Me quedé hecha un ovillo sobre las sábanas desordenadas de aquella cama inmensa, sintiendo cómo las lágrimas retenidas terminaban de quebrarme el pecho. El dolor me rasgaba la garganta desde adentro, dejándome un sabor cenizo y amargo en la boca. Cada vez que cerraba los ojos, la misma imagen sangrienta volvía para atormentarme sin tregua: el estruendo seco del disparo, la frialdad inhumana en los ojos de Chloé y el cuerpo de mi madre desplomándose sin vida.
Con las manos temblorosas y las uñas clavadas en las palmas, me limpié el rostro con un ademán brusco y torpe, sintiendo la piel de las mejillas arder al instante por el roce. La impotencia comenzó a transformarse en una chispa viva de rabia, encendiéndome las venas con una energía desesperada. No podía quedarme allí tirada, llorando sobre el colchón como una víctima resignada que espera pacientemente a que vengan a decidir su destino.
Me levanté de la cama con lentitud, apretando los dientes para ocultar el temblor involuntario que me recorría las piernas. Caminé descalza sobre la alfombra tupida de tonos avellana y me dediqué a examinar cada rincón de la estancia. A diferencia de un encierro escabroso, la habitación era inmensa, cálida y decorada con un gusto exquisito en tonalidades café, crema y maderas nobles que le otorgaban un aire sumamente acogedor. Sin embargo, para mí no representaba más que una jaula dorada. Las ventanas de cristal alto estaban herméticamente selladas y las pesadas cortinas apenas dejaban pasar un resplandor tenue del exterior.
Avancé hacia una puerta lateral y me adentré y vi que era el cuarto de baño. Era un espacio amplio, revestido con mármoles en tonos cálidos y accesorios de bronce pulido, provisto de un gran espejo y toallas perfectamente dobladas. Recorrí con la mirada cada repisa y cada mueble, pero comprobé con amargura que habían tenido la precaución de retirar cualquier frasco de vidrio, objeto punzante o elemento filoso que pudiera servirme como herramienta de defensa o de escape.
Regresé a la habitación justo cuando el chasquido metálico del cerrojo resonó en la entrada, haciendo que el corazón se me disparara contra las costillas en un vuelco seco de pánico.
La pesada puerta de roble oscuro se abrió con lentitud. En el umbral apareció una muchacha joven, de ropas sobrias y peinado impecable, que sostenía entre sus manos una bandeja de plata con vajilla de porcelana fina.
Del plato salía el vapor caliente de un desayuno recién preparado y el aroma reconfortante del café. La chica avanzó con pasos breves y una postura sumamente correcta.
—Buenos días, señorita LeBlanc —dijo la empleada, inclinando la cabeza con modales intachables mientras modulaba una voz suave y pausada—. Mi nombre es Daria. Le he traído el desayuno.
Ni siquiera fui capaz de articular palabra alguna. Me le quedé mirando con el pecho agitado y los ojos hinchados por el llanto, sintiendo que su cortesía ensayada era una burla grotesca ante la pesadilla en la que me hallaba atrapada. Daria caminó hacia la mesita de noche, y asentó la bandeja sobre la superficie con una delicadeza absoluta, cuidando de no hacer el menor ruido con la porcelana.
—Si requiere algo más para su comodidad, estaré a su entera disposición en la planta baja —añadió la muchacha antes de dar media vuelta de manera pausada.
Caminó hacia la salida y cruzó el marco de madera. Escuché el leve chasquido de la puerta al ajustarse, pero el esperado sonido de la llave girando en el cerrojo nunca llegó a escucharse.
Un silencio denso volvió a apoderarse de la estancia. Me quedé completamente inmóvil en el centro del cuarto, sintiendo cómo el pulso me retumbaba en los oídos como un tambor frenético. Miré fijamente hacia la entrada. Desde mi posición, alcancé a percibir una delgadísima rendija de luz que cortaba la penumbra del pasillo. La puerta no estaba cerrada del todo; había quedado entreabierta, apenas a un par de centímetros de encajar en el marco.
Un escalofrío helado me recorrió la columna vertebral.
No me detuve a dudar ni un solo segundo. La simple posibilidad de que existiera una mínima vía de huida hizo que la adrenalina borrara el cansancio acumulado en mis músculos. Avancé hacia la entrada casi flotando sobre el piso, cuidando de no hacer ruido con mis pies descalzos. Llegué al umbral, apoyé las yemas de los dedos temblorosos contra la madera pulida y empujé la puerta hacia atrás hasta abrirla de par en par.
Me asomé al corredor con el aliento contenido en la garganta. El pasillo se extendía a lo largo de la planta en un silencio sepulcral, flanqueado por paredes tapizadas en tonos tierra, cuadros de marcos dorados y alfombra mullida que amortiguaba cualquier pisada. La estancia respiraba un aire cálido y elegante, de casa lujosa, inundada de tonalidades café y detalles sumamente acogedores. En ese instante, sin embargo, el pasillo lucía completamente desierto. No había ni una persona a la vista.
Sin pensarlo más, salí de la habitación y me adentré en el corredor.
Eché a andar a paso rápido pero sigiloso, pegándome a las paredes tapizadas para pasar desapercibida. Mi único objetivo era encontrar una salida, una escalera de servicio o una puerta posterior que me permitiera llegar a fuera. Recorrí metros de aquel pasillo opulento hasta doblar en una esquina, donde mis ojos avistaron la escalera principal de madera que descendía hacia la planta baja.
Aceleré el paso con la desesperación haciéndome un nudo apretado en la garganta. Bajé los peldaños de dos en dos, sujetándome con fuerza del barandal para no perder el equilibrio, justo enfrente de la escalera, estaba la enorme puerta de mi salida. Era una mole de madera maciza con detalles en bronce, la última barrera entre mi cautiverio y la libertad.
Una ráfaga de esperanza me inundó el alma. Corrí directo hacia la entrada, estiré la mano con desesperación y sujeté la manija de bronce. La presioné hacia abajo y la puerta cedió sin resistencia, abriéndose apenas un par de centímetros para dejar colar una corriente de aire helado que me dio de lleno en la cara.
Estaba a punto de cruzar el umbral y lanzarme hacia el exterior cuando una risa estruendosa, cínica y horriblemente familiar resonó desde la sala de estar contigua, congelándome la sangre en las venas.
La manija se me resbaló de los dedos sudorosos. Esa risa. La reconocería en cualquier rincón del universo. Era la risa de la chica que durante meses me había sonreído en la universidad, la misma que se había ganado mi confianza mientras preparaba a mis espaldas la ruina de mi vida y la muerte de mi madre.
Chloé.