Respiré hondo, enterrando lo más profundo posible la repulsión que sentía, y me giré hacia él con una expresión que esperaba que se pareciera lo suficiente al arrepentimiento.
—Kai —dije, con la voz suave, cuidando cada palabra como si caminara sobre cristales rotos—. Lo siento de verdad. Sé que todo lo que pasó fue por mi bien.
Di un paso hacia él, despacio, y alcé la mano para colocarla sobre su mejilla, justo en el lugar donde antes había caído mi golpe. Sentí la calidez de su piel bajo mis dedos y tuve que contener las ganas de apartar la mano de inmediato, obligándome a mantenerla ahí, quieta, como si el gesto naciera de un cariño genuino que no sentía en lo absoluto.
—Lo siento, Kai —repetí, bajando ligeramente la mirada, dejando que mi voz se quebrara un poco en el borde de las palabras, buscando ese punto exacto entre la vulnerabilidad y la sinceridad que pudiera convencerlo—. Sé que no debí golpearte. De verdad lo siento.
Kai se quedó completamente quieto por un instante, con los ojos muy abiertos, como si mis palabras lo hubieran tomado totalmente desprevenido. La sorpresa le cruzó el rostro con una claridad que me confirmó, sin ninguna duda, que mi actuación había funcionado exactamente como yo esperaba. Después, poco a poco, una sonrisa se le fue dibujando en los labios, lenta y genuina, mientras alzaba su propia mano para posarla sobre la mía, sosteniéndola contra su mejilla con un gesto que buscaba ser tierno.
—No te preocupes, bonita —murmuró él, con la voz baja y cálida, mirándome como si yo fuera lo único que existiera en el mundo—. Solo no vuelvas a hacerlo.
Sonreí. Fue una sonrisa pequeña, medida con cuidado, ni demasiado amplia como para resultar sospechosa, ni demasiado tímida como para parecer forzada. Sentí el peso de mi propia mentira asentándose sobre mis hombros, pesada como una losa, pero mantuve el gesto en su lugar, sosteniéndole la mirada a Kai sin permitir que ni un solo destello de mi verdadero odio se filtrara entre mis pestañas.
Kai llevó entonces mi mano hacia sus labios, con una lentitud casi reverente, y depositó un beso suave sobre el dorso de mis dedos, sin apartar sus ojos claros de los míos ni un solo segundo.
—Te quiero, bonita —dijo, con una sinceridad que me revolvió el estómago, una sinceridad real, entregada por completo a la fantasía retorcida que él y su hermano habían construido a mi alrededor desde antes de que yo supiera siquiera que existían.
No respondí. No podía, no en ese momento, no con esas palabras todavía flotando en el aire entre los dos. En cambio, dejé escapar una risa suave, ensayada, una risa que había practicado durante años frente al espejo de mi propia habitación en París cada vez que algún compañero de clase intentaba coquetear conmigo sin ningún éxito, y que ahora usaba con un propósito completamente distinto, uno que me quemaba la garganta con cada segundo que la sostenía.
Kai pareció satisfecho con eso. Bajó la mirada hacia la bandeja fría sobre la mesita, notando por primera vez que no había tocado el desayuno, y frunció el ceño con una preocupación que, en cualquier otro contexto, habría podido pasar por auténtica.
—No comiste nada —dijo, soltando por fin mi mano con cierta renuencia—. Le voy a decir a Daria que te prepare algo de nuevo. Necesitas recuperar fuerzas, Mila, sobre todo después de un día tan pesado como el de hoy.
—Gracias, Kai —murmuré, dejando que mi voz sonara un poco más frágil de lo necesario, un recurso pequeño que pareció ablandarlo todavía más.
Asentí en silencio, sin confiar del todo en mi propia voz, y lo observé mientras se daba la vuelta hacia la puerta, todavía con esa sonrisa suave dibujada en los labios, como si la escena que acababa de vivir hubiera sido exactamente lo que él esperaba desde el principio. Se detuvo un segundo antes de salir, mirándome por encima del hombro con una expresión que mezclaba adoración y algo parecido al alivio.
—Descansa un poco —añadió—. Más tarde vengo a verte, y quizás, si te sientes con ánimo, podamos hablar de otras cosas. Cosas más ligeras.
Asentí de nuevo, sin decir nada, y lo vi salir de la habitación sin decir nada más, cerrando la puerta a su espalda con un chasquido suave que resonó por toda la estancia como el cierre de una jaula.
Me quedé de pie en el centro del cuarto, con la mano todavía tibia por el beso de Kai y el estómago revuelto por el asco de mi propia actuación, solo entonces, cuando estuve completamente segura de que nadie podía verme ni escucharme, dejé que las lágrimas volvieran a subir, calientes y silenciosas, resbalando por mis mejillas sin ningún sollozo que las acompañara, sin ningún ruido que pudiera delatarme del otro lado de esa puerta cerrada.
Me llevé las manos a la cara, apretando los dedos contra los párpados como si con eso pudiera detener el llanto que se negaba a parar, sintiendo cómo el peso entero del día caía sobre mí de una sola vez: la muerte de mi madre, la traición de Chloé, el encierro, la fuga fallida, y ahora esto, esta mentira que acababa de sembrar con tanto cuidado en los ojos de Kai. Me dejé caer despacio sobre el borde de la cama, abrazándome las rodillas contra el pecho, meciéndome apenas mientras el llanto seguía brotando en silencio, un llanto que no necesitaba testigos ni gritos para ser real.
—Si tengo que fingir —susurré para mí misma, con la voz rota apenas audible entre mis propios sollozos, apretando los ojos con fuerza como si con eso pudiera convencerme a mí misma de la decisión que acababa de tomar—, lo voy a hacer.
Las palabras se quedaron suspendidas en el aire de la habitación, mezcladas con el aroma frío del desayuno olvidado sobre la mesita, mientras afuera la tarde de Moscú seguía su curso, ajena por completo a la guerra silenciosa que acababa de comenzar dentro de esas cuatro paredes. Sabía que las burlas de Kael no eran ingenuidad; detrás de esa sonrisa torcida había unos ojos que no se perdían nada, y probablemente seguiría vigilándome con la misma diversión filosa, esperando el momento exacto en que mi máscara se resquebrajara. Pero Kai era distinto. Kai ya había empezado a comer de la palma de mi mano, y si esa era la única grieta que tenía a mi disposición dentro de esta casa, entonces pensaba usarla hasta el final, sin remordimiento alguno, sin permitirme dudar ni un solo segundo del camino que acababa de elegir para sobrevivir.