10:55pm
Debido a la gigantesca tormenta de arena y las casi ocho horas que nos separan de nuestro departamento en Zamalek, hemos decidido quedarnos en la residencia Ramla, un pequeño y colorido edificio de tres pisos que encontramos curioseando en Airbnb. Quizás no posea los grandes lujos, pero es perfecta para descansar en completo silencio frente a las aguas del Nilo y está a menos de treinta minutos del Valle. Además, las vistas hacia el templo de Luxor al otro lado del río son impresionantes. Las luces amarillas resaltan cada columna y esfinge dejando que mi imaginación vuele hacia los tiempos antiguos. ¿Se imaginan haber vivido en aquella época, apreciado cada monumento con todo su esplendor y gloria o haber sido parte del reinado de los grandes faraones?
Si mal no me equivoco, este magnifico templo fue edificado sobre las ruinas de Tebas, una ciudad ubicada a 800 kilómetros del mediterráneo y que, por cierto, se la consideraba la capital de Egipto durante el imperio medio y nuevo. Fue construido por dos faraones: Amenhotep III, quien edificó la zona interior y Ramsés II, encargado de finalizar la obra. Sin embargo, otros faraones también contribuyeron al embellecimiento del sitio con decoraciones, construcciones menores y bellos bajorrelieves. Entre todos esos hombres reales se encuentra Akenatón, padre de Tutankamón y por supuesto, el propio niño rey.
—Ja, y luego dice Yamile que no hizo nada productivo durante su reinado—murmuro recostada en la hamaca del balcón.
—¿Hablabas de mí, mulatita? —contesta desde la mini sala.
—Llegaste temprano—miro la hora en mi reloj—. ¿Me puedes decir cómo es posible que ese español haya cruzado el desierto para venir a verte?
—Las ventajas de la tecnología, Nat—sonríe quitándose sus sandalias doradas—. Tomó un vuelo desde el Cairo.
—Ah, como pude olvidarme de ese detalle—murmuro hamacándome con el pie—. Luxor tiene aeropuerto internacional, claro.
—Así es. Tomó el vuelo, cruzó el puente y llegó hasta aquí. Dos horas en total.
—Y supongo que debe ser rico para pagar un vuelo redondo de ocho mil pesos mexicanos, rentar un auto, invitarte a cenar y luego volver a El Cairo.
—Ya vas a empezar—rezonga.
—Yami, soy super comprensiva e incluso algunas veces he servido como tu tapadera oficial, pero, todavía no entiendo qué le viste a ese malagueño. Digo, es apuesto, no lo voy a negar; pero no sé.
—Tú lo dijiste, cruzó el desierto para venir a verme. Eso debe ser evidencia suficiente para demostrar que me quiere.
—A mí no me engaña, tiene algo extraño—digo en voz baja.
Y si, jamás voy a mentir; ese tipejo me cayó mal desde que lo vi pisar el museo junto a sus amiguitos turistas. No lo sé, siento que es un vividor, un buscador de tesoros o de esos chantajistas que engañan a las mujeres con palabras bonitas. Que Dios me perdone, pero se llama Antonio al igual que mi ex. Ehm, no; no confío.
—¿Algo extraño? Nah. Lo dices porque no te has tomado el tiempo para conocerlo bien—se recarga en el umbral del balcón y cruza los brazos—. Deberías venir con nosotros a comer cuando regresemos a Zamalek.
—Creo que preferiría quedarme encerrada de nuevo en la tumba de Tutankamón, gracias—sonrío de lado.
—Ajá, con el árabe musculoso y sexy—se acerca para mirarme de frente y abre los ojos—. Oh, no. Dime que no ha pasado.
—Que no ha pasado ¿qué?
—Te has enamorado de él.
—¿Disculpa? —suelto una risa—No digas tonterías, amiga, por fi. Nadie puede enamorarse tan rápido.
—La regla de los cinco minutos de contacto visual, tesoro—alza las manos—. Solo digo.
—Pues no andes diciendo tonterías, mijita—sonrío burlona—. Más allá del físico, me impresiona el conocimiento tan profundo que tiene acerca del Antiguo Egipto—digo recordando nuestra conversación—. Te juro que si lo oyeras no querrías despegarte de él.
—¿Tanto así? —se sienta en la otra hamaca—Cuéntame todo. Quiero saber.
—Al parecer es un egiptólogo, pero con mucho más rango que nosotras—me enderezo y acomodo la almohada detrás de mi espalda—. Posee datos que jamás había escuchado.
—Bueno, mulata, ¡suelta la sopa! ¿Qué datos sabe? ¿Es acerca de alguna momia? ¿Un templo escondido en la arena? —pregunta impaciente.
—Ninguna de esas. Se trata de Hasani.
—¿Hasani? —frunce el ceño pensativa—Nunca había escuchado ese nombre. ¿Quién es?
—Se dice que fue primer ministro de Egipto y el encargado de mantener la justicia durante el reinado de Tutankamón—le explico—. Y bueno, ya sabes; todo lo que un Chaty realizaba en aquella época.
—Aaaaah, entiendo. Fue un gobernador antiguo. Bien, sigue, ¿qué más?
—Según Ghali, era un siervo muy leal; tanto, que aún después de la muerte del faraón continuó brindándole apoyo a la esposa real. Ahora, existen documentos que narran algunos acontecimientos—me inclino—; cartas que fueron escritas por la escriba real del palacio y que, al parecer, mantenía una relación amorosa con él.
—Nooooo—abre los ojos—. ¡Esto está mejor que las novelas mexicanas! Cuenta más, cuenta más.
—Se dice que al morir Tut, la esposa real recurrió a Hasani para una encomienda muy importante. No obstante, el tal Ay se enteró y lo habría asesinado por traición… Traición que jamás existió—le aclaro mirando sus ojos atentos al chisme egipcio.
—Ese viejo desgraciado—dice golpeando sus manos—. De por sí nunca me gustó su nombre, ahora menos.
—Dejemos al vejestorio de lado, y enfoquémonos en la escriba real. Pero antes—me levanto de la hamaca—, necesito un tecito.
—¡No puedes dejarme con la incógnita, mulata! ¡Oye! —apresura los pasos detrás mío—Mientras haces el té, sígueme contando.
—Está bien, pero pon el agua a calentar—digo abriendo la alacena para sacar la caja de té n***o—. Sigo con la historia… Eh… Ah, sí. ¿Recuerdas a la escriba real?
—Si, si—asiente llenando la tetera con agua.
—Se llamaba Khepri. Según los papiros escritos por ella misma, servía con lealtad a la casa real. Esto me lleva a lo siguiente—coloco ambos saquitos en las tazas—. ¿Tienes idea de la magnitud de su cargo? Las mujeres estaban excluidas de la carrera de escritura. No eran admitidas en las escuelas ni tampoco enseñadas. ¿Cómo entonces, esta mujer pudo no solo aprender las técnicas de escritura antigua, sino que además llegó a ser la escriba real del mismísimo faraón?
—Es una estupenda pregunta—concuerda prendiendo la hornalla—. Si nos ponemos a pensar y navegar más allá del chisme, los escribas eran indispensables para la construcción económico-cultural. Registraban todo de forma exhaustiva y metódica, ofrecían sus servicios a particulares redactando cartas, testamentos…
—Leyendo correspondencias—añado.
—Exacto—asiente—. Pero este trabajo como bien ya lo dijiste, no era para mujeres, sino más bien para príncipes e hijos de la gran élite.
—O sea, los que se ubicaban dentro del palacio real—digo haciendo un esfuerzo por ir más allá de lo que Ghali me contó—. ¿Será que Hasani la ayudó para ser escriba y la metió en el palacio?
—¿Tú crees?
—Piensa un poquito. El hombre era un Chaty, un gobernador. Tenía en su poder las decisiones del reino; era como la mano derecha de faraón.
—Si lo vemos de esa manera, lo más probable es que la haya ayudado—toma dos tazas blancas de la rejilla del lavabo—. Es estupendo poder sacar teorías de la manga. Me encanta.
—¿Verdad? Pero bueno, regresando a la historia… Cuando Tutankamón muere, se levanta Ay como su sucesor. ¿Hasta ahí vamos bien?
—Perfecto.
—La esposa real, al saber que su destino corría en manos de su propio abuelo político, pidió ayuda a los hititas—abro el primer cajón de la pequeña mesada de madera y saco dos cucharas—. Aquí es donde Hasani hace acto de presencia. La ayudó enviando mensajes al rey de los hititas para que le entregara a su hijo y así poder concebir un bebé y derrocar a Ay porque, como bien ya sabes, Anjesenamón tuvo dos hijas, pero fallecieron al nacer.
—Es verdad. Hmm, ahora comprendo un poco más lo de la supuesta traición.
—Para la mala suerte de todos, Ay descubrió los mensajes y cartas enviadas a sus enemigos y pues, parece ser que los mandó matar.
—¿A la propia reina?
—A la propia reina, Hasani e incluso al hijo del rey hitita también.
—Estoy en shock, que viejo asesino—dice recargando la cabeza en el refrigerador— ¿Y la escriba? ¿Qué pasó con ella?
—No lo sé, pero tendrías que haber visto su letra, Yami. Las frases tan preciosas que describen a Hasani y el amor tan profundo que sentía por él—suspiro—. Decía que era su gran amor, su sol; su remedio. Ese era amor del bueno, caray.
—¿Amor del bueno? —niega con la cabeza— Amor trágico diría yo. Que dolor, pobre mujer. Le mataron al amor de su vida.
—Oh, pero aquí viene lo más emocionante de todo. ¿Preparada?
—Al cien. Lanza la bomba.
—En la parte inferior de una de sus cartas, pude leer…
—¿Leer? ¿Dices leer? Espera, espera—mueve sus ojos de un lado a otro y palmea su frente—. Oh recién caigo. ¿O sea que el tal Ghali te enseñó las cartas? ¿Las viste?
—Una de ellas, si, pero fue con su teléfono—asiento ante su sorpresa—. No recuerdo del todo los párrafos, pero más o menos decía así—aclaro mi garganta—. «Los amorreos aseguran que tienes poderes mágicos y que, conforme al alma y las acciones de la persona que te sostenga, podrás concederle todos los deseos que pida»…
—¿Deseos? ¿Magia? No logro comprender.
—Se trata de Cupiditatem.
—Cupiditatem—pronuncia varias veces para sí—. Me suena como a latín o griego. ¿Qué significa?
—No lo sé. Lo único que recuerdo es que esta mujer rogaba que, si esa noche la escogía, pediría por Hasani, para estar con él por la eternidad.
—Me suena entonces a algo así como un amuleto.
—Exacto. Ghali mencionó que se trata de un amuleto romano. Dice cumplir los deseos de quien lo encuentre—alzo los hombros—. Esta mujer supongo que aprovechó la oportunidad.
—Romano. Ah, entonces es latín—dice soltando un ligero bostezo—. Oye ¿y le concedió su deseo?
—No lo sé, no llegué a esa parte porque justo nos interrumpiste—sonrío alzando una ceja.
—Uy, pues perdón, Nat. Yo solo quería realizar mi buena labor como mejor amiga.
—Mejor apaga el agua y sirve en las tazas, ¿quieres? —golpeo su brazo.
—¡Oye! —se queja, pero sonríe divertida—¿Sabes lo que se me viene a la cabeza con toda esta historia?
—Te escucho.
—¿Cómo es que un amuleto romano llegó a parar en manos de una escriba real? O mejor aún, que sea capaz de conceder deseos de tal magnitud.
—Sabes que a los egipcios les encantaba estas cositas de magia—digo sacando las galletas rellenas de fresa que compré en la tarde—. A mi no me intriga eso, sino Ghali.
—Volvemos con el divino árabe de ojos brillantes que te encandiló con su conocimiento y no con sus casi dos metros de altura.
—Deja que sea divino o guapo. ¿Qué labor realiza para obtener información tan predilecta? Digo, ambas trabajamos para el museo de El Cairo y jamás habíamos escuchado tal historia.
—Quizás sea una especie de investigador privado con aires de Egiptólogo, que se yo—alza los hombros sin dejar de servir en las tazas—. ¿Le pediste su teléfono?
—No, no se me ocurrió—digo con toda la frustración comiéndome por dentro hasta que se me prenden los faroles de la cabeza—¡Oh! ¡Pero claro! Ya sé quien puede dar con él.
—¿Quién? ¿Quién?
—¡Malek! —exclamo abriendo la bolsita de turrones de azúcar—. Él sabe quién es.
—¿Cómo estás tan segura?
—Por su manera de conducirse. ¿Acaso no lo viste? Su cara de sorpresa, la mirada que Ghali le hizo para que se callara frente a nosotras. Bendito, ¿cómo es que no lo vi antes? Malek lo conoce.
—Iré a buscar a ese egipcio—baja su taza—. Ya mismo nos va a decir todo lo que sabe.
—Yami, son las once de la noche.
—Me importa tres pueblos y medio—camina hasta la mini sala para buscar sus sandalias—. Te dije que los egipcios no eran de fiar, que mienten todo el tiempo.
—Pero Malek es nuestro amigo—digo tratando de justificarlo por el aprecio que le tengo—. Quizás Ghali es un hombre importante y no puede revelar su identidad. Yamile, ¡Yamile! ¿Me estás escuchando?
—Te escuché—sonríe atando su cabello en un chonguito alto—. Iremos con Malek para sacarnos la duda de quién caracoles es ese dios musculoso y letrado que te encandiló bajo tierra.
Acelera el paso hasta la puerta y quita la cadena de seguridad.
—No se encuentra en casa—digo rompiendo la promesa que hice con Malek de no mencionar su salida de esta noche—. Salió.
—Ah, ¿sí? No me digas—gira la cabeza—. ¿A dónde fue?
—Le prometí que no diría nada, Yami.
—Si le prometiste, entonces debe ser algo importante. ¿Con quién salió?
—¿Por qué mejor no nos tomamos el tecito bien calentito y después nos preparamos para descansar? Mañana debemos estar a las ocho de la mañana cavando en el Valle.
—Tú sabes algo que yo no y me lo vas a contar. ¿Pasó algo durante las dos horas que me fui?
Me quedo pensando, revolviendo los pensamientos en mi cabeza para saber qué responderle. ¿Debería decirle?
—Malek alcanzó a ver cuando Antonio te daba un beso en la entrada—digo recordando su rostro de pura decepción—. Para variar, también presenció tu ligero momento de coqueteo y risitas mientras te abría la puerta del carro.
—Ay no. No, no, no—sacude la cabeza espantada—. Se suponía que no debía verme. Te dije que lo entretuvieras mientras yo salía. ¿Por qué no lo hiciste?
—Lo hice, pero quiso irse a descansar y ni modo que me metiera a su departamento también. Tarde o temprano iba a pasar, Yamile.
—Es tu culpa.
—¿Mi culpa? ¿Hablas enserio? —expreso comenzando a sentir como mi ligero enojo sube poco a poco—Muchas veces te repetí: Yamile, decide qué hacer, no juegues a dos puntas, no esto, no aquello—resoplo—. No puedes estar coqueteando con Malek, haciéndole ojitos cada que pasa sabiendo lo que siente por ti para luego ir y besarte con Antonio justo delante del edificio donde sabes que se hospeda.
—Yo adoro a Malek, pero conoces muy bien mis razones para no querer darle una oportunidad.
—Razones que me parecen absurdas sabiendo cuánto te adora—volteo los ojos—. Lleva casi un año demostrándote que es sincero ¿y tú vas y escoges a un tipo que apenas si conoces? Puedo ser tu confidente, pero no me hagas ser partícipe de tus líos amorosos.
—No seas cruel, mulata. Es difícil escoger cuando ambos se encuentran de frente. A ver, ¿qué harías tú si tuvieras que elegir entre Antonio y Ghali?
—Hablas de Antonio, ¿mi ex? Por favor—río—. Antes de escogerlo a él prefiero quedarme sola, viviendo la vida que deseo y disfrutando la carrera que tanto me costó sacar a flote—respiro profundo para calmarme y vuelvo a mirarla—. No se trata de quién es el más guapo; tampoco son figuritas ni muñequitos de intercambio. Aquí tienes que analizar lo que sientes cada vez que estás con alguno de ellos. ¿Alguno de ellos te hace feliz? ¿Te anima a crecer, a soñar? ¿Te apoyaría en alguna locura? ¿Cuánto están dispuestos a ofrecer de sí mismos?
—Odio admitirlo, pero tienes toda la razón—agacha la cabeza.
—Lo que el malagueño y tú sienten es mera atracción—me acerco hasta ella—. La pasan bien un rato, van a comer, visitan lugares; pero jamás, jamáaas llegaste dando suspiros y saltitos de emoción como cuando Malek te regaló una docena de rosas blancas y cantó para ti…
—Always in my head de Coldplay—sonríe dando un profundo suspiro.
—Mírate, solo nombraste la canción y suspiraste como una quinceañera enamorada—digo mirando su sonrisa temblorosa—. ¿Por qué no dejas tus miedos y le das una oportunidad? Claro, después de meterle una patada al tal Antonio.
—¿Crees que me escuche si lo hago?
—Lo hará—sonrío—. Ese egipcio te adora. Se ablanda cada vez que lo abrazas, le haces pucheritos o pronuncias su nombre.
—Apenas lo escuche llegar, hablaré con él—me abraza con fuerza—. Gracias, Natilla de mi corazón.
—Solo procura ser buena con él—me separo de ella—. Una vez que todo se solucione, le preguntaremos sobre Ghali. ¿Trato?
—Trato hecho.
La abrazo por el cuello y caminamos juntas hasta la cocina para beber nuestros tés.