Capítulo Veinticuatro Yzebel estaba sentada en una de sus mesas afilando un cuchillo cuando Tin Tin y yo volvimos de comerciar. Hacía fresco bajo la lona, que recibía la ligera brisa del río con aroma a enebro y pino. La cara de Yzebel se iluminó cuando nos vio. —Venís muy cargadas. —Dejó a un lado los cuchillos para hacer espacio a nuestras cestas. —Sí —dije—. Traemos frijoles, leche de cabra, queso… —Los iba sacando de mi cesta y poniéndolos sobre la mesa—. También melocotones, manzanas… —¡Qué bendición! —Yzebel agarró el bloque de queso para olerlo. Tin Tin descargó su cesta y yo seguí nombrando los alimentos mientras los ponía sobre la mesa. —Higos, aceitunas, una cebolla, y… —puso en la mesa una pequeña jarra de tierra—, miel. —Todo esto es maravilloso. —Yzebel quitó el tapón

