El frío me golpeó la piel, pero en lugar de encogerme, dejé que el aire helado me llenara los pulmones por completo, como si respirar afuera de esas cuatro paredes fuera suficiente para devolverme, aunque fuera solo un poco, la sensación de ser dueña de mi propio cuerpo.
Caminé despacio entre los arbustos podados, pasando los dedos sobre las ramas desnudas que sobresalían del suelo cubierto de escarcha, y por un instante breve, casi imposible, olvidé quiénes eran los dos hombres que caminaban detrás de mí.
—¿Te gusta? —preguntó Kai, alcanzándome con un par de zancadas largas, metiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta mientras giraba la cabeza para observar el jardín con una especie de orgullo tranquilo—. Mi madre se encarga de todo esto en persona. Dice que la tierra también necesita atención, igual que las personas.
—Es hermoso —respondí, y esta vez no tuve que fingir demasiado el asombro genuino que se me escapó al fijarme en un rosal ya sin flores, cuyas ramas espinosas se enredaban contra un muro de piedra cubierto de musgo seco—. Aunque me imagino que en primavera se ve todavía mejor.
—Vas a estar aquí para verlo —dijo Kael desde un poco más atrás, con ese tono suyo que nunca terminaba de sonar como una promesa ni como una amenaza, sino como algo intermedio, algo que flotaba justo en el borde entre las dos cosas.
No respondí a eso. Seguí caminando, dejando que la conversación se desviara hacia otra cosa, hacia los senderos de piedra que serpenteaban entre los setos y hacia un pequeño estanque congelado que descubrí al fondo del jardín, con la superficie helada tan quieta que parecía un espejo roto a la mitad. Kai me contó, con esa calidez suya tan particular, que de niño solía patinar ahí cada invierno junto a Kael, hasta que un año el hielo cedió bajo su peso y su hermano tuvo que sacarlo del agua con las manos entumecidas por el frío. Kael no desmintió la historia, aunque tampoco añadió ningún detalle, limitándose a observar el estanque con una expresión que, por primera vez desde que lo conocí, se pareció remotamente a algo tierno.
Caminamos así un buen rato, entre anécdotas sueltas y silencios que ya no se sentían tan pesados como los del primer día, hasta que empecé a notar un temblor leve subiéndome por los brazos, uno que intenté disimular apretando los puños dentro de las mangas de la camisa. No sirvió de mucho. Kael se detuvo de golpe a mitad de una frase, con los ojos fijos en mis manos, y frunció apenas el ceño.
—Estás temblando —dijo, sin preguntarlo, como si la simple constatación del hecho fuera suficiente para zanjar cualquier discusión al respecto. Se acercó y me tomó la mano con una firmeza que no dejaba espacio para réplicas, entrelazando sus dedos fríos con los míos—. Es hora de entrar.
—Estoy bien —protesté, aunque el castañeteo de mis propios dientes me delató de inmediato, arruinando por completo cualquier intento de sonar convincente—. Solo un rato más, por favor.
—Un rato más y vas a terminar enferma —respondió él, sin soltar mi mano, empezando a caminar de regreso hacia la casa con un paso que no admitía negociación—. Y no tengo ningún interés en que te resfríes el segundo día que te dejamos salir de esa habitación.
Kai se rió por lo bajo, siguiéndonos de cerca con las manos todavía metidas en los bolsillos.
—Cuando a Kael se le mete algo en la cabeza, más vale no discutir —comentó, guiñándome un ojo con esa familiaridad suya que todavía me erizaba la piel cada vez que la dirigía hacia mí—. Créeme, lo sé de primera mano.
Quise resistirme un poco más, alargar aunque fuera unos segundos el aire frío contra mi rostro y la ilusión pequeña de estar afuera, pero el tirón suave de Kael hacia la puerta de cristal no me dejó demasiado margen, y terminé cediendo con un suspiro que intenté disfrazar de fastidio en vez de la derrota genuina que en realidad sentía.
Apenas cruzamos el umbral de la cocina, Daria ya estaba ahí, esperando con una manta gruesa de lana entre los brazos, como si hubiera anticipado el momento exacto en que regresaríamos. Me la entregó con una inclinación breve de cabeza, sin decir gran cosa, y desapareció de nuevo por el pasillo con la misma discreción silenciosa con la que aparecía.
—Ven aquí —dijo Kai, tomando la manta de mis manos antes de que pudiera siquiera desdoblarla, y la extendió sobre mis hombros con un gesto cuidadoso, envolviéndome por completo antes de rodearme con los brazos por encima de la tela.
Sentí el calor de su cuerpo filtrándose a través de la lana, un calor real y genuino que mi cuerpo agradeció de inmediato, aunque cada fibra racional que me quedaba se revolviera contra la cercanía. Me quedé quieta, dejando que me sostuviera así durante varios segundos, con la mejilla apoyada casi sin querer contra su pecho, mientras Kael observaba la escena desde un par de pasos de distancia, con los brazos cruzados y una expresión que no logré del todo descifrar.
—Vamos arriba —dijo Kai finalmente, apartándose apenas lo suficiente para tomarme de la mano—. Ahí vas a entrar en calor mucho más rápido.
Subimos los tres juntos la escalera principal, con la manta todavía envolviéndome los hombros y el temblor cediendo despacio a medida que nos acercábamos a la habitación. Kai abrió la puerta y me guió hacia adentro, y antes de que pudiera preguntar nada, sentí las manos firmes de Kael sobre mis hombros, guiándome con suavidad hacia la cama.
—Acuéstate —indicó él, apartando las sábanas con un gesto simple, casi mecánico, como si aquello fuera la cosa más natural del mundo.
Obedecí, todavía envuelta en la manta, y me recosté sobre el colchón con el corazón latiéndome un poco más rápido de lo que hubiera querido admitir. No esperaba, sin embargo, que ambos se acomodaran también sobre la cama, uno a cada lado de mi cuerpo: Kael se recostó a mi derecha, con su brazo extendido detrás de mi cabeza, y Kai se instaló a mi izquierda, pegando su costado contra el mío con una naturalidad que solo hacía más extraño todo el momento.
Sentí que el pánico me subía por el pecho de golpe, una descarga fría que me tensó cada músculo del cuerpo, la sensación clara y aplastante de estar completamente atrapada entre los dos, sin ningún espacio hacia dónde escapar ni siquiera dentro de mi propia cama. Cerré los ojos un instante, respirando hondo, recordando la lección que ya llevaba dos días aprendiendo a la fuerza: la calma era mi único refugio, y cualquier grieta que dejara ver terminaría por delatarme frente a ellos.
—Relájate —murmuró Kael, con la voz baja y pausada, como si pudiera sentir la tensión recorriéndome el cuerpo entero—. Nadie te va a hacer daño aquí.
—Lo sé —respondí, obligándome a soltar el aire despacio, dejando que mis hombros se aflojaran contra el colchón con un esfuerzo que esperaba que no se notara demasiado—. Solo no estoy acostumbrada a esto.
—Te vas a acostumbrar —dijo Kai, acomodando la manta un poco mejor sobre mi cuerpo, con esa ternura suya que siempre lograba desarmarme un poco más de lo que quería admitir—. Todo lo que parece extraño al principio termina volviéndose normal con el tiempo.
—Qué filosófico de tu parte —comenté, dejando que un poco de humor se filtrara en mi voz, buscando aligerar el peso del momento con algo parecido a una broma.
Kael soltó una risa corta, casi genuina, y sentí su brazo moverse apenas detrás de mi cabeza, como si se acomodara mejor contra la almohada.