Mi cuerpo había cambiado en esos días, y se lo comenté a Nati mientras estábamos en el spa.
No se trataba de un cambio físico que fuera visible para los demás, sino, algo íntimo de lo que solo me enteraba yo.
Sentía la piel sensible y mi v****a húmeda la mayor parte del tiempo. Un fuego se había instalado en mi vientre y necesitaba con ansias que fuera calmado.
Una extraña sensualidad se había apoderado de mí y la sentía exudar a través de mis poros. Si fuera un animal, diría que estaba en celo.
Notaba mi mirada distinta y sentía que mis movimientos habían cambiado con el objetivo de seducir.
No entendía lo que pasaba conmigo, lo que sí sabía era que no dejaba de pensar en mi Adonis.
Lo había visto de nuevo en el último show, en la misma mesa, con la misma postura, y tuve la certeza de que llegó exclusivamente para verme.
Me hizo sentir deseada como nunca.
Y yo lo deseaba a él como no deseé a nadie.
—Creo que es porque no he tenido sexo en más de un año —le dije a mi amiga.
—O tal vez porque al fin tu cuerpo está despertando —contradijo Nati.
—¿Despertando? —inquirí, incrédula.
—Sí —ella dijo con toda seguridad—. El idiota de Steve no te provocaba nada. No porque tuvieras un problema, sino, porque a él le faltaba el fuego necesario para hacerte arder. Tal vez ese hombre ha despertado la pasión que llevas dentro.
—¿Qué estás sugiriendo? —cuestioné. Ya le había contado todo sobre mi Adonis.
—No te digo que te folles al Adonis, sino, que no te conformes con patanes que no tienen la capacidad de ofrecerte nada. Tienes que salir al mundo y darte cuenta de que por ahí te encontrarás a más de alguno que te haga vibrar.
—Lo que necesito es un vibrador —opiné, porque ciertamente no era una chica de andar por el mundo follando hasta encontrar al adecuado.
Era romántica y por eso Steve me había embaucado.
Nati se rio y luego se encogió de hombros.
—Eso también. ¿Pasamos por una s*x shop más tarde?
Cuando entré a mi piso esa noche, no soportaba las bragas.
Me saqué los zapatos con los mismos pies y los abandoné en el recibidor.
Recordando lo que había comprado con mi amiga esa tarde, me desabroché el pantalón y lo bajé al mismo tiempo que las bragas de algodón. Estaban tan mojadas que tenían una mancha de humedad en toda la parte inferior y había traspasado hasta la tela del jeans.
Como pude me deshice de aquellas prendas y luego caminé al sofá, llevando la bolsa de compra conmigo. Me senté en el sofá de cuero que había comprado Steve y empecé a masturbarme pensando en otro.
No me importó que las cortinas continuaran recogidas y que la iluminación del exterior pudiera alumbrar mi salón a través de los ventanales de cristal.
No podía pensar, solo quería, mejor dicho, necesitaba, correrme de una buena vez.
Abrí las piernas y coloqué los talones sobre el frío cuero. Mis dedos acariciaron todo mi sexo con avidez, ejerciendo presión en el clítoris y después empujando un poco los dedos en el hueco de mi v****a. Una y otra vez.
Delicioso.
Estaba tan mojada que el sonido de la fricción de mis dedos, pronto se volvió tan sonora como los gemidos que salían de mis labios.
Era mi Adonis el que me tocaba y yo me moría por ser suya.
Apurada, porque quería más de sus caricias, me quité la camiseta que llevaba puesta y desabroché el sujetador.
Tenía la suerte de tener unos pechos respetables. No pequeños, tampoco enormes, sino, con el tamaño justo para caber en unas manos como las de él.
Arqueé la espalda, entregándome a sus caricias, y abarqué uno de mis pechos con mi propia mano. Lo apreté y jadeé. Empujé mis dedos dentro de mí y chillé de placer.
Quería sus besos, quería su piel, que pellizcara mis pezones y me mostrara cuánto le ponía a él mi deseo.
Quería su pene dentro de mí, que me follara, que se hundiera hasta el fondo y me hiciera sentir toda su virilidad empalándome hasta el delirio.
Necesitada de más, dejé un instante de acariciarme para sacar el juguetito que ya venía listo para mí. Rasgué su envoltura estéril y me lo llevé a la boca. Lo chupé con deleite, imaginando el pene de mi dios y volví a acariciar mi clítoris.
Los gemidos regresaron y también los chapoteos de mi sexo húmedo y necesitado.
Saqué el consolador con apariencia realista de mi boca y lo introduje lentamente en mi v****a, mientras gemía de gusto, al mirar aquel pene que se adentraba en mí.
Era él, era mi Adonis el que me follaba, mientras yo abría las piernas para él, y me entregaba frente al ventanal.
Gemí sin control en la oscuridad de mi salón, penetrándome una y otra vez hasta el fondo. Amasé mis pechos, apreté mis pezones, empujé las caderas, imaginé sus caricias, sus besos, su calor y su voz, roca y varonil que solo existía en mi imaginación, que me decía: eres mía, Afrodita.
Me corrí. Me corrí a gritos, convulsiones y temblores. Y me dejé caer en el sofá, laxa y sudada, mientras la polla de silicona continuaba en el interior de mi v****a palpitante.