LAURIA, FRONTERA CON CALABRIA. Franco acarició su barbilla. Adriano permanecía a su lado de manera silenciosa mientras escuchaba a los hombres discutir. ¿Cuándo habia pasado algo así en territorio italiano? Nunca habían perdido a una Regina y menos que estuviera en manos enemigas con la zozobra de si vivía o moría. —Hemos perdido otro Sicurezza. —No hablen como si Santino estuviera muerto—replicó Leonard de inmediato a uno de los terratenientes que parecía casi histérico. —Todavía está respirando. —No lo hace por si mismo y es igual a decir que lo está, Capo. Hay cosas que nadie pone en la mesa. Los calabreses están locos. Son unos malditos que durante años estuvieron desorganizados y que ignoramos mientras llenábamos nuestras copas de vino y hacíamos nuestras familias más grandes

