Capítulo 6: "Damián Bustamante".

1930 Words
Damián Bustamante se había reunido con los señores Heredia y Aguilar en la vivienda de este último, para discutir cuestiones de negocios. Ni bien ingresó, el padre de Samuel le gritó: —¡Estuvimos toda la noche reparando tu error! ¿Cómo pudiste ser tan descuidado? —¡Pensé que el muchacho se había quedado en mi casa! —exclamó con irritación—. ¡Estoy cansado de vigilar a esos niños! —Esos mocosos viven bajo tu techo, por lo cual son tu responsabilidad —objetó Horacio, sin poder ocultar su mal humor—. Yo no puedo aniquilar a los Medina porque eso desataría la furia de mi monstruoso hijo, y vos tampoco querés asesinarlos porque, al fin y al cabo, son las crías de la mujer que amás. Sin embargo, deberías ser menos desprolijo a la hora de realizar tareas. Si Juan Cruz recuerda lo que sucedió, estaremos en grandes problemas. —Vamos a tener que castigarte —intervino Heredia—. Recibirás menos dinero de la comercialización de tecnología. Disminuiremos tus ingresos al diez por ciento. —¡Están dementes! —bramó Bustamante, sin ser capaz de ocultar su ira—. ¡Siempre he tenido que realizar los trabajos más sucios y humillantes! ¡Hasta me han obligado a ser niñero de sus mutantes en más de una ocasión! ¡No pienso aceptar que reduzcan mis ganancias! —¡Sos un inútil! —exclamó Heredia—. ¡Ni siquiera fuiste capaz de impedir que tu hijastra ingrese en tu estudio! —Samuel también irrumpió en el laboratorio de su padre sin autorización —le echó en cara a ambos, mirándolos con aborrecimiento—. ¡Esos adolescentes son muy osados y astutos! ¡No pueden reducir mis ingresos por ellos! —Lo son —admitió Horacio, quien era el menos dispuesto a discutir de los tres—. Sin embargo, no podemos deshacernos de ninguno de los muchachos. —¿Por qué no? —preguntó Heredia. A pesar de que Damián estaba a punto de estallar de la furia, decidió escuchar la explicación de su colega Aguilar. —Ya lo he explicado: Samuel es mi creación. Los Medina son los hijastros de Bustamante… y si les hiciéramos daño, desataríamos la furia de mi hijo. A Damián no le importaría que Isabel y Juan Cruz murieran si no hubiera asegurado su pellejo secretamente con ellos, tal y como le había confesado a Benítez antes de aniquilarlo. —Creo que es obvio lo que deberíamos hacer: aniquilar a Samuel —sugirió el esposo de Soledad Martínez de repente—. Así se acabarían nuestros problemas —y de ese modo, no le reducirían las ganancias. Heredia soltó una risotada, y Aguilar lo contempló con cara de pocos amigos. —¿Y cómo lo harías? Sólo un disparo en la cabeza puede matarlo. Él tiene los sentidos más desarrollados que un humano normal, y si te descubriera, te haría añicos. De todos modos, no creo que esa fuera la solución… Culturam es una sociedad que busca el progreso científico, y perder a nuestro más precioso espécimen de mutante humano sería realmente trágico… El padrastro de los Medina era tan astuto como sus compañeros. Debía convencerlos por las buenas de que no le redujeran los ingresos. Para ello, se veía obligado a aportar ideas innovadoras: —Hay que cambiar las estrategias —insistió Damián—. Esto que estamos haciendo no está funcionando. Presiento que esos mocosos acabarán con nosotros si no tomamos medidas drásticas. —Bueno, ¿Qué se te ocurre que no sea asesinar al joven Aguilar? Quizás, si enmendás tu error, no disminuiremos tus ingresos… Tenía que pensarlo. Como lo pillaron desprevenido, Bustamante comentó: —¿Borrarle los recuerdos a Samuel? —No es tan fácil. Él es muy fuerte mentalmente, no es como Juan Cruz… —A pesar de ello, no sabemos si el joven Medina recuperará o no la memoria —agregó Horacio. —Samuel no quiere realizar más misiones —observó Damián—, adoptó una actitud rebelde de la cual no creo que haya vuelta atrás. Ese chico es más problemático que los Medina. —Samuel no era tan indomable antes de que conociera a Isabel. Esa muchacha le hizo perder la razón… —suspiró Horacio—. Damián, tenés un par de días para pensar en qué podés hacer para que no reduzcamos tus ganancias. —No reducirán mis ingresos, puedo asegurárselos. —¿Eso fue una amenaza? —Es una afirmación —replicó con seguridad. De repente, se le ocurrió una idea. —¿Recuerdan ese periodista que ha estado acosándonos los últimos dos años? —¿El que tenía la teoría de la comercialización ilegal de tecnología, Cárdenas? —preguntó Heredia. —Ese mismo —afirmó Damián—. Sé que dije que Samuel no querrá hacer ninguna misión más, pero podemos doblegar su voluntad. Desmoralizarlo. Podremos obligarlo a asesinar a ese hombre… de lo contrario, Isabel puede pagar las consecuencias. Aunque no la asesinemos, podremos lastimarla físicamente. —No logramos en todos estos años que mi hijo se convierta en una máquina de matar, y ahora ya tiene dieciocho años. No creo que tu plan funcione. —Él haría cualquier cosa por mi hijastra ¿No se dieron cuenta? Mientras la tengamos a ella bajo nuestro poder, podremos controlarlo a él. —¿Y cómo atraparíamos a Isabel? —inquirió Heredia con desconfianza—, Samuel está todo el día con ella. —Para empezar, podríamos decirle que, cuando ustedes tomaron una muestra de su sangre para analizar, le insertaron un microchip en las venas que puede liberar un veneno letal si ustedes lo activasen… —¡Qué creativo! —Horacio lo aplaudió, y esbozó una sonrisa—. ¡De ese modo, podremos dominar a Samuel con un simple engaño! —Claro… ustedes viven preocupándose por la influencia de Isabel sobre el joven Aguilar, pero en realidad, ella no puede hacernos daño. Él sí. —Excelente, lo extorsionaremos para que mate al periodista Cárdenas. Si lo hace, y logramos que respete las misiones que le indicamos, no te quitaremos parte de tus ganancias. —Me alegra que hayamos podido llegar a un acuerdo —sonrió Damián falsamente—. Si me disculpan, muchachos, debo ir a mi hogar. Mi esposa está esperándome. —Hasta luego, Bustamante —lo saludaron fríamente. El marido de Soledad Martínez se retiró de la vivienda con una sensación de triunfo. Había convencido a sus compañeros para que no le redujeran sus ingresos —lo cual hubiera desencadenado diversos problemas y disputas en su sociedad—. Además, había ideado un plan simple y útil para mantener a raya a Samuel. Asimismo, a pesar de que había cometido un error al dispararle a Juan Cruz, había encontrado la forma de que su equivocación fuera beneficiosa: Isabel ya no investigaría más, por temor a que le hicieran daño a su hermano. Todo marcharía viento en popa. Una vez que Isabel se atrevió a soltarle (parcialmente) la verdad a su padre, aprovechó su estado de shock para salir corriendo de su vivienda. Sabía que, cuando se mudara con él, debería enfrentarse una vez más a un engorroso y doloroso interrogatorio del cual no podría escapar. —¿Qué ocurrió? —preguntó Sam al verla con los ojos llenos de lágrimas. —Vamos a mi casa, te explico en el camino. Samuel pasó el brazo por la cintura de ella cariñosamente, mientras se dirigían hasta su vivienda. —Tranquila… —No puedo estarlo, Sammy… —sollozó—. Acabo de soltarle una bomba a mi papá, y no sé cómo haré para enfrentar su interrogatorio la próxima vez que lo vea. En ese momento, Isabel pudo entender cómo se había sentido Samuel el mes pasado cuando ella insistía para averiguar sus secretos y él no quería confesárselos. —¿Podés contarme qué le dijiste? —Una parte de la verdad… le dije que tu mamá fue asesinada por las mismas personas que lastimaron a Juan… y que por eso mi hermano necesitaba ser atendido secretamente por un médico. Samuel se quedó pensativo unos instantes. —Está bien lo que hiciste. Él merecía saber que su hermana no se suicidó… ¿Hablaste de Culturam? —No, soy consciente de que eso lo pondría en riesgo. Tampoco le dije que vos sos el hijo de Daniela, pero ya encontraremos el momento indicado para ello… —Todo a su tiempo, Isa. Ahora lo importante es que tu hermano se recupere. Te repito: está bien lo que has hecho: le has contado una parte de la verdad a tu padre para que él sea más cuidadoso al momento de ayudar a Juan Cruz. —A pesar de que sé que tenés razón, no puedo dejar de pensar en la cara de mi papá cuando le dije lo de tu mamá… me ha roto el corazón. —Lidiarás con ello más tarde, querida. Ahora tenemos que preparar tus pertenencias y las de Juan para que puedan mudarse con Benjamín. —Lo sé… Samuel le dio unas palmaditas en el hombro. —Tenemos mucho por hacer, ¡Ánimos, Isa! La joven Medina resopló. —Tengo que preparar la mudanza y cuidar a Juan, pero no puedo investigar más… —Lo haré yo, y podrás verme mientras lo haga. Conseguiré un dispositivo de espionaje de enfoques múltiples ¿Qué te parece? De repente, se quedaron callados. Soledad Martínez se hallaba afuera de su casa. Tenía los ojos brillosos, como si hubiera estado llorando. Estaba usando un vestido marrón, unas sandalias beige y el cabello recogido. —Buenos días —saludó a los muchachos. —Buenos días, señora —dijo Samuel con timidez. —Hoy nos mudaremos, mamá —anunció Isabel—. Juan Cruz está recuperándose en la casa de papá. Podés ir a verlo si querés. —Por supuesto que lo haré… —desvió la mirada hacia el joven de rastas—. Vos sos Samuel ¿Verdad? —Así es —asintió el muchacho. —Me llamo Soledad —le dedicó una sonrisa melancólica—. ¿Venís a ayudarla a mudarse? —Exactamente. Nos dividiremos para organizar sus pertenencias… —Mamá —los interrumpió Isabel—, ¿Podés indicarle dónde queda el cuarto de Juan Cruz? —fingió que él nunca había estado allí—. Sam guardará la ropa y algunos objetos personales de mi hermano. Mientras tanto, le pediré a Umma que me dé una mano. —¿No es algo temprano para que molestes a tu amiga? —Soledad enarcó una ceja. —Ella entenderá —replicó la adolescente, y se dirigió a tocar timbre en la vivienda de los Haro. Minutos más tarde, apareció Umma. Llevaba unos shorts y una camiseta holgada, y su cabello estaba hecho una maraña. —Isa… Hace varios días que no nos vemos ¿Qué has estado haciendo? ¿Por qué viniste tan temprano a verme? De repente, la joven Medina sintió ganas de llorar. Se abalanzó sobre su querida vecina y la envolvió en un abrazo. Hacía desde la noche en que Ezequiel le había mostrado el video de Sam que no la veía ¡Y la había extrañado horrores! Umma la apretó entre sus brazos. —¿Qué ocurre, amiga? —murmuró. Isabel se apartó para poder mirar a la señorita Haro a los ojos. Sabía que la noticia le dolería. Durante años, habían soñado con irse a vivir juntas… pero ese futuro estaba fuera de sus posibilidades. —Ya no seremos vecinas. Debo mudarme hoy mismo.
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