CAPÍTULO SIETE Ignorando la agitación de su estómago –el Éter estaba malhumorado, de alguna manera– Desa se dejó caer de su caballo y cayó agachada. Se enderezó, extendió la mano y se bajó el borde del sombrero hasta los ojos. La hierba y el camino se habían desvanecido a un gris oscuro y sombrío, ambos tan apagados que apenas podía distinguir uno del otro. El cielo en lo alto era normal, pero el paisaje había muerto. O peor. No estaba segura de tener una palabra para esto. Desa caminó un poco por el camino, luego se arrodilló y agarró una mata de hierba que había brotado de la tierra. El material estaba seco y áspero, como si algo le hubiera quitado la vida. “Por los ojos de Venganza…” Ella se volvió hacia los demás. Sus tres compañeros se pararon uno al lado del otro entre los cabal

