—Mami… mami –-escucho la dulce voz de Santino mi pequeño hijo de cuatro años, mientras me miro en el espejo, tratando recordar aquella mujer que podía desnudarse frente al espejo sin tener complejos de su cuerpo. la cadera se me ha ensanchado, los senos me han crecido y aunque no puedo negar que aún tengo un cuerpo envidiable, siento que no me reconozco del todo. me coloco una bata blanca de seda, que cubre mi cuerpo hasta las rodillas, amarró la cintilla y encajo mis rodillas en el suelo. —Santino, cariño que ocurre… mi hermoso monstruo —pregunto a mi hijo y algo en mi mente me hace pensar, en la capacidad que tengo para cambiar el tono de mi voz cuando se trata de hablar con mi pequeño hijo. —Mami cuando vuelve papá —los ojos grandes, hermosos y perfectos de mi pequeño hijo me de
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