Me pregunté si Calogo sabría que me iba a quedar a bordo. Probablemente estaba bajo cubierta con los demás. Estaba segura de que vendría a buscarme tarde por la noche. No fui abajo. Aunque tenía hambre, me sentía mal. Obolus, sin embargo, no tenía problemas para comer. Se comió tres ladrillos de comida de una pila que había en un rincón de su nueva casa. Se los comió en cuanto se los alcancé, y después usé el bastón para golpear la parte trasera de sus patas y que se acostara. Quería acurrucarme bajo su cabeza y tratar de dormir para disipar las malas sensaciones que amenazaban con abrumarme. Quizá cuando despertara, estaríamos ya en el mar, y podría pensar en Iberia y en lo que nos esperaba en aquella tierra extraña. Escuché los cascos de un caballo galopando por la orilla y el tintineo
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