A la mañana siguiente, cuando apenas despuntaba el sol sobre la ciudad, Lucía ya estaba despierta. Eran las seis en punto y, aunque apenas había conciliado el sueño durante la noche, la emoción y los nervios no le habían permitido quedarse más tiempo en cama. Había pasado un buen rato arreglándose con la ropa que le había dejado el doctor Enrique la tarde anterior. El conjunto le quedaba un poco holgado, pero nada que la hiciera sentir incómoda ni fuera de lugar. El pantalón de pants caía ligero sobre sus piernas y la blusa blanca contrastaba con su piel clara, mientras que los tenis, relucientes, le daban un aire de frescura que no recordaba haber tenido en mucho tiempo.
Frente al espejo del baño, trató de acomodarse el cabello rubio que, aunque aún un poco maltratado, comenzaba a recuperar su brillo natural. Su rostro, todavía demacrado por los días de recuperación, ya mostraba un leve rubor en las mejillas; se veía más viva, con un poco más de color. Se detuvo a observarse con detenimiento y, sin querer, pensó en él: en cómo sería ver al doctor Enrique sin la bata blanca, sin esa seriedad profesional que tanto lo distinguía. Un destello de sonrisa se dibujó en sus labios al imaginarlo.
Pero enseguida la duda volvió a atenazarle el corazón. Había tantas preguntas sin respuesta… ¿Quién era en realidad? ¿De dónde venía? ¿Tendría familia? ¿Alguien la estaría esperando afuera con desesperación? Y lo más inquietante: esas imágenes que aparecían en sus sueños, los gemelos de mirada oscura y cruel, ¿eran recuerdos de algo que realmente sucedió o solo fantasías de su mente confundida? Si eran reales, ¿qué habría pasado con su familia? ¿Ella había sido la única en sobrevivir? El miedo la recorría como un escalofrío cada vez que pensaba en esas posibilidades.
Sacudiendo la cabeza para apartar las sombras, regresó a su cama y se colocó los tenis. Justo en ese instante, la puerta se abrió y apareció la enfermera Pati, siempre sonriente y atenta, con un gesto cálido en el rostro.
—¡Hola, Lucía! —exclamó al verla vestida—. Vaya, ya te cambiaste… qué hermosa te ves sin la bata.
Lucía se sonrojó un poco, bajando la mirada con timidez.
—Muchas gracias, Pati. Solo estoy esperando a que me den el alta.
Pati se acercó, la miró con complicidad y, con tono travieso, comentó:
—¿Sabes una cosa? Es raro que el doctor Enrique sea quien te esté brindando la mano… pero la verdad es que es muy guapo, ¿a poco no? —rió suavemente—. Esos morenos barbones son preciosos.
Lucía no supo qué responder. Se limitó a sonreír, mientras sus mejillas se teñían de un rojo disimulado.
—Bueno —continuó la enfermera—, tu alta empieza a las siete en punto, así que tranquila. Todavía tienes tiempo para descansar un poco, incluso dormir si quieres.
—No, así estoy muy bien, gracias.
—¿Quieres que te traiga algo? ¿Una última gelatina?
—No, no, no, muchas gracias, Pati. Estoy bien.
—Perfecto. —La enfermera sonrió y luego bajó la voz—. Por cierto, el doctor ya está allá abajo.
Lucía levantó la cabeza de golpe.
—¿Ya tan pronto?
—Claro. Llegó desde las cinco y media de la mañana.
—¿En serio? —preguntó sorprendida.
—Sí, así es… así le interesa. —Pati le guiñó un ojo con picardía antes de marcharse—. Bueno, no te quito más tiempo. Tengo que atender otros asuntos, pero me doy una vuelta más tarde, ¿sí?
Lucía asintió en silencio, quedándose sentada sobre su cama. Su corazón latía con fuerza al pensar que él ya la estaba esperando. Era extraño: había sido él mismo quien le pidió estar lista para las siete, pero ahí estaba, mucho antes, aguardando. Esa atención le causaba una mezcla de inquietud y ternura.
Los minutos pasaron lentos, hasta que, a las 6:50, apareció el jefe de piso, un doctor de guardia con aspecto serio pero cordial.
—Buenos días, señorita Montiel… o señora, no sé cómo guste que le llame.
—Dígame Lucía —respondió ella con una sonrisa leve.
—Muy bien, Lucía. —El médico asintió—. Aquí traigo tu alta, necesito que la firmes. Y ya te están esperando abajo, ¿de acuerdo?
—Sí, de acuerdo.
Firmó los documentos con manos algo temblorosas y, poco después, regresó Pati empujando una silla de ruedas.
—Bien, señorita Montiel, es hora.
—No, no, yo puedo caminar.
—No me interesa —replicó Pati con dulzura firme—. Quiero que vayas en silla de ruedas, que estés bien. Así que siéntate, por favor.
Lucía suspiró y obedeció, acomodándose en la silla. El descenso en el ascensor le pareció eterno. Su corazón latía cada vez más fuerte, anticipando el encuentro.
Cuando llegaron al vestíbulo del hospital, el tiempo pareció detenerse. Allí, sentado en una de las bancas, estaba él. El doctor Enrique.
Pero no era el mismo hombre al que había visto todos esos días entre batas blancas, estetoscopios y formalidad médica. Ahora vestía con una naturalidad sorprendente: un pantalón de mezclilla azul oscuro, unos tenis blancos impecables y una sudadera blanca que resaltaba aún más el tono canela de su piel. Su cabello n***o, peinado hacia atrás, brillaba bajo la tenue luz matutina. Su sonrisa revelaba dientes perfectos, y sus ojos, intensamente oscuros, parecían iluminarse al verla. La ceja bien delineada y la barba cuidada completaban una imagen que le robó el aliento a Lucía.
Enrique se levantó enseguida y se acercó, saludando primero a Pati.
—Buenos días, Pati. Muchas gracias.
Ella asintió y, con una sonrisa cómplice hacia Lucía, se retiró dejándolos solos.
Fue entonces cuando él se inclinó un poco hacia ella y, con un tono cálido, le preguntó:
—¿Estás lista?
Lucía lo miró con nerviosismo y ternura al mismo tiempo, y sonrió.
—Sí, doctor.
Él negó suavemente con la cabeza, su sonrisa se amplió, y contestó con voz firme:
—Por hoy no me digas doctor. Hoy soy Enrique, ¿está bien?
Lucía asintió, con los ojos brillantes.
—Está bien, Enrique.
Se quedó en silencio unos segundos, antes de murmurar:
—Bueno, yo me quiero levantar… puedo ir caminando de aquí a la salida.
—De acuerdo. —Enrique extendió sus manos hacia ella con naturalidad.
Lucía las tomó y, al ponerse de pie, lo vio erguirse frente a ella. Entonces pudo observarlo por completo, sin la distancia de la bata ni el papel de médico. Y no pudo negarlo: Enrique era realmente atractivo.
El sol apenas despuntaba cuando salieron del hospital. Lucía caminaba despacio, aún con cierta debilidad en las piernas, y el doctor Enrique la acompañaba de cerca. Sus miradas se cruzaron y, sin darse cuenta, permanecieron fijos uno en el otro durante casi treinta segundos. Ese intercambio silencioso parecía decirlo todo: ella estaba confiando su vida en sus manos, y él se estaba comprometiendo a cuidarla más allá de los pasillos blancos del hospital.
Cuando cruzaron la puerta principal, Enrique se adelantó un poco y, con naturalidad, tomó la mano de Lucía. Ella se sorprendió. Una parte de sí misma quiso retirarla, pues aquel contacto resultaba inesperado, pero al mismo tiempo una sensación cálida la inundó. Era como si ese gesto borrara por completo su desamparo, como si de pronto tuviera un ancla. Confundida, pero confiada, dejó que sus dedos permanecieran entrelazados con los de él.
—Bien —dijo Enrique, con voz más relajada de lo habitual—. Supongo que no desayunaste, ¿verdad?
Lucía negó suavemente.
—No, doctor…
Él arqueó una ceja con un aire juguetón que jamás había mostrado dentro del hospital.
—¿Cómo que doctor? —preguntó, mirándola de reojo mientras caminaban hacia su auto—. Hoy no soy tu médico. Cuando lleve la bata blanca, entonces sí. Pero ahora soy un civil normal… un hombre común. Así que dime Enrique.
Lucía lo miró con una tímida sonrisa.
—De acuerdo… Enrique.
Él asintió satisfecho y abrió la puerta del auto para que ella subiera.
—Perfecto. Entonces vamos a desayunar, ¿te parece bien?
—Sí, está bien.
—Mira —añadió mientras encendía el motor—, quiero llevarte a un mercado que está cerca de aquí. No sé si te gusta comer algo sustancioso: un buen caldo, una birria.
Lucía frunció ligeramente el ceño.
—No lo sé…
—No te preocupes. —Él le lanzó una mirada breve pero segura—. Cuando lleguemos y huelas, me dirás lo que se te antoje.
El trayecto fue silencioso, pero no incómodo. Era un silencio sereno, como si cada kilómetro recorrido estuviera marcando el inicio de una nueva vida para ella. A través de la ventanilla, Lucía observaba las calles despertando, los puestos levantándose, las familias caminando con prisa. Todo le resultaba extraño y familiar a la vez.
Al llegar al tianguis, Enrique se estacionó. En cuanto bajaron del auto, Lucía notó algo que la conmovió: la gente del lugar lo conocía.
—¡Doctor, buenos días! —saludaban algunos locatarios con entusiasmo, levantando la mano.
—Gracias por atender a mi mamá, está muy agradecida —le dijo un hombre mayor, entregándole una bolsa con fruta fresca—. A ver cuándo pasa por la casa.
Lucía los miraba con atención. Enrique respondía con sonrisas sinceras, saludaba de mano, agradecía cada gesto. Uno le regalaba una naranja, otro un puñado de pan dulce. Era evidente que no solo era un médico respetado, sino un hombre generoso, alguien que dejaba huella en cada persona que tocaba con su oficio. Eso hizo que, por primera vez, Lucía pensara que quizá estaba en el camino correcto al haber aceptado su ayuda.
Llegaron al famoso puesto de birria. Apenas se sentaron, el olor a especias y carne cocida en su punto llenó el aire. Lucía cerró los ojos por un instante, aspirando profundamente. Ese aroma despertó algo en su interior.
—Este olor… —murmuró con el ceño fruncido—. Se me hace familiar. Siento que ya lo había olido antes, pero no sé en dónde.
Enrique la observó con interés.
—Posiblemente lo hayas comido en algún momento —respondió—. Pero no te preocupes. Lo importante es que recuperes tu vida. Poco a poco, conforme vivas nuevas experiencias, tu mente irá devolviéndote los recuerdos que ahora están bloqueados por el golpe y la inflamación en tu cerebro.
Lucía asintió despacio, sin despegar la vista del plato humeante que le colocaron enfrente. Dio la primera cucharada y el sabor se expandió en su boca. El caldo estaba tan lleno de vida, tan intenso, que algo dentro de ella vibró. Cada paladeada era como abrir una ventana en su memoria.
El comedor del tianguis comenzó a desdibujarse en su mente. En su lugar apareció otro, mucho más grande, con mesas largas de madera. El calor del rancho se colaba por las ventanas. Había una mujer de cabello recogido en una trenza gruesa que caía hasta su cintura, un trapo al hombro y un mandil manchado de guisos. Esa mujer se movía con rapidez, sirviendo platos, y en su mirada había ternura.
Lucía apretó la cuchara con fuerza. No sabía quién era, pero sentía que la conocía.
Siguió comiendo y otra imagen emergió: unas manos blancas, grandes, masculinas, sosteniendo una cuchara igual que ella, acompañadas de una tostada crujiente en la otra mano. Esas manos le provocaban incertidumbre, como si pertenecieran a alguien demasiado cercano, alguien que debía recordar.
El corazón le latía acelerado.
Enrique, por su parte, no la interrumpía. Se limitaba a mirarla con discreción, dándose cuenta de que cada bocado era una batalla entre su presente y los destellos de su pasado.
De pronto, en su mente apareció un niño asomándose por la ventana del comedor. Reía con picardía mientras le gritaba:
—¡María! ¡María!
Lucía dejó la cuchara en el plato y se quedó helada.
—¿Qué pasa? —preguntó Enrique con suavidad.
Ella lo miró, con los ojos llenos de desconcierto.
—Escucho un nombre… María. Pero no me dicen Lucía… me dicen María. Y no estoy en la ciudad. Estoy en un rancho, puedo sentir el calor del campo, la tierra… todo es tan real.
Enrique le sonrió con paciencia, inclinándose un poco hacia ella.
—Es tu memoria hablando. No la fuerces. Todo irá llegando poco a poco. No te martirices.
Lucía asintió, aunque la confusión le llenaba el pecho. Quería seguir escarbando, quería encontrar las piezas que le faltaban. ¿Quién era esa mujer de la trenza? ¿Quién era el hombre de las manos blancas? ¿Y de quién era el hijo que llevaba en su vientre?
Mientras Enrique pagaba la cuenta y la ayudaba a levantarse, ella seguía con la mirada perdida, con el corazón dividido entre el calor de ese presente y la niebla de un pasado que empezaba a abrirse como un libro olvidado.