Lejanía

4243 Words
No conseguía calmarme, me dolía el pecho, no podía respirar. Bajé corriendo las escaleras, sintiendo como el ácido del estómago volvía a subir hasta mi garganta. Me negaba a vomitar de nuevo. Abrí el frigorífico y saqué lo primero que encontré, un poco de yogurt de moras. Rompí el empaque de cualquier manera y tomando una cucharita, comencé a comer con desesperación.  Con la llegada de la pubertad y los cambios corporales algunas zonas de mi cuerpo se rellenaron cuando no deberían. El esfuerzo, la necesidad de perfección y mi propia forma de ser hicieron que cayera en ese abismo poco antes de cumplir los 13 años. Habíamos ido con Camila a casa de nuestra abuela, la abuela hizo mis galletas favoritas, por lo que íbamos comiendo mientras caminábamos. Recordaba las carcajadas de mis compañeras cuando nos las encontramos en la calle. Aquel día corrí a mi casa y vomité hasta el ácido de mis entrañas. Después de hacerlo, me sentí extrañamente tranquila. El dolor que me habían causado desapareció pues únicamente podía concentrarme en la sensación de ardor en el esófago. Fue así como se volvió mi escape. Además, pocos meses más tarde, descubrí que mi nuevo hábito me hacia bajar de peso. Jadeé, dándome cuenta que me había terminado aquel yogurt y no había sido suficiente. Rebusqué en las alacenas, segura que había escondido algún paquete de galletas para un momento como este. No era capaz de dejarlo atrás, por más que me jurará a mi misma que lo había hecho. Al mínimo estrés, volvía a darme un atracón. No podía seguir así o me destrozaría por entero. Lloriqueé, sintiendo un cólico menstrual pincharme el vientre. ¿Por qué no podía vivir solo un sufrimiento a la vez? Abrí el paquete de galletas, metiendo dos al mismo tiempo a mi boca.  No podía dejar de pensar en Adam y en la forma en la que se había ido. Decía que hablaríamos cuando estuviéramos más tranquilos y, aunque racionalmente sabía que era lo correcto, no podía evitar sentirme abandonada. Y atacada. ¿Cómo se atrevía a hacer eso? ¿Con qué derecho me exigía una explicación de mis amistades cuando él se paseaba con su ex-novia para arriba y para abajo? Además, me sentía traicionada, pues infantilmente esperaba que me diera el tiempo necesario para mostrarle uno a uno todos los fantasmas que me acosaban.  —¿Lele?—era Anne, nerviosa, escondí el bote de yogurt en la alacena, tirando el empaque de las galletas por cualquier lado—¿estás bien? No me atreví a voltearme, tenía el rostro lleno de migas de galletas. El pecho me dolía cada vez más. Sentía como todo me sofocaba. Probablemente me daría un infarto…o un ataque de nervios. No sabía que era peor que me pasara frente a Anne. —Estoy bien…—musité en ruso antes de salir corriendo.  No escuché si me seguía o no, llegué al primer sanitario disponible y vomité de nuevo. Las arcadas eran tan fuertes que sentía como todo mi cuerpo vibraba con ellas. En pocos minutos, sentí unas manos detrás de mi cabello, sosteniéndolo. No quería que Anne estuviera allí, pero no podía evitarlo. Abrumada por todo, me puse a llorar.  —Déjame—sollocé—¡Déjame limpiarme!  —Lele…—la voz de mi amiga estaba cargada de impotencia.  —Por favor, Anne. No puedo verte así. Dame cinco minutos y hablaremos.  Mi amiga asintió con la cabeza, saliendo del baño. Me deshice de todo lo que oliera a ácido gástrico y me lavé el rostro, así como los dientes. Seguía llorando, pero no podía hacer nada contra eso. Conté mentalmente los 300 segundos necesarios y salí, encontrando a Anne sentada en la cama.  —¿Desde cuándo lo haces? A veces agradecía que la gente fuera tan directa, me ahorraba muchas explicaciones.  —A los 13.  —¿Por qué ahora? —¿Qué tan patético sería si te digo que discutí con Adam? Anne negó con la cabeza. —Cuándo tienes un problema alimenticio a la menor provocación puede volver.  Bajé la mirada.  —No pasa nada, Lele. En serio.  —Pensé que me juzgarías… —Yo me iba a casar con un pedófillo a los 20 años. Nadie viene sin un pasado y por ello no tenemos el derecho de emitir un juicio sobre lo que han vivido los otros.  En un raro momento de mi parte, la abracé. No me gustaba mucho el afecto físico, pues en Rusia no estábamos acostumbrados a darlo, pero Adam Harris estaba empezando a cambiar eso. Él recordarlo hizo que yo volviera a sollozar de nuevo.  —¿Qué fue lo que te hizo el imbécil de Harris? —¿Por qué asumes que fue él? —Biblia de amigas, capítulo 2 versículo 8.  Consiguió sacarme una carcajada, que cambió totalmente mis lágrimas.  —Es un inseguro de lo peor.  —Los hombres son demasiado territoriales a veces. —¡Pero yo no estoy reclamándole todo el tiempo que Dalilah está pegada como una lapa a él!  —Aunque te mueres de ganas de hacerlo.  —Obviamente.  Las dos nos quedamos viendo un momento.  —Ese no es el verdadero problema, ¿o sí?  Negué con la cabeza.  —Comenzamos teniendo sexo, terminamos enamorándonos. Pero no nos dimos tiempo de conocernos en el medio.  —Eso puedes remediarlo. —Espero que no sea demasiado tarde.  Anne se quedó haciéndome compañía hasta que me quedé dormida. Al día siguiente despertamos bastante tarde. Parecía que Anne quería seguirme preguntando, pero negué con la cabeza. Le iba a contar las cosas a mi ritmo, no era alguien que soltaría a la primera toda la verborrea mental que cargaba dentro desde la adolescencia. Nos levantamos de la cama a medio día, porque sonaba el teléfono de Anne. El mío estaba apagado y probablemente seguiría así por todo el día, no me apetecía hablar con nadie.  —Lele, tenemos un problema.  La morena se sentó junto a mi con cara de preocupación.  —No pienso lidiar con nada hoy. Lele Santillán está fuera de servicio.  —Es la comida por el cumpleaños de Margot.  Me dejé caer en la cama. Yo lo que debía haber hecho era un pacto con el diablo en vez de que mis padres me bautizaran dentro de la iglesia ortodoxa, así tendría mejor suerte que la que cargaba encima ahora.  —Ritual satánico.  —¿Perdón? —Debí hacer un ritual satánico antes de venir a Nueva York para ver si mi suerte mejoraba.  —Ahora es muy tarde. —No tanto—sonreí de lado—necesitamos que sea luna llena, una gallina negra y velas, muchas velas.  Por un momento Anne se quedó callada sin saber si estaba bromeando o no, hasta que ambas nos echamos a reír a carcajadas.  —No puedes fallarle a Margot—me dijo con seriedad.  —¿Irás?—me sentía ridícula preguntándole eso, pero en verdad necesitaba a alguien conmigo. —¡Por su puesto! Michael vendrá por nosotras.  Supe que no había hecho ningún comentario a su novio y en ese momento me di cuenta que había encontrado a una de las mejores amigas posibles.  —Gracias Anne.  —¡Nada, guapa!—me dio unos  golpecitos cariñosos en la pierna—¡Arréglate que tienes que impresionar a todos!  —¿Yo? —Hoy jodemos a Dalilah Jones, Santillán.  —Tenemos una misión, Brown.  Haciéndole caso a mi amiga, y aprovechando que la fiesta sería en una de las casas del abuelo de las Jones, que tenía piscina, me coloqué unos shorts, con una blusa blanca encima del bikini. La parte inmadura de mi quería que todos me vieran, que cada persona en aquella reunión quedara impresionada por Lele Santillán. Agradecí tener el cabello color rojo, para poder resaltar mis ojos verdes, los cuales maquillé con tonos oscuros. En poco menos de 45 minutos estaba lista.  Anne silbó, examinándome de arriba a abajo, ella iba vestida mucho más discreta que yo. —Parece que se ha tomado muy en serio la misión, agente Santillán.  Reí con ganas, sintiéndome mucho mejor que la noche anterior. Estar con ella me hacia recordar cuales eran las razones por las que había llegado a Nueva York. Yo venía a a triunfar en la ciencia, a hacerme un nombre por mí misma a nivel internacional, a ser reconocida, a vivir la vida que soñaba, no a enamorarme de un imbécil que pretendía tratarme como si fuera su dueño. Yo no era de él, ni de nadie, yo era mi propia mujer desde el día que había venido a este mundo.  —Así mismo agente Brown—murmuré, siguiéndole la broma—vamos a divertirnos como nunca.  Michael me sonrió ampliamente al verme, abriéndome la puerta de atrás de su automóvil. Condujo hasta la lujosa zona de los Hamptons, donde yo solo alzaba ambas cejas sorprendida por el despliegue de elegancia. En México había pocos lugares como eso y casi nadie tenía acceso, solo las personas más adineradas. Los simples mortales teníamos que contentarnos con hoteles todo incluido dónde se metían uno o dos animalejos a la menor provocación. Bajamos en una de las casas que se encontraban en la parte alta de la colina, donde nos encontramos con Margot en la puerta. La rubia estaba feliz, recibiéndonos a cada uno con un fuerte abrazo.  —¡Pensé que vendrías con Adam!  —Ambos teníamos cosas que hacer, así que lo mejor era encontrarnos aquí.  —Lo mismo dijo él—rió la rubia—parece desesperado por verte. Llegó hace un rato. Aún así es extraño no verlos pegados como chicles.  La pequeña Lele que vivía en mi mente hizo una mueca. No podía creer que habíamos dicho lo mismo, pero eso haría que no pudiera evitarlo. Entramos a la casa, donde las mesas estaban organizadas alrededor de la piscina. Me sorprendió saber que la rubia tenía tantos amigos, pero los que compartíamos se encontraban sentados en una misma mesa. Aliviada, vi que Dalilah Jones estaba en otro lado, riendo con un grupo de chicas que parecían ser sus intimas amigas.  —¡LELY!—la voz de William me hizo hacer una mueca que llevaba guardada desde hacia un rato.  —¿Qué te he dicho de llamarme así? —Qué me matarás y nadie sabrá dónde quedó mi cadáver.  Se levantó y me abrazó, cosa que correspondí gustosa, sobre todo porque sentía la mirada de Adam en mi espalda.  —El idiota de tu novio trae cara de perro rabioso porque no habías llegado.  Rodé los ojos sentándome junto a Adam, quien se limitó a darme un beso en la mejilla. Yo no quería hablar con él, no después de anoche. Para mi satisfacción, Anne lo fulminó con la mirada.  —Tardaste mucho—fue lo único que dijo Adam. —Tenía que ponerme linda.  —Eres linda existiendo, nena.  Suspiré, pero no le dije nada. Unas cuantas palabras bonitas no cambiarían sus celos y su desconfianza. Quería salir corriendo de aquella fiesta, pero Margot llegó con una botella de tequila poniéndola frente a nosotros.  —Sé que esto era indicado para ustedes.  —¡Por algo eres de las mejores amigas del universo!—sonreí.  —Considéralo una ofrenda de paz—dijo Margot mirando directamente a Nina, que le sonrió débilmente.  Dirigí mi mirada a la de William, que trataba de hacerse pequeño en la silla, pero era imposible debido a su gran tamaño.  —Si no arreglas esto, Robinson, que te mate será el menor de sus problemas—siseé en su oido.  Para mi satisfacción se estremeció. Punto para el invierno ruso.  —Te juro que no sé como—me respondió al oído.  —Calmando tu maldita testosterona.  Volteé cuando sentí como la mano de Adam se aferraba a mi muslo. Molesta, la quité de un manotazo.  —No jodas, Harris.  —Lo siento, sé que no soy tu persona favorita ahora.  —No haré un escándalo frente a Margot y su familia—le susurré—pero después de esto no quiero que vuelvas a tocarme.  Puso las manos sobre la mesa y al instante extrañé su roce. Maldita sea mi suerte que me había acostumbrado a aquel hombre. Nuestros amigos nos quedaron mirando con suspicacia, así que entrelacé mi mano con la de él.  —¿Qué tanto miran?—pregunté.  —Es tan raro verlos sin estar encima del otro—soltó Alexei.  —¿Si saben que somos dos personas diferentes, no? —Aún así es raro.  Sería fácil pretender, porque yo quería mucho a ese hombre por más que estuviera enojada con él. Adam sonrió de lado, besándome de lleno en los labios. Me tomó por sorpresa, sobre todo cuando mordisqueó mi labio inferior, haciéndome gemir, para después introducir su lengua en mi boca. Nos quedamos perdidos en nuestro beso hasta que Margot le dio un golpe a Adam en la cabeza.  —¡Exhibicionistas!  —¿Quién los entiende?—negué con la cabeza, riendo—Si no estamos pegados no les gusta, si nos demostramos todo lo que nos queremos, tampoco. —¡Es que ustedes no tienen punto medio!  La fiesta continuó mientras las botellas de licor iban pasando. Margot estuvo bastante tiempo con nosotros, a pesar de que estaban sus otros amigos. Nos metimos un rato a la piscina, donde disfruté del delicioso contacto de Adam. Habíamos sido lo suficientemente maduros para que nadie se diera cuenta que estábamos peleando. La única que lo sabía era Anne, negando con la cabeza cuando nos veía.  —Santillán, tienes que ponerlo en su lugar. Te hará más daño estar aquí, pretendiendo que nada pasó cuando estás furiosa por dentro. —No quiero hacer un escándalo frente a Margot.  —Llévatelo de aquí con el pretexto de que van a follar y lo pones en su lugar.  Negué con la cabeza ante las ocurrencias de Anne.  —Aquí están todos los amigos de Adam, además, estoy disfrutando mucho ver a Dalilah rabiar con nuestra cercanía.  Adam usó aquel momento para abrazarme, provocándome que me sobresaltara. Estaba húmedo por haber pasado tanto tiempo en la piscina, mientras que yo me había secado al estar charlando con Anne.  —¡Ni te atrevas, cariño!—grité.  Los amigos de la infancia de Adam, William y las Jones me habían recibido con mucha alegría, contentos de que él tuviera una pareja que lo quisiera. Las únicas que me registraban de vez en cuando eran las amigas de Dalilah, que no paraban de cuchichear cuando me veían pasar.  —Te juro que voy a matarlas.  Adam me apretó fuertemente contra sí, cuando caminamos hacia ellas con rumbo a nuestra mesa. Yo venía echando humo por las orejas de coraje pues escuchaba sus risitas impertinentes detrás mío. Odiaba que dijeran cosas de mí a mis espaldas. Yo era una mujer bastante directa y las cosas siempre las hacia de frente.  —Ignóralas, nena. Siempre han sido así.  Me escondí en el pecho de Adam, pues si me volteaba iba a soltarle un golpe a lagrimear que encontrara y si era Dalilah Jones, mejor.  —Esas mujeres te están comiendo con la mirada, además de todo.  —¿Y eso que tiene?—dijo con diversión. —¡Qué eres mío!  Lo miré con severidad, pero él solo rió y besó mi frente. —Solo tuyo, ¿eh?  —No te atrevas a decir nada, Harris, que aún no me tienes del todo contenta.  Sonreímos, viéndonos a los ojos por primera vez en toda la tarde. A pesar de estar tan molesta, no podía dejar de quererlo con todo el corazón.  —Nos debemos una conversación.  —Tú me debes una disculpa—dije cruzándome de brazos. No iba a dejarlo salirse con la suya tan fácil.  —Te daré una disculpa. Te daré todo lo que quieras.  —¿Flores?—bromeé.  —Flores, chocolates, te llevaré un concierto a tu puerta si quieres.  —mmm…¿concierto? —Alex tocando el triángulo cuenta como un concierto. Sonreí, alzando el rostro para besarlo. Estaba segura que conseguiríamos cimentar los problemas que teníamos, mientras el amor siguiera entre nosotros. Temblé un poco, asustada por mis propios sentimientos.  —Ahora no pensemos en eso, ¿de acuerdo?  Asentí con la cabeza, escondida en su cuello. Me la pasé increíble, tomando y olvidando la horrible noche anterior. Ya no sentía tan fuertes los cólicos menstruales, o quizá era el alcohol que los hacia dormir, pero yo me estaba divirtiendo tanto como siempre lo hacia con mis amigos. Cayó la noche y le siguió la madrugada, haciendo que quedáramos solo nosotros. El resto de las personas se habían ido poco a poco.  —¡ADDIEEEEEEEE! Rodé los ojos, viendo cómo Dalilah se acercaba tambaleando hasta Adam. Sus amigas se habían ido hacia un largo rato, por lo que ella se incorporó a nuestra mesa, tomando y riendo como si todos fuéramos amigos. Me había quedado quita hasta ese momento, decidí actuar, no iba a permitir que se le acercara a mi novio.  —¿Qué quieres, Jones?—murmuré.  —Le estaba hablando a mi Addie, no a ti, migrante impertinente. —¿Cuál es tu problema con que yo venga de México? —Si, Dalilah—la voz de Adam me hizo sonreír—¿qué es lo que te pasa? Lo que hubo entre nosotros ya es cosa del pasado. Yo lo soy feliz, tu deberías hacer lo mismo.  —¡No puedo soportar que estés con ella!  Se tambaleó hacia atrás, pero su hermana la sostuvo.  —¡Déjame Margot! ¡Todos tienen que saber la verdad! —Has tomado demasiado, Dalilah. ¿Por qué no vas a dormir a tu habitación? Mañana Adam hablará contigo.  Fulminé a Margot con la mirada, aunque supe que estaba tratando de convencer a su hermana de no decir nada más.  —¡ESA ZORRA ESTÁ CON ADDIE!  —¡NO LO LLAMES ASÍ!—exploté—¡Es ridículo! ¡Supera que ya no esté contigo!¡Madura de una vez, Jones!  Soltó una carcajada ronca.  —Esto no es inmadurez. Es que Adam y todos…—señaló a nuestros amigos—tienen que saber la verdad de ti, mexicana. —¿Qué carajos te pasa?  Dalilah tartamudeaba, pero yo no estaba para aguantar sus preocupaciones.  —¡Eras una prostituta en México!—rió a carcajadas—¡Esa es la verdad!  Me quedé helada, no sabía qué decir al respecto. ¿De dónde había sacado Dalilah?. Comencé a temblar de pies a cabeza.  —¡Cállate Jones!—amenacé.  —¡NO!—soltó otra carcajada, alejándose de Margot que nos veía a ambas en shock—Ya es hora de que todos sepan la puta que eres.  Sin poder contenerme, le pegué una bofetada. Jamás había sentido tanta satisfacción con un golpe como aquel. A lo lejos escuché los pasos de Adam, pero no me acerqué a él. Temblaba de ira.  —¡Diles!—gritó Dalilah. El alcohol había hecho que se fuera de lengua, yo no pensé ni por un momento que estuviera hablando de lo que yo tenía más guardado en el mundo. Simplemente me reí, pensando que lo decía por que yo estaba con el hombre que ella quería.  —¿Decirles qué?—me crucé de brazos.  —¡Qué conseguiste el dinero para venir a Nueva York como prostituta!  Se hizo un silencio bastante incómodo. Eso no era técnicamente cierto, pero yo no sabía qué decir.  —Anda, dile la verdad a Adam. Se acercó a Adam pero él se puso frente a mí, apartándola. Sus brazos me rodearon, pero yo me encontraba rígida, sin saber que decir.  —No me importa lo que digas—la voz de mi novio no daba lugar a dudas—Yo no voy a dejar de querer a Lele.  —Puedes leerlo si quieres—dijo la morena entregándole unos papeles—Aquí cuenta la historia de Paola Durán y Celeste Santillán, dos adolescentes que vendían sus encantos en la preparatoria general de Guadalajara.  Parpadeé varias veces, sorprendida. ¿Cómo se había enterado de aquello? Sin pensarlo, le quité los papeles a Adam, releyéndolos varias veces. Eso lo había escrito Daniel cuando terminamos, pero mi madre y la directora de la escuela habían pagado bastante dinero para que no salieran a la luz, pues estaba pensado para publicarse en un periódico de la Ciudad de México. Eso sería mi ruina, puesto que en mi país la prostitución es un delito y yo tenía una prometedora carrera como química después de obtener el premio Nacional de la Juventud.  Después de eso, mi padre fue a exigirle a Daniel que me dejara en paz, pero él se negaba a hacerlo hasta que tiempo después él consiguió un trabajo en Corea y no volví a saber de él, Paola se había ido de nuestra ciudad mucho tiempo antes entonces eso solo me afectaba a mi. Sin embargo, ahora me daba cuenta que el muy maldito había publicado aquello en internet, donde podía seguirme molestando sin ser castigado por ello.  —Dalilah, deja de decir estupideces—dijo Margot, tomando a su hermana de los brazos para arrastrarla adentro de la casa, pero ella se soltó.  —¡Atrévete a negarlo, zorra!—Dalilah me escupió a la cara. Boqueé como un pez fuera del agua, pensando en que no podría salvarme de aquello. Habían encontrado mi mayor secreto. A eso se reducía todo, a una bailarina con problemas alimenticios que mucho tiempo se mantuvo vendiendo su cuerpo, usando el placer de los hombres para ahorrar y poderme pagar la vida que yo quería.  —¡Nada de eso te interesa, Jones!—fue lo único que atiné a decir—Mi vida privada no debe ser de tu incumbencia. —Vivimos en una época en la que cualquier persona puede ser buscada en el internet, ¿o no María Celeste Santillán?  Odié tanto que me llamará por mi verdadero nombre. No tenía el menor derecho de hacerlo. Yo solo era Celeste para mis padres, o para Adam, las pocas personas en las que confiaba todos mis demonios. Ni siquiera mis amigos habían ganado el poder llamarme de esa manera. Iba a lanzarme sobre ella, para demostrarle lo que significa la furia roja.  —¡PUTA!—grité en español, volviendo a golpearla—¡No tienes ningún derecho a hablar de mi o de mi pasado sin conocerme! —¿Crees que hablando en tu idioma vas a salvarte de esta?—yo me había separado de Adam, cosa que Dalilah aprovechó para darle un leve empujón—Estamos en Estados Unidos, habla inglés, zorra.  No había sentido la xenofobia de esa manera. Desconocía lo que hacia que Dalilah odiara tanto de que yo fuera mexicana, pero podía sentir cómo su odio venía hacia mi país, no solo al hecho de que yo estaba con Adam. Impotente, sentí como las lágrimas corrían por mis mejillas y la vi sonreír frente a mi.  —Cómo si llorando fueras a conseguir algo. Ya sabes, Adam. Te estás acostando con una zorrita que disfrutaba que pasaran varios hombres por su cama al mismo tiempo.  —Dalilah—la voz de Adam era fría—No me hagas faltarte al respeto, así que cállate, por favor.  —Abajo de la nota que te di, hay varias reseñas de los hombres que estuvieron con ella. Puedo leértelas si quieres.  —No quiero saber nada que tengas que decir.  —¿Así que piensas seguir viviendo engañado? ¿Piensas dejar que esa mujer te siga mintiendo a la cara? Jamás pensé que mi Addie pudiera ser un hombre que se dejara mangonear con tanta facilidad.  Adam apretó los puños y no pude evitar encogerme, acercándome a una esquina. Para mi sorpresa, fue a ella.  —No soy tuyo. Nunca lo fui.  —Vamos…Addie.  —¡Vete de aquí Dalilah!–la voz que sonó fue la de Margot—Es mi cumpleaños y quiero que te largues.  —¡Es mi casa también, Margot! ¡Y mis amigos!  —Creo…—la voz de William sonaba extrañamente fría, lejos de aquel hombre divertido que yo conocía—que nadie aquí quiere realmente ser tu amigo.  —Si no te vas ahora, llamaré al chofer para que venga por ti—amenazó Margot—Y no creo que quieras que nuestro padre te ve así.  —Te espero en mi cama, Addie.  Después de decir aquello, avanzó a pasos tambaleantes al interior de la casa, yo quería ir tras ella y golpearla hasta que se arrepintiera de todo lo que había dicho. Yo nunca había pensando en decirle nada de eso a mis amigos en Nueva York, pues no quería exponerme al rechazo que sufrí en Moscú cuando mis compañeros de la escuela se enteraron. De no haber sido porque no había pruebas y mi talento para el ballet hablaba por mi, yo no hubiera llegado a donde me encontraba ahora. Mi alocada adolescencia no tenía nada que ver con los logros de mi vida adulta. —Lele—escuché la voz de Nina, como queriéndose disculpar por aquello, pero ya no tenía caso negarlo.  —Todo lo que han escuchado es real—dije en una extraña calma.
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