Al despertar, aún se encontraba en el suelo del cuarto donde apilaban a los cadáveres. Estaba desnuda y sin ningún tipo de dolor físico, pero el sufrimiento que experimentaba en su alma la tenía derrotada. Pasó horas acostada boca arriba, con la mirada fija en el techo y las lágrimas corriéndole copiosas por las sienes. Comenzaba a cansarse de ser siempre la perdedora, a la que manipulaban y le arrancaban sin clemencia partes de sí. La que debía donar cada gota de su sangre sin oponer resistencia, porque decían que no le pertenecía, así como su propia vida. Se hartó de que la tuvieran contra la espada y la pared, siguiendo normas y respetando límites que otros imponían solo porque le temían. Consideró que era hora de darle un giro a aquella historia, de poner el destino de su parte

