Allah, Allah, Allah, por favor. No iba a morir ¿Cierto? Mierda. Me di cuenta de que su pecho comenzó a mojarse y confundida intenté limpiar la humedad, solo para comprobar segundos despues que eran mis lagrimas. No podía mantener la calma cuando su rostro estaba tan pálido, como muchas veces lo soñé en mis peores pesadillas donde le veía muerto. Ese pensamiento solo aumentó mi miedo, recordándome ese punto alguido donde le perdí. ¡No pienses en eso! —me reproché, pero segundos despues ya tenía mis manos sobre su rostro y mi frente pegada a la suya, mientras luchaba por contener el sollozo cargado de dolor que nacía en mi garganta. Junté el valor para quitarle el cinturón y aflojar un poco la parte de la cintura, cuando mis ojos divisaron un pequeño tatuaje particular justo en la cadera.

