María se apartó de él, con los ojos llenos de una mezcla de ternura y confusión. —Basta, Ramiro. Es demasiado pronto —murmuró, casi como si tratara de convencerse a sí misma. Ramiro la miró con el alma en vilo, con ese amor que parecía haberle nacido desde los huesos. —¿Pronto para qué, María? ¿Para qué? ¿Para que cuando al fin logremos llevar nuestro amor, tú ya no me ames y yo sea lo suficientemente viejo como para ni siquiera poderte responder en una cama? —su voz se quebró con una risa amarga que no alcanzó a disimular la herida. María respiró hondo, dolida, conmovida por la vulnerabilidad del hombre que tenía frente a ella. —Ramiro Bárcenas… tonto. ¿Acaso crees que eso es lo que a mí me preocupa de ti, en verdad? Ramiro bajó la mirada, y con un hilo de voz confesó: —No… pero er

