, grité el nombre de mamá hasta que no me quedó voz; pero otro de los hombres se acercó por detrás con un trapo en la mano, y antes de que pudiera girar la cabeza me lo apretó contra la nariz y la boca, con un olor dulce y fuerte que me quemó la garganta.
—Respira, Mila —escuché que decía Chloé, desde muy lejos—. Será más fácil si no peleas.
Mis piernas dejaron de responderme. Las luces del comedor se volvieron borrosas, el rostro de Chloé se deshizo en manchas, y lo último que vi antes de que todo se apagara fue la mano de mamá, quieta sobre el piso de la cocina.