CAPÍTULO | 10

1478 Words
Sentí cómo mi mundo entero y cada pedazo de mi existencia se rompían en fragmentos tan pequeños que jamás podrían volver a unirse. ​—Tu madre está muerta, Mila —sentenció Kael desde el sofá, pronunciando cada palabra con una frialdad aplastante y brutal, sin apartar sus ojos de mi rostro ni un solo instante—. Eso es un hecho, ya no tiene ningún remedio y llorar de esa manera no va a cambiar absolutamente nada de lo que ocurrió. Lo que sí puedes cambiar desde este momento es cómo decides vivir a partir de ahora. ​—¿Cómo... cómo puedes decir algo así tan tranquilo? —le reclamé entre convulsiones de llanto, levantando la vista hacia el sofá con una mezcla de rabia impotente y terror puro—. ¡Ustedes la mataron! ¡Chloé la mató delante de mis propios ojos! ¡Le disparó y tú me hablas como si la vida de mi madre no valiera nada! ​—Nosotros no apretamos ese gatillo —respondió Kael, sin alterar el tono neutro y distante de su voz en lo más mínimo—. Y no voy a ser un hipócrita contigo diciéndote que lo lamento, porque no es así. Lo que sucedió en ese departamento pasó porque tenía que pasar para poder sacarte de allí. Así ha sido siempre la forma en que esta familia resuelve las cosas, y así seguirá siendo. ​—¡Quiero irme a mi casa! —grité con lo poco que me quedaba de fuerza en la garganta, tratando desesperadamente de jalar mi brazo para zafarme de Kai, pero sus dedos solo se estrecharon con más firmeza alrededor de los míos—. ¡Quiero ver a mi papá! ¡Por favor, déjenme ir! Se los suplico por lo que más quieran... lo que sea que piensen que soy o lo que sea que busquen de mí, están equivocados, ¡yo no soy la persona correcta! ​—No vas a volver a París, Mila —dijo Kael, cortando mis súplicas sin ningún tipo de rodeo, dejando que sus palabras cayeran sobre mí con el peso sofocante de una condena definitiva—. No de la forma en que te lo estás imaginando en esa cabeza tuya. Y entre más rápido lo aceptes y lo entiendas, menos vas a sufrir durante el proceso. ​—Están locos... —susurré al fin, con la voz ahogada en lágrimas y el aliento entrecortado—. Están completamente enfermos. Yo no soy un objeto, no soy de su propiedad... no le pertenezco a ninguno de los dos ni a nadie en este mundo. Nadie puede simplemente decidir sobre mi vida de esta manera. ​Kai, quien había permanecido en silencio a mi lado sobre el colchón, apretó con delicadeza la mano que tenía cautiva. Se inclinó un poco más hacia mí, acortando la distancia entre nuestros rostros, y me habló con un tono envolvente, bajo y profundamente cálido, una suavidad aterradora que contrastaba de forma espeluznante con la crueldad de sus palabras. ​—Sé que ahora mismo todo esto se siente como una pesadilla abrumadora y oscura, Mila —murmuró Kai, mirándome con una devoción perturbadora que me hizo querer encogerme hasta desaparecer—. Y entiendo tu dolor. Lamento profundamente la pérdida de tu madre, de verdad que sí. Pero te prometo por lo más sagrado que aquí, a nuestro lado, nadie volverá a hacerte daño jamás. Vamos a cuidar de ti, los dos, cada segundo y cada día que pase a partir de hoy. ​—¡Yo no quiero que cuiden de mí! —le espeté, girando el rostro con repugnancia para no tener que ver sus ojos claros tan cerca de los míos—. ¡Son unos monstruos! ¡Unos secuestradores enfermos! ¡Mi papá es teniente de la policía en París! ¡Él los va a encontrar, va a mover el mundo entero si es necesario y los va a mandar a la cárcel a todos! ​—Tu padre es un hombre hábil, pero está destruido en este momento —intervino Kael desde su lugar junto a la ventana, manteniendo la calma de quien habla de un tema insignificante—. Y desafortunadamente para él, no tiene absolutamente ninguna pista que lo lleve a buscar fuera de Francia. Para la versión oficial de las autoridades y de la prensa, lo que ocurrió en tu hogar fue un lamentable robo con violencia ejecutado por criminales de poca monta. Nadie en este planeta vincula el apellido Sokolov con la desaparición de la hija de un policía parisino. ​—Chloé... Chloé era mi amiga —sollocé, sintiendo que la traición me quemaba el pecho tanto como la muerte de mi madre—. Confié en ella durante meses... la dejé entrar a mi vida, le abrí las puertas de mi hogar… ​—Chloé es nuestra prima, Mila —explicó Kael con esa elegancia helada que lo caracterizaba—. Lleva la sangre Sokolov corriendo por sus venas, así que su lealtad siempre ha estado con nosotros. Desde la primera vez que te vimos a la distancia en el campus de la universidad, supimos que tenías que estar aquí. Cada conversación que Chloé tuvo contigo, cada coincidencia, cada café y cada paso que dio estuvo milimétricamente planeado y supervisado por nosotros para preparar el terreno. ​—Ella cumplió su trabajo de manera impecable —añadió Kai, sonriéndome de un modo suave que me heló el alma—. Nuestra prima hizo exactamente lo que la familia requería de ella. Y gracias a eso, hoy estás aquí, en tu verdadero hogar. Tu vida en París era demasiado pequeña, frágil y expuesta a peligros ridículos que no merecías correr. Aquí en Moscú, en esta residencia, estás bajo nuestra protección absoluta. Nunca más tendrás que preocuparte por nada. ​—Jamás voy a querer estar en este lugar —dije, sintiendo que las fuerzas me abandonaban por completo y dejándome caer vencida contra las almohadas, agotada por el dolor, la confusión y la falta de aire—. Pueden mantenerme encerrada en este cuarto todo el tiempo que quieran... pero jamás voy a ser de ustedes. Prefiero mil veces estar muerta antes que aceptar esta locura. ​—No digas esas palabra tan terrible, mi pequeña Mila —murmuró Kai. Con una lentitud calculada, alzó su mano libre y rozó con la yema de sus dedos la piel de mi mejilla para apartar las lágrimas y un mechón de cabello pegado a mi frente. Aunque me aparté bruscamente hacia el lado contrario con rabia, él no mostró el menor gesto de molestia—. Entendemos perfectamente que necesitas tiempo para procesar el luto, asimilar el shock y adaptarte a esta nueva realidad. Y te aseguro que estamos dispuestos a tener toda la paciencia del mundo contigo. ​—Tenemos todo el tiempo del mundo, Mila —reiteró Kael desde el centro de la estancia, poniéndose de pie con calma y acomodándose los puños de su camisa oscura—. Y el tiempo, tarde o temprano, siempre termina doblegando a todo el mundo. ​Kael caminó lentamente hacia la puerta principal de la habitación y le dirigió una mirada fija a su hermano. Kai dejó escapar un suspiro pausado, casi de resignación, y finalmente comenzó a soltar mi mano con una lentitud desesperante, como si le costara un esfuerzo físico enorme separarse de mí. Se puso de pie desde el borde de la cama, arreglándose la ropa sin perder esa aura de elegancia imponente. ​—Vamos a dejarte descansar un rato —dijo Kai, dedicándome una última mirada llena de una ternura torcida—. Sé que ha sido demasiado impacto para un solo momento. En media hora te traerán el desayuno a la habitación para que intentes recuperar algo de energía. ​—Trata de comer un poco cuando dejen la bandeja —agregó Kael desde el umbral, con la mano apoyada sobre la madera de la puerta—. Más tarde volveremos para hablar de las cosas con más calma. ​Sin añadir una sola palabra más, los dos salieron juntos al pasillo. Los observé desde mi lugar en el centro de aquel colchón enorme, temblando de rabia, miedo y agotamiento, sintiéndome completamente pequeña e impotente ante su sombra. ​La pesada puerta de madera de roble se cerró detrás de ellos con un golpe seco y pesado que retumbó como un trueno dentro de las cuatro paredes. Un segundo después, el sonido metálico, claro e inconfundible de una llave girando en la cerradura resonó desde el exterior, dejando la estancia totalmente sellada. Me encogí sobre las sábanas de seda, me abracé las rodillas contra el pecho y rompí en un llanto amargo, ahogado e incontrolable, sintiendo cómo el silencio me envolvía por completo.
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