Mis ojos se llenaron de lágrimas. No fue por la sal. No era por la sal. Nadó un poco para adentrarse en la seguridad de la construcción cuando notó que el fuego había comido las amarras de las lanchas del pequeño muelle y estas comenzaban a alejarse de la casa, y también del fuego. A lo lejos escuché unos gritos. ¡Martino! Repetía dos palabras: Don y Signora, como si su vida dependiera de ello. No era el único; las voces se mezclaban con la desesperación de los hombres que casi podía jurar estaban a punto de meterse al fuego. Gianni observó todo a su alrededor buscando una ruta de escape porque las balas resonaban por todos lados y, al haber sido tomados completamente desprevenidos, no había ni una sola arma a la mano. Me solté de su agarre y comencé a nadar hacia el lado del muelle.

