Esa noche, la casa olía a caldo de pollo con cilantro. Lucía había servido todo en silencio, concentrada en acomodar bien los platos, como si enderezar los cubiertos pudiera ordenar también sus pensamientos. Enrique se sentó frente a ella, con la corbata aún puesta, el rostro cansado pero decidido. Comieron unos minutos sin hablar, solo el sonido de los cubiertos chocando con los platos. Hasta que Enrique dejó la cuchara a un lado. —Lucía —dijo con voz seria, pero suave—. Ya hablé con Ramiro. Ella levantó la mirada despacio. Esperaba esa noticia, pero no tan pronto. —¿Y…? —su voz apenas salió. Enrique respiró hondo. —Viene mañana. A la casa. A las seis de la tarde. Lucía se quedó inmóvil. No supo si era frío o calor lo que le recorrió el cuerpo. Algo le tembló en el estómago. No de

