Capítulo: Que pasó con Ramiro

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Por otra parte, quizá muchos se preguntarían qué fue lo que pasó con los cuerpos de Mónica y Ramiro, aquellos que, tras la masacre, fueron levantados con la frialdad de quienes habían dictado sentencia. Dijeron que se los llevarían a Don Luis… y así fue. Habían transcurrido ya casi dos meses y medio desde que Mónica había sido enterrada. Don Luis seguía devastado, roto en lo más hondo de su ser, porque Mónica no era solo su hija: era su orgullo, su vida entera, su única familia de sangre. La ausencia lo carcomía como un veneno lento. En cuanto a Ramiro, su destino parecía marcado. Había quedado al borde de la muerte, con heridas tan graves que los propios médicos lo dieron por perdido. Su corazón se apagaba, su respiración se extinguía… hasta que, contra todo pronóstico, los signos vitales regresaron, débiles pero firmes. Ramiro no podía morir todavía. Algo dentro de él, entre la agonía y el dolor, le gritaba que no era su hora. Fue trasladado a un hospital en la lejana comarca de Monterrey, donde se debatía entre la vida y la muerte. Mientras tanto, Don Luis, aunque herido en lo más íntimo, no tomó represalias contra los gemelos Barrón. No levantó la voz, no buscó venganza inmediata. Aceptó, con la resignación amarga de un hombre que conoce la violencia de primera mano, que habían asesinado a su hija… porque también Alejandro, hijo de los Barrón, había caído malherido a manos de Mónica. "Ojo por ojo" —le había dicho Gamalier, arrojándole el cuerpo inerte de su hija a sus pies, como si la justicia se redujera a un saldo macabro de sangre. Y aunque la rabia lo devoraba, Don Luis no pudo más que morderse la lengua. Lo único que le quedaba era Ramiro. Aquel joven que él había creído destinado a convertirse en su yerno, y que ahora, contra todo lo previsto, aún respiraba. Por eso decidió protegerlo, sostenerlo, como si de alguna manera en él siguiera viva una parte de Mónica, una chispa de familia que no estaba dispuesto a perder. Aquel día quedó marcado en la memoria de Don Luis como una maldición que nunca lo abandonaría. La noche era oscura, húmeda, con el silencio roto apenas por el ruido de las llantas contra la grava. La camioneta se detuvo frente a su hacienda, y lo que bajó de ella no eran visitantes, sino verdugos que traían consigo la desgracia. Gamalier Barrón fue quien se adelantó. En su rostro había un gesto helado, de esos que no muestran ni rencor ni compasión, solo frialdad. Sin mediar palabra, ordenó a sus hombres que abrieran la compuerta. El cuerpo de Mónica cayó pesadamente a los pies de Don Luis. El golpe seco contra la tierra resonó en su alma como un trueno. Ella estaba inerte, con los labios amoratados, los ojos entreabiertos como si aún buscaran respuestas que nunca llegaron. Don Luis se arrodilló sin fuerzas, sintiendo que el mundo se le venía abajo. Tomó el rostro de su hija entre sus manos ásperas, esas manos que habían trabajado la tierra toda su vida, y ahora no servían para darle calor ni vida. —Aquí estamos a mano, viejo —escupió Gamalier, con la voz cargada de un cinismo frío—. Ojo por ojo. Don Luis levantó la mirada, y esos ojos humedecidos brillaron con un dolor que ningún hombre debería soportar. Quiso gritar, maldecir, reclamar justicia… pero las palabras se le atoraron en la garganta. La rabia y la impotencia lo ahogaban. Sabía que cualquier intento de rebelarse significaba la muerte de los pocos que aún lo rodeaban. El sonido del motor alejándose se perdió en la distancia, y él quedó ahí, solo, abrazando el cuerpo de Mónica, sintiendo cómo el frío de la muerte le arrebataba también el calor de su corazón. Esa imagen jamás se borraría de su memoria. Era el recuerdo que lo perseguía cada noche, y la razón por la cual juró que Ramiro —ese joven que aún respiraba contra todo pronóstico— no podía morir. Tenía que salvarlo, aunque fuera lo último que hiciera en vida. El helicóptero rugía en el aire como un monstruo metálico, desgarrando el silencio de la sierra. El viento levantaba polvo y hojas secas mientras los hombres de Don Luis cargaban los dos cuerpos inertes. A un lado, Mónica parecía dormir, con el vestido desgarrado y la frente manchada por el disparo que había sellado su destino. Del otro, Ramiro, apenas un espectro de lo que había sido, con el rostro hinchado, los labios resecos y la piel cubierta de heridas que contaban la tortura que había sufrido. Don Luis, con el rostro endurecido y los ojos rojos por la rabia y la impotencia, los observaba sin decir palabra. Por dentro, era un hombre destrozado: su hija única estaba muerta. Lo había sabido desde que Gamaliel le lanzó aquel cuerpo sin vida a sus pies con desprecio, diciendo que estaban a mano, “ojo por ojo”. El eco de esas palabras todavía lo carcomía. Pero Ramiro… Ramiro era distinto. Al principio, creyó que también estaba muerto. Al acercarse, lo tomó por los hombros y se inclinó sobre él. La respiración era casi invisible, un leve soplo que apenas levantaba su pecho. El corazón de Don Luis dio un vuelco. —¡Carajo! —gritó, con un nudo en la garganta que no permitió salir lágrimas—. ¡Este hombre aún respira! ¡Muévanse, desgraciados, que cada segundo vale oro! Los hombres obedecieron sin replicar, cargándolo con cuidado y acomodándolo junto al cuerpo de Mónica. El helicóptero despegó, y el sonido de las aspas tapaba cualquier pensamiento. Don Luis, sentado frente a los cuerpos, no podía dejar de mirar a su hija. Cada segundo sentía como si se partiera en pedazos, como si le arrancaran el alma. La veía allí, con su piel blanca que ya perdía color, y recordaba cuando era una niña, cuando corría entre los establos y le pedía que la cargara. Ramiro, en cambio, era el recordatorio de todo lo que había salido mal. Mónica lo había amado con locura, había desafiado a su familia y hasta su propio destino por estar a su lado. Y ahora, por él, y por su guerra con los Barrón, estaba muerta. El vuelo hacia Monterrey fue eterno. Cuando al fin llegaron, una ambulancia los esperaba en la pista. El cuerpo de Mónica fue cubierto con una sábana blanca, y el de Ramiro trasladado a toda prisa. —No hay signos vitales —dijo un médico al revisarlo rápidamente—. Está muerto también. Don Luis cerró los ojos, conteniendo la furia. Su rostro era una máscara impenetrable. —Pues entonces háganme las actas de defunción —respondió con voz seca, como si estuviera firmando una sentencia. Los trámites comenzaron. Una enfermera colocaba ya la etiqueta de fallecido cuando, de pronto, se detuvo. Había visto algo: el más leve movimiento en el pecho de Ramiro. —¡Doctor! —gritó con urgencia—. ¡Este hombre aún respira! —¿Cómo que respira? —el médico corrió hacia la camilla y colocó un estetoscopio en el pecho del herido—. ¡Demonios, tiene un pulso! ¡Muy débil, pero lo tiene! El lugar estalló en movimiento. Lo sacaron de inmediato rumbo a urgencias, rodeado de enfermeras que empujaban la camilla como si se tratara de la última batalla. El cuerpo de Ramiro convulsionaba levemente, cada jadeo era una lucha contra la muerte. Don Luis los siguió con paso firme, su corazón en un vaivén de sentimientos encontrados. ¿Qué debía hacer? Parte de él deseaba que Ramiro muriera, porque de algún modo lo culpaba por la desgracia de Mónica. Pero otra parte, la más silenciosa, sabía que aquel hombre era lo último que quedaba del amor de su hija, lo único que de alguna manera lo mantenía cerca de ella. Las puertas de urgencias se cerraron de golpe. Don Luis quedó afuera, con la mirada fija en el letrero rojo que parpadeaba: Cirugía en proceso. Por primera vez en mucho tiempo, sintió miedo. No solo de perder a Ramiro, sino de quedarse completamente solo.
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