CATANZARO. Turquía olía a pimentón, canela, cardamomo y azafrán. Italia era albahaca, orégano y romero. Eso quedaba marcado en el intenso aroma de la comida que no me llevaba a casa, sino a admirar una nueva experiencia culinaria. Desde los postres hasta los sabores que iban de la mano con la intensidad de colores de las pastas, Italia abría un panorama nuevo que mi cabeza tomaba como una positiva aventura. Las empleadas de la residencia Canfesse, si bien eran calladas, parecían disfrutar de colocar delante de mí toda clase de alimentos nuevos y se tomaban el tiempo para preguntar mi opinión. Parecían muchachillas curiosas que buscaban mostrar un nuevo descubrimiento a alguien que no tenía nada que ver con su mundo. Mi marcado acento debía ser extraño, pero no por ello cuestionable, pu

