Capítulo: Que paso después de María

1678 Words
Ramiro no estaba en coma, pero tampoco podía decirse que viviera plenamente despierto. El hospital había decidido mantenerlo bajo sedación profunda; cada día que pasaba, su cuerpo luchaba con una fragilidad que lo hacía ver entre la vida y la muerte. Lo mantenían conectado a máquinas que respiraban por él, agujas que lo ataban al presente y tubos que lo hacían sentir prisionero de su propio cuerpo. Era como si su vida dependiera de hilos demasiado finos, que podían romperse en cualquier momento. Mientras tanto, su mente no descansaba. En ese abismo que había entre el sueño inducido y la conciencia, Ramiro repetía una y otra vez la misma escena que lo atormentaba: el cuerpo de María desplomándose en la tierra húmeda, la sangre manchando el vestido blanco que alguna vez la hizo parecer un ángel caído, y su propia impotencia al ser arrastrado lejos, sin poder abrazarla, sin poder salvarla. A cada sueño le acompañaba el eco de la voz de su madre: “Ramiro, no puedes morir todavía. Tienes una misión que cumplir.” Esa frase lo despertaba dentro del letargo, como un látigo en el alma, recordándole que aunque su corazón estuviera hecho trizas, aún no era hora de rendirse. Don Luis, por otro lado, ya había enfrentado el momento más amargo de su vida: enterrar a su única hija, Mónica. El sepelio fue un acto solemne y desgarrador; él, un hombre curtido en guerras, negocios turbios y pérdidas, había llorado como niño. La tierra cayendo sobre el ataúd retumbaba en su corazón como un martillazo de hierro. En ese instante, supo que su vida nunca volvería a ser igual. Y aunque sabía que Ramiro había sido la razón de que Mónica se lanzara a esa espiral de sangre y venganza, también entendía que él era lo único que le quedaba. Si Ramiro moría, la herencia de su hija se borraba para siempre. Pasaron tres semanas. Ramiro, aún dormido entre sedantes, comenzó a mostrar señales de resistencia. Sus pulmones, perforados y débiles, luchaban con cada respiración; su piel estaba marcada por las cicatrices de la tortura. Finalmente, una mañana cualquiera, sus ojos se abrieron. No fue un despertar glorioso, sino un abrir y cerrar lento, casi doloroso, como si cada pestañeo pesara toneladas. Sus pupilas aún mostraban derrames de sangre interna, y los tubos que atravesaban su garganta le impedían hablar. Apenas podía mover la mano, y cada intento de respirar lo hacía sentir como si miles de cuchillos se clavaran en su pecho. Una enfermera, sorprendida de verlo consciente, se acercó y susurró con suavidad: —Ramiro, si me escucha, parpadee dos veces. Él lo hizo, obediente, con un dolor que se reflejaba en sus ojos. La enfermera sonrió, aunque con tristeza. —Está bien… le aplicaré otro sedante. Necesita descansar. No se preocupe, su suegro está aquí con usted. Al escuchar la palabra suegro, un rayo de memoria cruzó la mente de Ramiro. Mónica. La bala. Su rostro cayendo. Su vida escapándose entre sus dedos. Entonces el dolor se hizo más profundo que el físico. Cerró los ojos, no por cansancio, sino por no querer recordar. El peso en su pecho no solo era el del balazo; era el del amor perdido. Afuera, Don Luis y Ana María lo acompañaban. Ana María, confundida y con lágrimas contenidas, había pasado horas preguntándose qué había ocurrido. Para ella, todo era un misterio: el origen de la balacera, la relación entre Ramiro y los Barrón, y el motivo de aquella desgracia. No entendía nada, pero permanecía fiel, leal, como siempre lo había hecho. Don Luis, sin embargo, sabía que la verdad no podía salir a la luz. Decidió tejer una mentira que lo liberara de explicaciones incómodas. Con voz grave, miró a Ana María y dijo: —Fue María… ella se metió con la gente equivocada. Con un mafioso ruso. Su ambición la perdió. Y en el proceso arrastró a Ramiro con ella. Su marido se vengó… y todo terminó como ya viste. Ana María lo escuchó con incredulidad. María siempre había sido de carácter fuerte, rebelde incluso, pero jamás imaginó que hubiera caído tan bajo. El resentimiento que sabía que María guardaba hacia Ramiro ahora parecía tener sentido: aquel amor frustrado, aquella cárcel, todo se había convertido en un caldo amargo de odio y decisiones erradas. Ana María se estremeció. La imagen de su hermana transformada en una mujer capaz de venderse por poder, capaz de provocar tanta sangre, la devastaba. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no dijo nada. Tal vez, en el fondo, quería creerle a Don Luis. Tal vez necesitaba una razón, aunque fuera falsa, para entender por qué el destino los había castigado de esa manera. Ramiro, mientras tanto, volvió a caer en la neblina del sueño. Y allí, entre el dolor y las voces lejanas, regresó al mismo sitio blanco, infinito, donde escuchaba los gritos de los médicos, pero sobre todo la voz de su madre, recordándole que la muerte todavía no era para él. Pasaron unos quince minutos desde que Ramiro abrió los ojos. Aún tenía la mirada vidriosa y los párpados pesados, pero su mente luchaba por permanecer consciente. Lo extraño fue que, en lugar de preguntar por Don Luis, lo primero que salió de sus labios, con una voz áspera y cortada por la resequedad de la garganta, fue el nombre de su hermana. La enfermera, con un gesto compasivo, se inclinó hacia él. —Sí, señor Bárcenas, la señora Ana María está aquí. Desde el tercer día que se enteró de su situación, no se ha separado ni un solo instante. Ha velado día y noche por usted. Voy a llamarla, pero debo advertirle algo: el sedante volverá a hacer efecto en unos cinco minutos. Así que trate de hablar solo lo indispensable. Ramiro asintió con un parpadeo cansado. La enfermera salió y, apenas unos segundos después, la puerta se abrió con brusquedad. Ana María entró con pasos rápidos, la desesperación marcada en cada movimiento. Su rostro era un retrato del desgaste: las ojeras profundas, el semblante demacrado, los labios resecos y una delgadez evidente, producto de tantas noches en vela. Cuando lo vio, se le quebró la voz. Intentó abrazarlo, pero el miedo de lastimarlo la detuvo en seco. Se conformó con tomarle la mano, acariciando sus dedos llenos de moretones por las agujas. —Hermanito… —susurró entre lágrimas—. ¿Cómo estás? ¿Cómo te sientes? Al fin despertaste… Ramiro la miró con ternura, esbozando apenas una sonrisa cansada. —Me duele la garganta —murmuró, apenas audible—. ¿Qué… qué tenía en la boca? Ana María se apresuró a explicarle, con voz temblorosa. —Te tuvieron que entubar. La bala perforó un pulmón y no podías respirar por ti mismo. Pero hace unos días lograron retirarte todos los tubos. Estás muy frágil, Ramiro, pero vas a vivir. Una vez más estás venciendo a la muerte. Él cerró los ojos por un instante, como si sus palabras fueran un consuelo momentáneo, pero al volver a abrirlos la tristeza lo inundó. Su mirada se perdió en el techo blanco, y con un hilo de voz dejó escapar: —María está muerta… Ana María se quedó petrificada. El nombre de su hermana pronunciado en esos labios dolidos le provocó un golpe de rabia y decepción. Frunció el ceño y apretó los labios antes de responder: —¿Por qué sigues pensando en ella? ¡Por su culpa estás aquí! Ramiro giró el rostro hacia ella, con un esfuerzo visible. Sus ojos estaban enrojecidos, llenos de una mezcla de amor y desesperación. —No, Ana María… no es culpa suya. No fue su culpa que yo me obsesionara con una niña. No fue su culpa que yo me enamorara de una mujer que me desarmó el alma. No es culpa suya haber vivido cosas que la empujaron a arriesgarse, a perder la vida en manos de gente perversa. Ana María lo interrumpió con la voz cargada de reproches. —¡Basta, Ramiro! Ella fue víctima de los Barrón, sí, ¡pero también eligió casarse con Alejandro! ¡No lo recuerdas? ¡Yo estuve ahí! Ella fue a esa boda por voluntad propia, nadie la arrastró a ese altar. Ramiro la miraba sin parpadear, con un dolor que se le escapaba por los ojos. —Ana… ella no tenía la culpa de que yo jamás pudiera olvidarla. Yo fui quien la buscó, quien la incitó a quedarse a mi lado. Ella no me arrastró… fui yo quien no pudo dejarla ir. Ana María golpeó la cama con la palma de la mano, incapaz de contener el enojo. —¡Basta ya, Ramiro! ¡Ya no era una niña, sabía perfectamente lo que hacía! Y mírate ahora… ¡casi mueres otra vez por ella! Las palabras rebotaban en la habitación como cuchillos afilados. Ramiro respiraba con dificultad, cada palabra era un esfuerzo, pero no quiso callar. Se aferró a la mano de su hermana y, antes de que el sedante lo venciera, susurró con un hilo de voz quebrado: —La amaba… y no me arrepiento. No me arrepiento de haber intentado salvarla. Unas lágrimas resbalaron por sus mejillas, y enseguida sus párpados cayeron, vencidos por el sueño químico. El monitor cardíaco continuaba emitiendo su pitido constante, como un recordatorio de que aún estaba con vida. Ana María, sin embargo, se quedó inmóvil, mirándolo con el corazón desgarrado. Le limpió las lágrimas con la yema de los dedos y suspiró con impotencia. Una decepción amarga se reflejaba en su rostro. —Perdiste la cabeza, hermanito… —murmuró con voz temblorosa—. Ella ya está muerta, y aun así la prefieres a todo, incluso a mí, incluso a ti mismo. Se quedó allí, de pie, contemplando al hombre que siempre había sido su orgullo, ahora reducido a un cuerpo frágil dominado por un amor imposible que lo había arrastrado a la ruina. Y mientras Ramiro dormía otra vez, ella comprendía que nada, absolutamente nada, lo haría dejar de amar a María. Ni la muerte.
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