—¿A dónde vamos, Martino? —no tuve respuesta y el silencio fue abrumador—. ¿Martino? Decidí no insistir al sentir su mirada en el retrovisor. Me convenía no hablar. Había causado problemas. Me calmé un poco cuando vi que me llevaba por un camino conocido, Baia Azzura. Me hizo bajar del auto y me dejó allí, antes de subir de nuevo. —¡Martino! Mierda. ¡Doble mierda! Pasé las manos por mi cabello sintiéndome abandonada en aquel oscuro lugar, cuya iluminación era solo la luna. Parpadee aun confundida, pero antes de que pudiera entrar en razón, cinco minutos despues, un auto llegó a la misma zona y el conductor cerró la puerta con tanta fuerza antes de bajar que yo no me hubiera sorprendido de verla caer en cuanto comenzó a caminar en mi dirección. —¿Ves lo que provocas?—bramó. Encoler

