«Economiza las lágrimas de tus hijos para que rieguen con ellas tu tumba». Pitágoras. Infinita misericordia, voltea como un tigre enfurecido sonando el cuello. Los puños trémulos, castañea con los dientes amarillos. Mandíbula en vano el intento de ser tensa, su bata se llena de sangre. Suspendida la mirada conectando la mía, revelándome el sufrimiento padecido. No puedo tener miedo, pero el tormento de aquella noche me aterra aún, sus ojos rojizos, pupilas como paraguas abiertos, el delirio que la conllevó a estar hacinada con los defectos humanos, la epilepsia que devoraba con cada ataque su raciocinio. Ella tenía una rara obsesión al fuego, recuerdo que la etiquetaron como «pirómana». Evoco un fragmento del cajón reprimido, gustaba prender velas, muchas velas, repetía que no debía

