Rob tenía razón. Ahí, el fuego ingeniosamente dividía en dos la casa, el techo estaba libre y era la única forma de salir, sin que nadie pueda advertir que lo hacían. Hans ve que la distancia del techo al árbol más cercano es favorable. Sesos le encañona por la espalda. —Anda, salta. Hans salta. No consigue amortiguar la caída. Una vez en el suelo rueda hasta chocar con algo de metal. El dolor es intenso en el tobillo derecho. Es imposible ponerse en pie. Sesos se lanza. Al ser más ligero y contar con experiencia, se levanta con pocos magullones y se dirige, con el revolver en la mano hasta Hans. —Levántate marica. No sabe cómo diablos pretende que pasen desapercibidos, sobre todo porque tiene manchas de sangre en sus ropas. Hans cojea. Muy cerca, se escucha un tumulto de curioso

