María respiraba con dificultad, su cuerpo aún tembloroso por la intensidad de lo que había revivido. Enrique permanecía a su lado, firme, sosteniéndole la mano y con la otra apoyando su espalda, transmitiéndole calma con cada pequeño gesto. Poco a poco, su presencia comenzó a anclarla, ayudándola a recuperar algo de enfoque y control sobre su respiración. La sensación de pánico que la había arrastrado momentos antes comenzó a disminuir, dejando espacio para que el cansancio y el dolor se filtraran en su pecho. —Enrique… —susurró, con la voz quebrada—. ¿Estás escuchando todo lo que me dijo Ramiro? ¿Lo oíste? Él asintió con cuidado, con los ojos fijos en los suyos, comprendiendo el peso de cada palabra que María había recibido y todavía procesaba. —Sí, Lu… sí lo escuché. Es… demasiado atr

