CAPÍTULO | 12

1214 Words
​El aire se me volvió fuego en los pulmones. Olvidé la puerta de entrada, olvidé la huida y cualquier instinto de preservación. Una ola de odio puro y destructivo me nubló el juicio por completo. Giré sobre mis talones, movida por una rabia ciega que jamás imaginé poseer, y caminé con paso firme guiándome por el sonido de la risa que me taladraba la cabeza. ​Irrumpí en el salón con el pecho agitado y el rostro desencajado por la furia. ​La sala era enorme y acogedora, iluminada por la luz tenue de una chimenea encendida y decorada con sofás de cuero marrón y muebles de madera fina. Sentados juntos en el conjunto de muebles principales, se encontraban tres personas: Kael y Kai y entre ellos, recostada con absoluta holgazanería, se hallaba Chloé. ​Kai fue el primero en notar mi presencia al verme parada en el umbral de la sala de estar. Su expresión relajada cambió de golpe, intentó incorporarse levemente y alzó las palmas hacia mí para frenarme. ​—Mila, no deberías estar aquí, regresa a la habitación... —comenzó a decir Kai, intentando utilizar un tono de voz firme pero persuasivo para detener mis pasos. ​Lo ignoré por completo. Mi mente borró sus palabras como si el viento se las hubiera llevado Toda mi atención, mi odio se concentraron únicamente en Chloé. La perra ni siquiera se inmutó al verme entrar; al contrario, se acomodó mejor sobre los cojines del sofá, me examinó de arriba abajo con desdén y lentamente curvó las comisuras de los labios en una sonrisa burlona. ​—Vaya, buenos días, dormilona —soltó Chloé con un cinismo repugnante, empleando la misma ligereza afectada con la que me saludaba en las mañanas. ​Aquella burla terminó por destrozar los últimos restos de cordura que me quedaban. Fue en ese preciso instante cuando mis ojos se desviaron frenéticos hacia un costado de la entrada del salón. Sobre una mesa auxiliar, reposaba un jarrón pesado de cerámica artesanal en tonos café y dorado. Cegada por la ira, di dos pasos rápidos, lo sujeté con ambas manos sintiendo el peso frío del adorno contra las palmas y me volví hacia ella. Apreté el agarre sobre la cerámica y, antes de arrojarle el jarrón, le dejé ir un alarido desquiciado desde el fondo de mis entrañas: ​—¡Mataste a mi madre y te atreves a sonreírme y darme los buenos días, perra! ​Alcé el jarrón con todas las fuerzas de mis brazos y lo arrojé hacia adelante, lanzando el pesado objeto directo hacia su rostro. Chloé abrió los ojos de par en par ante la brutalidad del ataque e instintivamente apenas alcanzó a esquivarlo, arrojándose a un lado del sofá en un movimiento torpe y desesperado. El jarrón le pasó rozando la oreja y terminó estrellándose contra el suelo detrás del mueble, haciéndose mil pedazos en una detonación escandalosa de barro y esquirlas que resonó por todo el salón. ​No me detuve. Me tiré sobre el sillón sin importar los pedazos rotos, estirando los dedos con la intención salvaje de agarrarle la melena y estrellarla contra el piso. ​—¡Mila, basta ya! —intervino Kai, poniéndose de pie de un salto y cruzando la distancia con rapidez para interponerse entre las dos. Intentó abrazarme por la cintura para frenar mi avance, pero me giré sobre mi propio eje y le asesté un manotazo violento en pleno rostro. ​—¡No me toques! ¡Aléjate de mí! —le grité, dándole un empujón cargado de rabia que lo hizo tambalearse un par de metros hacia atrás—. ¡No te atrevas a ponerme una sola mano encima! ​Chloé trataba de ponerse de pie desde el piso, despeinada y con el rostro pálido por el susto del impacto. Aproveché que Kai había quedado fuera de mi camino por un segundo y volví a abalanzarme sobre la asesina de mi madre. Mis uñas estaban a punto de clavarse en su cuero cabelludo cuando una figura mucho más grande se atravesó de golpe en mi caminó. ​Antes de que pudiera rozar a Chloé, un agarre inflexible me sujetó por las muñecas, deteniendo mi impulso con una firmeza brutal. ​Kael se había levantado del sofá con un movimiento rápido y dominante. Sin mostrar la menor consideración por mis gritos, mis patadas o los tirones desesperados que le propinaba para soltarme, utilizó la fuerza aplastante de su torso para inmovilizarme contra su pecho. Me alzó los brazos hacia arriba, pegándolos a mi cuerpo, y apretó su mano libre contra la parte posterior de mi cuello para neutralizar cada una de mis sacudidas. ​—¡Suéltame! ¡Déjame matarla! ¡Es una maldita asesina! —grité, retorciéndome en su agarre mientras las lágrimas de rabia volvían a nublarme la vista—. ¡Suéltame, Kael! ​—¡Se acabó el espectáculo, Mila! —la voz de Kael no fue un grito fuera de control, sino una orden grave, profunda y helada que hizo silenciar la estancia por completo. ​Mientras Kai intentaba recomponer su postura a un lado y Chloé se ponía de pie sobándose el hombro con mala cara, Kael no se movió ni un solo milímetro. En sus rasgos no había enojo ni alteración; únicamente se apreciaba un reflejo de diversión, como si estuviera contemplando el berrinche inútil de una criatura salvaje. Con un movimiento firme de la mano que mantenía en mi nuca, me obligó a erguir la cabeza, atrapándome la mandíbula con los dedos para impedir que esquivara su contacto. Me vi forzada a clavar la mirada en sus ojos azulados y penetrantes. ​—Escúchame muy bien —murmuró Kael, inclinándose lo suficiente para que su aliento me rozara la piel del pómulo, hablando con una frialdad letal que me puso los pelos de punta—. La puerta estaba abierta porque nosotros lo planeamos así. Estás en mi terreno, en mi casa y bajo mi absoluto dominio. ​Traté de soltar un mordisco o propinarle un golpe con la cabeza, pero el apretón de sus dedos sobre mi rostro se volvió imperceptiblemente más firme, anulando cualquier intento de rebelión física. ​—Chloé hizo exactamente lo que le ordenamos para traerte hasta aquí —siguió Kael, sosteniéndome la mirada con una serenidad insoportable—. No vas a ponerle un solo dedo encima en esta casa, ni vas a volver a montar un espectáculo rompiendo las cosas del salón. A partir de este momento vas a aprender a comportarte y a aceptar tu realidad, o te prometo que la consideración que hemos tenido contigo se va a terminar de la peor manera. ​Me quedé jadeando contra su pecho, sintiendo el calor firme de su cuerpo reteniéndome como a una prisionera sin escape. Miré a mi alrededor y vi a Chloé mirándome con resentimiento. Todo había sido un juego para ellos, una trampa diseñada con crueldad para romperme el espíritu desde el primer día. Sin embargo, aunque la impotencia me estuviera quemando por dentro, le sostuve la mirada a Kael con los ojos encendidos en odio, dejándole claro con mi silencio que, aunque mi cuerpo estuviera atrapado en su terreno, jamás lograrían doblar mi voluntad.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD