El vestido de gala, destrozado en su interior, se había deslizado hasta su ombligo, revelándola por completo. Nikolai se había apartado solo lo suficiente para abrocharse el pantalón, pero su pene, ardiente y duro, aún latía con una vida feroz bajo la tela del esmoquin. La furia de la persecución se había evaporado en ese acto brutal de posesión, dejando solo la verdad descarnada de su supervivencia y ese deseo que nadie podía apagar. —¿Te sientes mejor, Zarina? —preguntó Nikolai, sin dulzura. Ella se pasó las manos por el cuello. —La adrenalina es una puta deliciosa —respondió Karenina, con la voz ronca. Intentó incorporarse, y el dolor de los hematomas y la tensión muscular la detuvieron. Nikolai vio que fue fuerte con él, pero solo así sabía coger. —La adrenalina es la única drog

