—¡Pero si es Neylan Gurkan! —exclamó antes de estrecharme en un abrazo y darme dos besos en las mejillas en una forma demasiado italiana. Yo sonreí, poco acostumbrada a su excentricismo que en su casa debía ser mucho mayor—. Escuché muy dolida que no iba a venir. Parecía que alguien estaba mal informado. —¿Gianni está aquí? —El Don está con mi marido a unos kilómetros de aquí. No pueden descuidar negocios ni siquiera en días importantes, pero no tardarán en llegar—me explicó justo antes de inclinarse y decir—. Has venido sola ¿Acaso escapaste? —No puedo llamarlo escape. Sonrió divertida. —Sabes usar tus beneficios. Me gusta, me gusta mucho—alabó antes de conducirme al jardín donde el mar de gente hablaba por si solo de la influencia de los Barbieri en la región. Era imposible que to

