Aun estaba húmedo. Perdí mi cabeza en el hueco de su cuello. Ese aroma iba a consumirme. Allah. Mi mano sintió como la suya le apretaba calidamente y yo, como si fuera satanás susurrando en su oído, tomé la derecha y la guié desde la parte baja de mi ombligo hasta mis pechos en una muy directa invitación que sus ya hambrientos ojos entendieron bien. Esa mano peligrosamente tatuada se perdió lentamente entre mis pechos bajando y subiendo en medio de ellos, solicitando permiso para ir más allá. Parecía que al final si conocía modales… —¿Quieres verlos? —pregunté extasiada de ver el caos que causó mi siguiente movimiento. Su mano, aunque muy inquieta, tuvo la presencia de la mia sobre ella, acerqué las suaves puntas de sus dedos a uno de mis pechos y apreté descaradamente con suavidad

