CERDEÑA, ITALIA. Tony se removió en la cama. Alargó la mano y se giró para aferrarse al cuerpo desnudo de Domenica. El aroma de su cabello le brindó el mejor de los descansos. Mantenía una mano aferrada a uno de sus pechos y la otra sobre su vientre. Ambos pudieron haber tomado aquel encuentro como un error, pero en cuanto terminó comenzaron a discutir de nuevo y eso encendió la habitación otra vez. Había terminado dos veces más perdido entre aquellas sábanas y no le importó. Si tenía que arrepentirse de algo, se arrepentiría mañana. Fue inevitable que no quedaran dormidos después de aquellos fogosos encuentros y Domenica ni siquiera se quejó. Cayeron como piedras, o esa sería la explicación que darían para no aceptar que muy en el fondo extrañaban dormir juntos. Domenica le empujó hac

