«El hombre en su orgullo, creó a dios a su imagen y semejanza».
Friedrich Nietzsche.
El pasillo de la nave central esboza la serie de bancos para los fieles. A la izquierda el recipiente de agua bendita adjunta a la pared espera las manos que jamás llegarán. Debería ser sangre bendita, despide un hedor desagradable. A la derecha el cajón del confesionario para que escuchen los pecados, asignen una penitencia y te resignes en el perdón de un dios benevolente.
A mi frente, colgada como el corazón del sagrado suelo y cielo, la cruz con el profeta clavado, su cabeza baja parece moverse en agonía, mueve el pecho respirando. Está vivo, la estatua tiene vida.
Finalmente detrás del altar, está Abel con las brazos cruzados en la espalda, admirando el sagrario. Se encienden en la cámara abovedada, las velas de los candelabros que asemejan el aspecto de un pulpo. En la alfombra guía hacia las escaleras del presbiterio, Lucas anduvo despacio.
Trago saliva, no hay vuelta atrás, una vez pasado el umbral las puertas se cerraron. Cantos guturales volvieron a ser los protagonistas de la banda sonora. Es ininteligible el rezo, incomprensible, me siento incómodo, azotan recuerdos de su voz. Sigo a Lucas que está un palmo de distancia.
—Estás apretado, Locke —escucho la voz de un Abel antaño—. Debo expiar tu pecado purificando tu alma, amarás a los unos y a los otros.
Me dolía, comprimo las nalgas, mi trasero, mi ano, recuerdan el desgarre del recto.
—¡Relájate, estás duro! —gritaba Abel llegando al orgasmo—. ¡Dios, perdona a tu hijo!
Sentí el recorrido del líquido caliente, picando en las heridas del interior de mi cuerpo. Abel me castigó severamente los días venideros cuando trataba de evitar sus profanaciones.
Estoy aferrado a la cruz estaca, parece clavarse una astilla, no me importa tener heridas, tuve peores al estar en sus crueles zarpas.
—Regresa quien tiene donde ir —dijo Abel volteándose.
Subió por mi garganta la repulsión de su rostro. Invadió en retorcer mis sentidos la falta de pudor, pulverizada en vergüenza. La calva brillante delatando que no había envejecido ni un año, su sonrisa burlona llegando a ser como la de un felino. Nos miramos durante un tiempo, estoy detenido en medio del sitio. Lucas continúa hacia Abel, solo.
—Locke, has crecido, te has vuelto un hombre de provecho —dijo relamiendo los labios, su mirada lasciva emite los horrores cometidos—. Ya has perdido la inocencia.
—Tú robaste mi inocencia.
—No, Locke. —Abel rodeó el altar, posicionado ahora en el centro sin retirar los brazos de la espalda—. Mi devoción y religión no roban tu inocencia, penetran tu consciencia.
No sé que hacer, me tiemblan las manos. Pastillas, pienso en mis pastillas… Mis padres. Debo matarlo, matar este hijo de puta, su sangre purificará mi cuerpo.
—Porque si perdonan a otros sus ofensas, también los perdonará a ustedes, su padre celestial —su voz es cavernosa, ruidosa… Maldito.
Está latiendo mi corazón, aumenta el ritmo.
—¡Lucas!
—De nada servirá, es adicto al falo divino. ¡Gloria a dios, ilumina el pensamiento!
La figura del profeta emitió un grito de sufrimiento, su cabeza en movimiento anormales, sacudiendo los cabellos, incrementado su corona de espina, sus ojos sobresaliendo como serpientes sacrílegas.
Más rápido los latidos, estoy blandiendo la cruz estaca, el niño está cada vez más cerca.
—¡Lucas, ven ahora!
—¡Padre nuestro que estás en el cielo! —recita Abel alzando sus brazos, ya su voz no es normal, es doble, aguda y tenor, escabrosa, demoníaca.
La boca del sacerdote se abre perturbadora, macabro es el sonido de la mandíbula al romperse. Desencajada, estira y estira como masa para moldear. Exhala el vapor de azufre, desprende el aliento fétido. Viaja el vómito por mi tráquea, lo contengo llevando la mano libre.
Los clavos del profeta se retiran. Flota en el espacio convulsionando, brota espuma blanquecina moteada de sangre, recorriendo su mentón hasta descender al suelo, convirtiéndose en ácido. Unos retazos de tela que cubre su sexo, es roto por un pene de glande estrafalario. Se abre la hendidura del m*****o, como una aspiradora succiona a Abel.
Viéndome está Lucas, asiente aceptando su destino. El profeta alarga su falo para devorarlo.
Ocurre un proceso de metamorfosis truculento. Las extremidades sobresalen como crisálidas de piel, estallando en nuevos brazos; sus piernas se multiplican por dos, del ano surge otra v***a haciendo el papel de una cola deformada sin prepucio. En el pene principal, el glande se convierte en la cabeza de Lucas a través de una serie de ebulliciones horrorosas. La cabeza del niño está en eterno tormento; del cuello emerge la cara de dos bebés recién nacidos, chillando como si fueran recién paridos.
—¡Santificado sea tu nombre! —rugió Abel.
Alcé la cruz estaca, decidido a asesinar aquella cosa.
La primera embestida, esquivo el falo de Lucas, me adentro entre los bancos, acercándome por el presbiterio. Volaron por los aires las astillas de la madera rota. Giro de modo repentino, lo presentía. ¡Maldición, allí viene! Me agacho, levanto la cruz estaca. Salto el primer banco, me cubro para eludir el otro golpe, cierro los ojos, pegándome el olor al barniz y madera vencida. Recupero movilidad, salto el otro banco, espero y ¡toma pedazo de mierda!
Enterré en el ojo de Lucas la primera estacada, haciéndolo retroceder; los fluidos de la viscosidad seminal salen por cada poro de su rostro.
—¡Quién encubre su pecado jamás próspera, quién lo confiesa y lo deja hallará perdón!
Rosantina… No… Debo concentrarme…
—¡No puedes ocultar a dios lo que hiciste, Locke! —gritó el profeta.
Mis oídos sangran, su carcajada infernal está dañando mis tímpanos, siento la presión en el cuerpo aumentar, escucho pitidos, tonos alargados como si una bomba estallara cerca de mí.
Duele… mi espalda duele…
Un cabezazo de Lucas fue la represalia por herirlo. Estoy tendido después de haber sobrevolado el suelo a centímetros de los bordes de los bancos, impactando contra la pared del comienzo.
Espectral de Samael, desafiando la gravedad, Abel se mueve crujiendo sus huesos. Continúan los bebés llorando, está vez más fuerte, más metálico. Hace un inversión de su cuerpo, simulando un vampiro en descanso. Adopta la forma inicial del profeta. La lengua hecha serpiente me hace entender que él es Mefistófeles, el corrupto de los hijos de Adán y los hijos de Eva; apunta la cola en éxtasis, profesa un gemebundo, de los labios de Lucas sale semen espeso y grisáceo.
No tengo salida, me reincorporo. Luchar contra la fuerza abismal de Abel es imposible, evoco ser un niño otra vez, no puedo librarme de sus garras, su falo erecto, sus versículos crueles mientras aceleraba la fricción.
Soy un niño indefenso aceptando el destino impuesto, asintiendo a la necesidades sexuales del sacerdote; una peste de sociedad no me creía, decía la verdad, él me violaba y nadie podía creerlo ¿Por qué creen que los niños mienten? ¿Por qué los padres los ignoran? ¿Creen qué es correcto dejar a un niño a manos de un monstruo de pensamiento tergiversado, ayudándolos a crecer mediante la profanación corporal? ¡Tengo miedo, estoy llorando, padre, madre! ¡DIOS HA MUERTO!
—Agáchate, Locke… redimido ante tus acciones, te libraré de tus cadenas.
La boca de Lucas se abrió como una ballena preparada para devorarme. Cierro los ojos, estoy listo para morir… Adiós Rosantina.
¿Cadenas? ¿El sonido roto del desprender del hierro colgante? ¡Los candelabros!
Abro de nuevo los ojos, está a punto de caer encima de la cabeza de Abel. Pestilente es la estela, agujero n***o el orificio mordaz en donde moriría, frente a mí está abierto en su totalidad como una flor el glande primitivo. Me levanto… Tengo las piernas heridas, estoy cojeando o eso trato, aún tengo la cruz. Apunto, debo reunir mis últimas fuerzas si fallo moriré al instante.
Allí viene, el tambor tiene un bajo que destroza mis sentidos auditivos, el ritmo cardíaco a millón, Lucas está por… ¡Argh!
Descrito como un bumerang, lancé la cruz estaca contra el candelabro, acerté en el intento y cayó estrepitoso sobre la cabeza de Abel.
—¡Arde, arde! —grita Abel retrocediendo.
Quema, las velas lo está quemando, es un producto mefistofélico. ¡El agua bendita!
Voy corriendo hasta el recipiente, me invade los aires de la gasolina, no es sangre, tampoco agua. Huelo de nuevo como un ratón, es combustible.
Asegurado y comprobado, agarro el recipiente decidido a poner fin. No verá la luz mañana ni otro día, sus labios no mancharan el honor de la sangre de cristo, será calcinado como tanto hicieron daños a los inocentes, acusados de brujería cuando los pecadores eran ellos, cardenales asesinos.
Me acerco antes de que apague las velas con su aliento. Vierto la gasolina alrededor esquivando los coletazos. Busco la cruz estaca que está cerca del perímetro, apunto al segundo candelabro y lanzo.
Cayó formando una pequeña nube de polvo y astillas alrededor de los bancos rotos. Sostuve la primera vela, como una granada la tiré antes de Abel zafarse de la trampa. No tardó en hacer contacto con el gas; surgieron las llamas danzantes, dueñas del compás hipnótico. Llevé los dedos a mi oído, Abel rugía con tal tremebundo que helaba las venas. Crujió la madera siendo alimento de las llamas del infierno.
Me río, es divertido, Abel está muriendo y ya tocó suelo, se está arrodillando y quiere rogar, quiere rezar el imbécil entre las llamas, reclamando perdón.
—¡Padre amado, perdóname!
—¡Hereje, fariseo, pecador! —grité escupiendo en el suelo.
Eufórico ando en el interior; aplaudo, bailo, segrego saliva lleno de emociones que despiertan mi felicidad. El engendro que violó mi cuerpo durante mi infancia, es comida para el fuego. ¡Debe estar orgulloso el diablo, puesto que su hijo regresará a sus estacas!
¡Fastuosa escena! Como un alga sombría llora la cabeza de Lucas, se retuerce el falo como el cuello largo de un dragón de lado a lado en el eterno arder naranja.
Suenan las campanas, estoy sonriendo. No sé, mis lágrimas definen este momento. Adiós Abel, púdrete. Mi alma es libre de tus torturas.
—¡Padre, no me dejes morir!
Olvidamos tener un padre para llamarlo en el lecho de nuestra muerte, oramos creyendo ser mejores, refugiándonos en el caparazón de una religión, pretendiendo ocultar y salida hallar de las acciones ignominiosas. ¿Por qué debemos engañar nuestro espíritu? Somos animales, está en la naturaleza la permanencia de la perversión. El bien y el mal son únicamente conceptos humanos, establecimos sus parámetros para organizar nuestra civilización.
Veo el mal que ha causado, un mal que ha enfermado cada mente cuando nos volcamos al fanatismo. Todos terminan igual, bajo tierra con gusanos. Es ese el verdadero paraíso.
Las llamas se apaciguan. Cansado me tumbo en el suelo, respiro sereno como late mi corazón calmado. Ya pasó pequeño Locke, él no volverá a herirte.
Su mano está conmigo, giro un poco para ver mi hombro en su compañía. Mi viejo rostro iluminado por el resplandor, difuminando del naranja y amarillo parpadeante e intransigente, sudado con los mechones mojados en la frente, puedo visualizarme a así. Admiro aquel niño que tiempo atrás era el sacrilegio predilecto de un sacerdote enfermizo.
Quiero abrazarlo, parece leer mi pensamiento, se agacha y entre mis brazos vemos el final de Abel.
—Se ha ido, se ha ido… —repetí acariciando su cabello, tal como mi madre lo hubiera hecho.
—¿Volverá? —preguntó el pequeño Locke.
—Te prometo que jamás regresará —dije.
Lentamente se extinguía el fuego. Abel era historia, cesaron sus gorjeos ahogados, sólo quedaban cenizas en una charca similar al alquitrán.
El pequeño Locke desaparecía conforme avanzan los segundos. Retenido entre las mangas rotas del uniforme de oficina, no quedó después rastro de mi pasado.
Un haz de luz radiante atravesó el vitral central de la entrada, apuntando al sagrario, donde un hueco dio lugar luego del espacio volverse deforme en ondas translucidas.
Me levanté, oteo para hallar indicios de la cruz estaca. Cuando la pude encontrar estaba hecha trizas.
Camino a la dirección del sonido, viene de la puerta de la entrada. Alguien la ha cerrado desde el exterior, no hay salida posible para regresar al pueblo. Agotadas las opciones debo atravesar el túnel.
En estos momentos, siento mi alma en paz. Examino un poco más el espacio, encuentro un palo puntiagudo, debe ser uno de los restos de los bancos. Lo sostengo como un palo de golf, necesito estar prevenido para cualquier encuentro a lo desconocido.
Compruebo la existencia del infierno. El mundo es la primera capa de este, nuestros temores siguen después.