Bella estaba al tanto de cada movimiento de Dominic Johnson. Durante esa semana había recopilado información con precisión: en la carpeta que guardaba celosamente estaba escrito a qué hora salía de su penthouse, cuánto tiempo pasaba en el gimnasio, qué desayunaba, con quién se reunía, incluso qué hacía en sus ratos libres. No había detalle que se le escapara: su rutina era tan clara como un mapa abierto frente a ella.
Ese sábado en particular, sabía que Dominic asistiría a una reunión de negocios en el club, una de esas citas exclusivas donde solo entraban magnates y empresarios de alto nivel. No puedo perderlo de vista, se repetía a sí misma, porque si lo hacía, fallaría. Y fallar no era una opción.
Se llevó una mano al rostro, sintiendo cómo la ansiedad le ardía en el pecho. ¿Cómo carajos lo voy a hacer? pensó con rabia y frustración, recostada en su cama mientras apretaba los puños. Había hecho muchas cosas en la vida, había cruzado límites que nunca imaginó, pero nunca había matado a nadie. Esa carga le quemaba por dentro.
De repente, el sonido estridente de su celular la sacó de sus pensamientos.
—¿Ya estás lista para cumplir la orden, Bella? —la voz fría y seca del Diablo retumbó en su oído.
Bella resopló, conteniendo la ira.
—Sí, Diablo. Déjame en paz… Yo sé lo que tengo que hacer.
Hubo un silencio pesado al otro lado de la línea, hasta que la voz de él volvió a sonar, cargada de amenaza.
—Eso espero, Bella. No me falles…
Pero antes de que pudiera decir algo más, ella le colgó bruscamente, cerrando los ojos con fuerza. El corazón le martillaba el pecho, y una mezcla de miedo y rabia la estaba consumiendo.
El celular de Bella volvió a sonar. Frunció el ceño con fastidio, pensando que otra vez sería el maldito Diablo para molestarla. Pero al mirar la pantalla, suspiró aliviada: era su amiga Viviana, a quien siempre llamaba Vivi.
—¿Aló? —contestó con voz cansada.
—¡Amiga! ¿Qué has hecho? —dijo Vivi con entusiasmo, como si hubieran pasado días sin hablarse—. ¿Nos vemos esta noche?
Bella apretó los labios, cerrando los ojos por un instante.
—No puedo, Vivi… Tengo un compromiso.
—¿Qué puede ser más importante que salir conmigo? —protestó ella en tono de broma, aunque se notaba un toque de insistencia.
Bella forzó una sonrisa amarga, aunque sabía que su amiga no podía verla.
—De verdad, no puedo. Otro día, lo prometo.
Hubo un silencio breve al otro lado, y entonces Vivi bajó el tono de voz, preocupada:
—Amiga, en serio… ¿qué te pasa? No suenas normal.
Bella tragó saliva. No podía contarle nada, no podía ponerla en peligro.
—No pasa nada, Vivi, tranquila. Te llamo y cuadramos para salir, ¿sí?
—Bueno… pero no me escondas nada, ¿ok? —respondió la chica con un dejo de desconfianza.
—Lo prometo. Un beso, chao. —colgó de golpe, dejando escapar un suspiro cargado de cansancio y dolor.
Se quedó mirando el techo, pensando que su vida ya no tenía espacio para planes normales, ni amistades inocentes.
Esa misma tarde, Bella comenzó a alistarse para cumplir la orden. El Diablo había conseguido un pase exclusivo para que pudiera entrar al club donde Dominic tendría su reunión de negocios. Aquella misión la estaba desgarrando por dentro, pero no podía mostrarse débil; debía parecer segura, implacable.
Abrió el armario y escogió el atuendo que mejor la haría pasar desapercibida entre la élite, aunque al mismo tiempo la hacía destacar con un aire peligroso y sensual. Se puso un vestido de cuero n***o, corto y ajustado, que marcaba cada curva de su figura. En sus piernas, unas botas de tacón de quince centímetros que le llegaban hasta las rodillas, haciéndola ver más alta, más dominante.
Dejó su cabello largo suelto, cayendo como una cascada dorada por su espalda. Se maquilló con un estilo intenso: sombras oscuras que realzaban el brillo hipnótico de sus ojos esmeralda, y unos labios color vino, que parecían diseñados para tentar y a la vez intimidar.
Se miró en el espejo por última vez, respirando hondo. Su reflejo mostraba a una mujer segura, explosiva, lista para todo. Pero en lo más profundo, Bella sabía que lo que estaba por hacer no era cualquier juego.
Bella salió de su apartamento con paso firme, tragándose la ansiedad que le carcomía por dentro. El auto n***o que había conseguido la dejó frente a las imponentes puertas del Club Eclipse, un lugar que desde el primer vistazo gritaba lujo y poder. La fachada iluminada, los ventanales de cristal y la seguridad impecable dejaban claro que no cualquiera podía entrar allí: solo la élite.
Al mostrar su pase, los guardias la dejaron pasar sin preguntas. Una vez adentro, el ambiente la envolvió. El lugar estaba decorado con luces tenues, sillones de terciopelo, candelabros modernos y un bar que parecía sacado de una película. El aire olía a whisky caro, habanos y perfumes exclusivos.
Con elegancia, Bella caminó hasta la barra y tomó asiento en uno de los taburetes altos. Su vestido de cuero ajustado y sus botas negras de tacón atrajeron la atención de inmediato; podía sentir las miradas de varios hombres clavándose en ella, deseosos, curiosos, intrigados. Pero a Bella no le importaba. Estaba demasiado concentrada.
Pidió un trago y se acomodó, con la espalda recta y los ojos esmeralda brillando bajo la penumbra. Solo esperaba un movimiento: la llegada de Dominic Johnson.
Mientras Bella esperaba, notó un movimiento extraño en un área diferente del club. Frunció el ceño, curiosa, y se inclinó hacia el barman.
—¿Qué hay allí? —preguntó, señalando con sutileza.
El hombre bajó la voz y respondió con un aire de complicidad:
—Esa es la zona VIP… ahí se reúnen varios empresarios importantes.
Bella sonrió apenas, aunque por dentro hervía de intriga. ¿Cómo demonios entraron sin que yo lo notara? pensó, repasando mentalmente cada segundo desde que había llegado. No se había descuidado ni un instante, y aun así, esa puerta parecía haberse tragado a medio mundo sin que ella lo percibiera.
—Carajo… —murmuró para sí misma, apretando la mandíbula.
Bella se levantó con la decisión ardiendo en la sangre. Desde su mesa, observó la zona más codiciada del lugar: el área VIP. Allí, tras los cristales ahumados y las luces bajas, sabía que se encontraba lo que ella buscaba. Sin embargo, había un problema evidente: varios escoltas custodiaban la entrada como si fueran perros de caza, rígidos, atentos, dispuestos a detener a cualquiera que intentara acercarse sin autorización.
Respiró hondo. No podía avanzar de frente, no con ellos observando cada movimiento. Necesitaba una estrategia, una forma de deslizarse hasta allí sin levantar sospechas.
Sus ojos recorrieron el ambiente. La música vibraba en las paredes, la pista estaba abarrotada de cuerpos bailando, y las meseras iban y venían con bandejas de copas chispeantes. Todo aquel caos era su oportunidad.
Bella se acomodó el vestido, dejando ver un poco más de piel de la necesaria, y sonrió con esa picardía que tantas puertas le había abierto antes. Si quería pasar, tendría que usar su ingenio y sus armas invisibles: su astucia y su encanto.
Se acercó al pasillo lateral que conducía a la entrada del área VIP, ocultándose entre un grupo de jóvenes que reían a carcajadas. Desde ahí, observó a los guardias. Uno de ellos, corpulento, mantenía los brazos cruzados y la mirada fija hacia adelante. El otro, más delgado, conversaba brevemente por radio.
Bella sabía que no tenía mucho tiempo. Tendría que encontrar la forma… y rápido.