En un acampado, una hilera de camiones de transporte pesado aparcaba uno a lado del otro. Una suave brisa les refrescaba. No se ven personas por esos lados, asi que continúan avanzando. Gaby se da la vuelta. —Nadie nos sigue —le dice. Cruzan una amplia avenida para acortar el viaje pero es más fácil decir que hacer; el trayecto hacia la autopista no parece acabarse nunca. Es un golpe de suerte que no pasen patrullas o que la gente de Carlo, no rondara por allí. La brisa poco a poco se convierte en un fuerte viento que lastima los ojos. Hans está agotado y en su estado es una mala compañía para ella. Al otro lado de la avenida, la cantidad de coches poco a poco va disminuyendo. Seguro son pasadas las ocho de la noche, piensa Hans. Quizás Carlo espera a que termine de anochecer para

