LIPARI, CALABRIA. Me quedé atónita cuando Martino me abrió la puerta del auto. Mis ojos subieron para poder ver en su mayor plenitud, la enorme casa que estaba delante de mí. Como todas las mansiones que había visitado hasta el momento, estaba cerca del mar, solo que esta vez, las bellas olas golpeaban con la costa de forma delicada formando una blanquesina espuma. Era preciosa. Tenía arcos, mármol y cristal, pero a diferencia de las demás esta era una mansión italiana imponente y única. Tenía arboles perfectamente podamos para dar realce al jardín y verde césped que de inmediato comencé a recorrer. Tenía muchas habitaciones y numerosos ventanales. El recibidor tenía una lampara tan preciosa cual candelabro. Parecía reciente y a juzgar por el grosor de los vidrios, también segura. Era u

