Kai siempre ha tenido esa vena poética —comentó él, con un tono que por primera vez sonó cercano a algo parecido al cariño fraternal—. Yo prefiero las cosas simples. Estás aquí, vas a quedarte aquí, y entre más rápido lo aceptes, mejor la vamos a pasar los tres.
—Qué manera tan romántica de decirlo —respondí, sin poder evitar el sarcasmo que se me escapó entre los dientes, aunque mantuve el tono lo bastante suave como para que sonara a broma en vez de a desafío.
—Nunca dije que fuera romántico —replicó él, sin ninguna ofensa aparente en la voz, más bien con un dejo de diversión que le suavizó el rostro apenas visible desde mi ángulo—. Solo honesto.
Nos quedamos así un rato, envueltos en un silencio que, extrañamente, no se sentía tan asfixiante como esperaba, interrumpido apenas por comentarios sueltos de Kai sobre algún cuadro que pensaba empezar esa semana, o por Kael corrigiendo algún detalle sobre una escultura en la que llevaba trabajando desde antes de que yo llegara. El calor de sus dos cuerpos, sumado al peso de la manta, terminó por vencer el temblor que me había perseguido desde el jardín, y sin darme cuenta del todo, el cansancio acumulado de los últimos días me fue arrastrando poco a poco hacia un sueño pesado y sin sobresaltos.
Cuando abrí los ojos de nuevo, la luz que entraba por la ventana había cambiado por completo, tornándose más pálida y gris, señal clara de que había dormido durante varias horas. Me quedé quieta un momento, parpadeando contra la claridad tenue del cuarto, hasta notar que estaba completamente sola sobre el colchón, sin rastro de Kael ni de Kai a mi alrededor.
Me incorporé despacio, sintiendo el cuerpo todavía pesado por el sueño, y me senté en el borde de la cama para calzarme los botines de cuero n***o que había usado esa misma mañana, ajustando la cremallera lateral con dedos todavía torpes. Me puse de pie y caminé hacia la puerta con pasos lentos, esperando encontrarla cerrada con llave como el primer día, preparándome mentalmente para el chasquido metálico que confirmara mi encierro una vez más.
Sin embargo, cuando giré la manija, la puerta cedió sin ninguna resistencia.
Me quedé quieta un segundo, con la mano todavía sobre el metal frío, sopesando la posibilidad de que aquello fuera otra trampa como la del primer día, otra prueba diseñada para observar hasta dónde llegaba mi obediencia recién estrenada. Pero recordé la promesa de Kael esta misma mañana, la puerta que ya no se cerraría con llave, y decidí que no tenía nada que perder por comprobarlo con mis propios ojos.
Salí al pasillo con pasos cautelosos, sin ningún ruido más allá del roce suave de mis botines contra la alfombra, y avancé hacia la escalera principal, todavía con la mente adormilada por el sueño reciente. Empecé a bajar los escalones con cuidado, sosteniéndome apenas del barandal de madera, cuando a mitad de camino me encontré de frente con Kael, subiendo en sentido contrario con las manos metidas en los bolsillos del pantalón y esa media sonrisa torcida que ya conocía demasiado bien.
—Vaya, vaya —dijo, deteniéndose un escalón por debajo de mí, obligándome a quedar casi a la misma altura que sus ojos azules—. Mira quién decidió despertar de su siesta.
—¿Dónde está Kai? —pregunté, intentando sonar despreocupada mientras bajaba un escalón más, acortando la distancia que nos separaba.
—Abajo, en el comedor, esperando a que bajes para almorzar —respondió él, sin moverse de su lugar, observándome con esa atención minuciosa que siempre me hacía sentir completamente desnuda por dentro, como si pudiera leer cada pensamiento detrás de mis ojos—. Aunque antes de bajar, tengo curiosidad por preguntarte algo.
—¿Qué cosa? —dije, manteniendo la voz ligera, aunque un nudo pequeño empezó a formárseme en el estómago ante el cambio de tono en su voz.
Kael ladeó la cabeza, estudiándome con una lentitud deliberada, como si estuviera examinando una de sus propias esculturas en busca de alguna imperfección oculta bajo la superficie.
—Me gusta tu actuación, Mila —dijo al fin, con una calma que resultaba mucho más aterradora que cualquier grito—. Aunque, sinceramente, creo que en lugar de haber tomado clases de pintura, deberías haber tomado clases de teatro. Tienes un talento natural para eso.
Sentí que el aire se me congelaba en el pecho, el pánico subiéndome por la garganta con una fuerza repentina que amenazaba con delatarme por completo frente a él. Respiré hondo, obligándome a sostenerle la mirada sin parpadear, buscando en algún rincón de mí misma la misma calma que había fingido apenas un rato antes, recostada entre los dos sobre esa cama.
—Vaya, gracias por el cumplido —respondí, dejando que una risa suave, ligera, se me escapara entre los labios, sonando todo lo despreocupada que pude fingir—. No sabía que ibas por la vida repartiendo elogios tan generosos, Kael.
—No es un cumplido —replicó él, sin apartar la mirada de mi rostro ni un solo segundo, buscando alguna grieta en mi expresión que yo me esforzaba con todas mis fuerzas por no dejar ver—. Es raro que hayas cambiado de actitud de la noche a la mañana. Ayer intentabas arrancarle el cuero cabelludo a mi prima, y hoy te encuentro sonriéndonos como si lleváramos años de conocernos.
—La gente cambia rápido cuando entiende que no tiene muchas otras opciones —respondí, encogiéndome de hombros con un gesto que esperaba que pareciera resignado en vez de calculado, sosteniéndole la mirada con una firmeza que me costó cada gramo de fuerza que me quedaba—. ¿O prefieres que siga gritando y rompiendo jarrones? Puedo volver a intentarlo, si tanto lo extrañas.
Algo cruzó por los ojos de Kael, un destello breve que no supe interpretar del todo, oscilando entre la diversión y algo más agudo, más filoso, que se quedó ahí apenas un instante antes de desaparecer detrás de esa media sonrisa torcida tan característica de él.
—No hace falta —dijo finalmente, retomando el paso hacia arriba, aunque se detuvo justo a mi lado, lo bastante cerca como para que su hombro rozara el mío—. Solo recuerda que tengo buena memoria, Mila. Y que no me gusta que jueguen conmigo, ni siquiera cuando el juego resulta entretenido.
—No estoy jugando con nadie —mentí, con la voz firme, sin dejar que ni una sola grieta se filtrara entre mis palabras.
—Eso espero —respondió él, empezando a subir de nuevo hacia el segundo piso, sin girarse a mirarme ni una sola vez más—. Baja pronto. Kai odia esperar cuando tiene hambre, y yo todavía tengo curiosidad por ver cuánto tiempo más puedes sostener esa actuación tuya sin que se te caiga la máscara.
Me quedé parada en mitad de la escalera durante varios segundos, con el corazón latiéndome desbocado contra las costillas y las manos apretadas con fuerza sobre el barandal de madera, escuchando el sonido de sus pasos alejándose por el pasillo del piso superior. Respiré hondo varias veces, obligándome a recomponer cada fibra tensa de mi cuerpo, y finalmente terminé de bajar los escalones que me faltaban, con la certeza helada de que Kael ya sospechaba, aunque fuera solo un poco, de la mentira que apenas llevaba construyendo con tanto cuidado.
Al llegar al final de la escalera, encontré a Kai asomado desde el arco que daba hacia el comedor, con una sonrisa amplia dibujada en el rostro apenas me vio aparecer.
—¡Ahí estás! —exclamó, extendiendo la mano hacia mí con esa calidez suya tan familiar—. Ven, la comida ya está lista. Yelena preparó algo delicioso hoy.
Caminé hacia él, forzando una sonrisa que esperaba que se viera tan natural como las que había practicado durante los últimos días, sintiendo todavía el peso helado de las palabras de Kael resonándome en el pecho, mientras me preguntaba, con un nudo apretado en el estómago, cuánto tiempo más lograría sostener aquella máscara antes de que alguno de los dos hermanos terminara por arrancármela de un solo tirón.