—A mano. Tu me usaste para salir de un problema. —No fue mi culpa ¿Yo te pedí la copa? —Es normal que cosas como esas pasen en un bar—musitó con normalidad. —¿Entonces era tu modus operandi con las mujeres? —En su mayoría, siempre funciona. —Imbécil. Me puse de pie y le aniquilé con la mirada. —Mi amore, siéntate, no hemos terminado. Lancé la servilleta a la mesa con mucho enfado. Lo señalé con el tenedor importándome poco que las sirvientas me vieran como si me hubiera salido una tercera cabeza. No estabamos a mano, jamás lo estaríamos. —No hay comparación, Salerno. Ya te lo he dicho. Antes de verme tentada a lanzarlo en su dirección, lo dejé agresivamente en la mesa y me dispuse a ir a la habitación. Tenia la facilidad de enfadarme nada más con verlo y es que, parecía ser, que

